Archivo de la etiqueta: Clásicos

Figuraciones mías de Fernando Savater

I.

Tal es, precisamente, la función de los clásicos en literatura. ¿Les admiramos porque sabemos que es de buen tono cultural? Yo creo que lo más admirable en ellos es que hayan sabido ganarse la admiración de tantos a los largo de siglos. Porque lo importante -la savia de cualquier arte que quiere producir algo más que simple agrado- es la duradera admiración humana: cuenta más nuestra capacidad de admirar que los criterios con que se discierne (y a veces pretende codificarse) lo admirable.

II.

Pero también que las personas normales no aspiran al Reino de los Cielos ni a la perfección semejante a él sobre la tierra, sino a mejorar su condición de forma gradual y eficiente. Existe en la mayoría de las personas (…) una decencia común y corriente que consiste, según la glosa de Bruce Bégout, “en la facultad instintiva de percibir el bien y el mal, frente a cualquier forma de deducción trascendental a partir de un principio”. Es lo que hace que, más allá de izquierdas y derechas, existan buenas personas en los dos campos o a caballo entre ambos. En cuanto prevalecen, el mundo mejora. Por cierto, siguiendo esta vena de benevolencia utopista, Orwell descubrió cuando estuvo en Cataluña durante la guerra civil que los españoles tenemos una dosis de decencia innata, tonificada por un anarquismo omnipresente, más alta de lo normal y gracias a la cual nos salvaremos de los peores males…

El libro de los cinco anillos de Miyamoto Musashi

He aquí las reglas que observar por todos los interesados en aprender este Código Marcial:

Primero, no pienses en nada malo.
Segundo, cultiva la Vía.
Tercero, expande tu cultura y conocimiento de otras artes y técnicas.
Cuarto, aprende los principios de distintas profesiones.
Quinto, identifica los perjuicios y beneficios de todo asunto.
Sexto, intuye el verdadero valor de las cosas.
Séptimo, percibe lo que no se ve.
Octavo, presta atención a los detalles más nimios y las cosas más insignificantes.
Noveno, no hagas lo que no sirva para nada.

Niebla de Miguel de Unamuno

Niebla  Acabo de leer que esta novela de Unamuno está considerada como una de las cien mejores del siglo XX escritas en español y se me han caído los palos del sombrajo. A ver cómo digo yo ahora lo que iba a decir sin quedar como una ignorante que no sabe valorar la buena literatura. Aunque mirándolo por otro lado, cien es un número bastante alto y sé que me disculpará el hecho de que no llego ni a veinte (lo que por el lado transversal no dice nada bueno de mí. Ya se sabe, en casa del herrero, cuchillo de palo.) Sin embargo, siempre me ha caído bien Unamuno. No recuerdo más que lo básico de su San Manuel Bueno, mártir, pero el regusto siempre ha sido agradable. Mi intención es volver a ella pronto. ¿Pero de las cien mejores para mí? Depende.

Si tomara en cuenta lo que la distingue de las demás, sí podría incluirla en ese lote. Nos han pintado siempre tan serios y desesperados a los autores de la Generación del 98 que sorprende que alguien como Unamuno tuviera sentido del humor, que lanzara sus flechas irónicas del amor contra todos y que coqueteara tan abiertamente con las vanguardias. No hay que olvidar que inventó una palabra para designar a este tipo nuevo de narrativa, nivola, y que el protagonista, Augusto Pérez, mantiene una conversación con Unamuno en la que hablan principalmente de metafísica. Si a todo esto esto le añadimos el uso excelente que el autor hace del idioma, sí, Niebla sería una de las cien.

Pero antes de la charla entre personaje y autor ocurren otras cosas. Augusto sale un día de su casa y descubre que le gusta mucho una mujer. Cuando intenta conquistarla se da cuenta de que no va a ser algo sencillo, así que empiezan a gustarle todas. Su deseo se ha despertado y amenaza con meterle en un lío. Entre conversaciones, malentendidos, aspiraciones y monólogos, Augusto llega a una conclusión desconcertante: la mujer, así en general, es un animal doméstico similar a un perro, es un ser que siempre engaña, un ente fisiológico sin psicología, es decir, sin alma.

Cabe la posibilidad de que Unamuno no pensara exactamente igual que Augusto. Sin embargo, yo no he sido capaz de encontrar ni un solo indicio que así lo apunte. Es más, mi conclusión es peor: los monólogos de Augusto son en realidad los de don Miguel. ¿Y qué mujer incluiría entre sus cien mejores novelas a una en la que no está incluida ni como ser humano? Ninguna. Sería como ir contra uno mismo.

Yerma de Federico García Lorca

Yerma  Y Yerma dice…

  Yo no pienso en el mañana; pienso en el hoy. Tú estas vieja y lo ves ya todo como un libro leído. Yo pienso que tengo sed y no tengo libertad. Yo quiero tener a mi hijo en los brazos para dormir tranquila y, óyelo bien y no te espantes de lo que digo, aunque yo supiera que mi hijo me iba a martirizar después y me iba a odiar y me iba a llevar de los cabellos por las calles, recibiría con gozo su nacimiento, porque es mucho mejor llorar por un hombre vivo que nos apuñala, que llorar por este fantasma sentado año tras año encima de mi corazón.

Y yo no digo nada…

Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway

Por quién doblan las campanas  Por quién doblan las campanas es la historia de la voladura de un puente en la batalla de Segovia de la guerra civil española. El artificiero encargado de la misión es un profesor de español nacido en Montana llamado Robert Jordan, y sus acompañantes, españoles calzados con zapatillas de esparto, guerrilleros republicanos ocultos en las cuevas de la sierra de Guadarrama. Una vez asimilado todo esto y después de haberme acostumbrado a los distintos modos de narrar de Hemingway (más o menos a mitad de la novela), empezó a sorprenderme la facilidad con la que Hemingway había transmitido el modo de expresarse de los españoles. “Si hay algo poderoso en la novela es eso”, pensé. Como curiosa insoportable que soy, decidí echar un vistazo a las opiniones de otros (sobre todo anglohablantes). Quería saber si ellos también lo habían percibido. Y, como siempre, me equivoqué.

Lo primero que le achacan a la novela es la falta de imparcialidad, algo que me resulta incomprensible. No se me ocurre ningún motivo por el que Hemingway tuviera que tratar del mismo modo a nacionales y a republicanos en una novela de ficción. Además, no es precisamente una historia con personajes rojos y azules, sino más bien morados.

El segundo error más comentado es la supuesta misoginia del autor. Hay dos mujeres en la novela: María, la novia de Jordan, y Pilar, la amazona de la sierra (y la mejor contadora de historias). María es un florero complaciente y muy dañado, sí, pero Pilar es el prototipo de mujer fuerte, anticipada, astuta e independiente. El remate es la descripción de los diálogos como malos precisamente por lo que a mí más me gustan: por su capacidad de imitar el lenguaje coloquial. Al parecer en inglés Hemingway no lo supo transmitir del mismo modo.

Con sinceridad he de decir que mi capacidad de análisis de una novela no abarca tantos aspectos diferentes. Generalmente me centro en lo que me llama la atención, que en este caso es la España que no chirría. Y no lo hace por dos historias, las que cuenta Pilar sobre el torero y sobre la matanza de nacionales en su pueblo. Y tampoco lo hace en el final, justo después de que el puente desaparezca, con ese caballo que intenta esquivar y subir la cuesta empinada…