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El libro de los cinco anillos de Miyamoto Musashi

He aquí las reglas que observar por todos los interesados en aprender este Código Marcial:

Primero, no pienses en nada malo.
Segundo, cultiva la Vía.
Tercero, expande tu cultura y conocimiento de otras artes y técnicas.
Cuarto, aprende los principios de distintas profesiones.
Quinto, identifica los perjuicios y beneficios de todo asunto.
Sexto, intuye el verdadero valor de las cosas.
Séptimo, percibe lo que no se ve.
Octavo, presta atención a los detalles más nimios y las cosas más insignificantes.
Noveno, no hagas lo que no sirva para nada.

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Niebla de Miguel de Unamuno

Niebla  Acabo de leer que esta novela de Unamuno está considerada como una de las cien mejores del siglo XX escritas en español y se me han caído los palos del sombrajo. A ver cómo digo yo ahora lo que iba a decir sin quedar como una ignorante que no sabe valorar la buena literatura. Aunque mirándolo por otro lado, cien es un número bastante alto y sé que me disculpará el hecho de que no llego ni a veinte (lo que por el lado transversal no dice nada bueno de mí. Ya se sabe, en casa del herrero, cuchillo de palo.) Sin embargo, siempre me ha caído bien Unamuno. No recuerdo más que lo básico de su San Manuel Bueno, mártir, pero el regusto siempre ha sido agradable. Mi intención es volver a ella pronto. ¿Pero de las cien mejores para mí? Depende.

Si tomara en cuenta lo que la distingue de las demás, sí podría incluirla en ese lote. Nos han pintado siempre tan serios y desesperados a los autores de la Generación del 98 que sorprende que alguien como Unamuno tuviera sentido del humor, que lanzara sus flechas irónicas del amor contra todos y que coqueteara tan abiertamente con las vanguardias. No hay que olvidar que inventó una palabra para designar a este tipo nuevo de narrativa, nivola, y que el protagonista, Augusto Pérez, mantiene una conversación con Unamuno en la que hablan principalmente de metafísica. Si a todo esto esto le añadimos el uso excelente que el autor hace del idioma, sí, Niebla sería una de las cien.

Pero antes de la charla entre personaje y autor ocurren otras cosas. Augusto sale un día de su casa y descubre que le gusta mucho una mujer. Cuando intenta conquistarla se da cuenta de que no va a ser algo sencillo, así que empiezan a gustarle todas. Su deseo se ha despertado y amenaza con meterle en un lío. Entre conversaciones, malentendidos, aspiraciones y monólogos, Augusto llega a una conclusión desconcertante: la mujer, así en general, es un animal doméstico similar a un perro, es un ser que siempre engaña, un ente fisiológico sin psicología, es decir, sin alma.

Cabe la posibilidad de que Unamuno no pensara exactamente igual que Augusto. Sin embargo, yo no he sido capaz de encontrar ni un solo indicio que así lo apunte. Es más, mi conclusión es peor: los monólogos de Augusto son en realidad los de don Miguel. ¿Y qué mujer incluiría entre sus cien mejores novelas a una en la que no está incluida ni como ser humano? Ninguna. Sería como ir contra uno mismo.

Yerma de Federico García Lorca

Yerma  Y Yerma dice…

  Yo no pienso en el mañana; pienso en el hoy. Tú estas vieja y lo ves ya todo como un libro leído. Yo pienso que tengo sed y no tengo libertad. Yo quiero tener a mi hijo en los brazos para dormir tranquila y, óyelo bien y no te espantes de lo que digo, aunque yo supiera que mi hijo me iba a martirizar después y me iba a odiar y me iba a llevar de los cabellos por las calles, recibiría con gozo su nacimiento, porque es mucho mejor llorar por un hombre vivo que nos apuñala, que llorar por este fantasma sentado año tras año encima de mi corazón.

Y yo no digo nada…

Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway

Por quién doblan las campanas  Por quién doblan las campanas es la historia de la voladura de un puente en la batalla de Segovia de la guerra civil española. El artificiero encargado de la misión es un profesor de español nacido en Montana llamado Robert Jordan, y sus acompañantes, españoles calzados con zapatillas de esparto, guerrilleros republicanos ocultos en las cuevas de la sierra de Guadarrama. Una vez asimilado todo esto y después de haberme acostumbrado a los distintos modos de narrar de Hemingway (más o menos a mitad de la novela), empezó a sorprenderme la facilidad con la que Hemingway había transmitido el modo de expresarse de los españoles. “Si hay algo poderoso en la novela es eso”, pensé. Como curiosa insoportable que soy, decidí echar un vistazo a las opiniones de otros (sobre todo anglohablantes). Quería saber si ellos también lo habían percibido. Y, como siempre, me equivoqué.

Lo primero que le achacan a la novela es la falta de imparcialidad, algo que me resulta incomprensible. No se me ocurre ningún motivo por el que Hemingway tuviera que tratar del mismo modo a nacionales y a republicanos en una novela de ficción. Además, no es precisamente una historia con personajes rojos y azules, sino más bien morados.

El segundo error más comentado es la supuesta misoginia del autor. Hay dos mujeres en la novela: María, la novia de Jordan, y Pilar, la amazona de la sierra (y la mejor contadora de historias). María es un florero complaciente y muy dañado, sí, pero Pilar es el prototipo de mujer fuerte, anticipada, astuta e independiente. El remate es la descripción de los diálogos como malos precisamente por lo que a mí más me gustan: por su capacidad de imitar el lenguaje coloquial. Al parecer en inglés Hemingway no lo supo transmitir del mismo modo.

Con sinceridad he de decir que mi capacidad de análisis de una novela no abarca tantos aspectos diferentes. Generalmente me centro en lo que me llama la atención, que en este caso es la España que no chirría. Y no lo hace por dos historias, las que cuenta Pilar sobre el torero y sobre la matanza de nacionales en su pueblo. Y tampoco lo hace en el final, justo después de que el puente desaparezca, con ese caballo que intenta esquivar y subir la cuesta empinada…

El extranjero de Albert Camus

El extranjero  (Otro de los de la portada verde y grabados dorados.)

Ayer estuve en el veterinario. A mi gata, conocida como “Paqui”, se le había reventado un cáncer de mama. Tenía trece años, una enfermedad autoinmune, dos extirpaciones y mucho sueño. Tomamos la decisión de dejarla dormir para siempre tras considerar muchos factores. Mientras que la preparaban (el sedante no le hacía efecto, mordía, arañaba y se retorcía), una enfermera muy amable y demasiado habladora intentaba distraerme. Lo único que yo quería era llorar y despedirme de mi animal, pero la señorita no me dejaba. Es curioso: me veía llorar y que al tener mis manos ocupadas con la gata tenía que limpiarme el moquillo con la manga, pero en ningún momento me ofreció un pañuelo. Sin embargo, de la charla sobre la muerte de animales y personas no pude librarme. Valoro mucho que su voz se quebrara mientras yo lloraba desconsoladamente. Eso me reconfortó más que cualquier palabra que dijera después. Fueron muchas, y entre pausas y arañazos, casi todas ellas tonterías. Por ejemplo, me contó que, pese a que su abuelo murió cuando ella tenía tres años, siempre había sentido que le conocía gracias a los “recuerdos infundidos”.

Según la RAE, infundir es “causar en el ánimo un impulso moral o afectivo”. En el caso de mi enfermera charlatana, su familia debió de infundirle el cariño hacia su abuelo con tanto fervor que ahora los recuerdos son suyos. Tiene su lógica. ¿Pero mi tontería la tiene? Aunque no recuerde detalles de muchos libros que he leído sí que recuerdo los momentos en los que lo he hecho (sentada, de pie, tumbada, aquí, allí, allá…). Con El extranjero me ha pasado algo similar a lo del “recuerdo infundido”: desde la primera línea he tenido la sensación de que ya lo había leído pese a no recordar ni en qué momento ni en qué lugar. La muerte de la madre, el viaje a la residencia, el entierro, la indolencia, María, la playa, las calles, la indolencia, el viaje, la playa, los árabes, el asesinato, el juicio, el juicio moral, la indolencia, la charla con el sacerdote, el valor, la indolencia… Todo me resultaba familiar.

Absurdo, sí, pero la novela en cierto modo también lo es. Sí, sí, me sé la teoría. Camus alerta a la humanidad sobre el destino del hombre en una novela cargada de escepticismo. Pero ahora mismo yo no puedo ser Mersault. Me siento cargada de conciencia. He matado a un gato o he permitido que lo hicieran. Da igual. Me siento muy mal…

Viento del este, viento del oeste de Pearl S. Buck

Viento del este, viento del oeste  Pearl S. Buck pasó los primeros cuarenta años de su vida en China. Sus profundos conocimientos de la cultura oriental, que plasmó en numerosos escritos, abrieron los ojos a cientos de miles de occidentales que permanecían dormidos a la luz que emite la sabiduría china. En teoría, al menos. En la práctica, yo tengo mis dudas.

Mi dilema no es sobre la experiencia de Pearl S. Buck en el país asiático. No dudo de su veracidad. Su relato es creíble. Lo que me inquieta es que yo no he percibido un único tono en la novela, sino más bien dos: el de “soy amiga de la cultura china porque he vivido allí muchos años y mi única intención es divulgar a través de un relato de ficción” y el otro, el del subconsciente sutil, que encierra una “predilección” por la cultura occidental y una crítica a la actitud de los chinos con respecto a sus tradiciones.

Viento del este, viento del oeste es una novela dividida en dos partes narradas por la misma mujer, cuya voz yo separo de la de la autora, que a veces se filtra. Esta mujer es joven. Se ha criado bajo los preceptos de la cultura tradicional china y, cuando descubre que ha de casarse con un hombre chino “occidentalizado”, se siente muy infeliz. Solo empieza a recuperar la alegría cuando se deshace de las ataduras impuestas por siglos de tradición. En la segunda parte, la que sufre es la esposa de su hermano, una estadounidense que intenta por todos los medios adaptarse pero que no recibe nunca la aprobación de la familia de su esposo. Una vez más, solo consigue ser feliz cuando su marido decide romper definitivamente con sus antepasados.

El truco es fácil. Si sopla viento del este, las mujeres son infelices. Si, por el contrario, sopla del oeste, recuperan la alegría de vivir. Desconozco si la autora tituló así a su novela con esa intención, pero encaja tan bien en la teoría de lo que parece y lo que realmente es, que resulta hasta sospechoso. Sin embargo, aparentemente es solo mi percepción. Digo en apariencia porque todavía no he encontrado una teoría similar. Pero lo haré. Y cuando lo haga, seré yo la que abra los ojos a la luz.

 

Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain

Las aventuras de Huckleberry Finn

Serán procesados quienes intenten encontrar una finalidad a este relato; serán desterrados quienes intenten sacar del mismo una enseñanza moral; serán fusilados quienes intenten descubrir en él una intriga novelesca.

Por orden del autor, PER. G. G., el Jefe de Órdenes.

Nadie puede acusar a Mark Twain de ser traidor por no avisar. Aun así, no muchos le hicieron caso. Tal y como explica la profesora Teresa Gibert en su libro American Literature to 1900 (del que me examino en menos de un mes), Las aventuras de Huckleberry Finn, publicada en 1884, fue calificada de vulgar, irreverente, poco elegante y para mentes poco respetables. Unos decían que era la basura más racista que jamás se había escrito. Otros, el alegato antiracista más importante desde La cabaña del Tío Tom.  Gibert sostiene que no es ni una cosa ni otra. Aunque Twain estaba contra la esclavitud, sus aventuras rezuman una nostalgia por una época pasada, la de su infancia, en la que los esclavos vivían como sirvientes mucho mejor tratados que en otras plantaciones del sur.

Levantó ampollas, claro. Huck escapa de su padre maltratador y de la viuda que intenta civilizarle y Jim de la esclavitud. Ambos bajan por el río Mississippi, que para ellos, y para todos, representa la libertad. Cada vez que se acercan a tierra empiezan los problemas. Al fin y al cabo, allí aún pervive una sociedad “decadente”. Eso no debió de gustar.

Si tuviera que hablar de esta novela en un examen tendría que decir lo siguiente: primero, tendría que analizar el prefacio; ¿es sincero o cínico? ¿Un parche antes de la herida? Después tendría que profundizar en la figura del narrador en primera persona y verlo todo desde su perspectiva “inocente”. No debería olvidarme de mencionar las alusiones de Huck a la muerte, del retrato satírico de los terrestres, del posible sexismo de Twain, de la importancia de las supersticiones, del modo de expresión de Huck y Jim (algo que no se distingue en la traducción), de la caracterización y del estilo.

Si tuviera que ser sincera, algo que en un examen no es recomendable si tu argumentación no es la de un catedrático, diría que Huckleberry Finn, más que un narrador inocente, me ha parecido un chico sabio y prudente. Añadiría que he cloqueado como una gallina con el absurdo del final (Tom Sawyer siempre vivió en las Batuecas). Incluso me atrevería a decir que el dilema moral sobre la esclavitud al que se enfrenta Huck es más propio del contexto histórico, de una inquietud del autor, que de algo definitivamente racista.

Por último, es imposible no sentir simpatía hacia Mark Twain cuando dice las siguientes palabras (a través de Huck, claro):

No queda, pues, nada por escribir, de lo que me alegro como un condenado, porque si llego a saber el trabajo que cuesta hacer un libro, no me habría metido en semejante tarea, ni volveré a meterme.