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Poesía completa II de Federico García Lorca

EL SILENCIO

Oye, hijo mío, el silencio.
Es un silencio ondulado,
un silencio,
donde resbalan valles y ecos
y que inclina las frentes
hacia el suelo.

Poema del cante jondo

Y DESPUÉS

Los laberintos
que crea el tiempo,
se desvanecen.

(Sólo queda
el desierto.)

El corazón,
fuente del deseo,
se desvanece.

(Sólo queda
el desierto.)

La ilusión de la aurora
y los besos,
se desvanecen.

Solo queda el desierto.
Un ondulado desierto.

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Las Inviernas de Cristina Sánchez-Andrade

Las InviernasCuando empecé a escribir Uno de libros la única condición que me impuse fue la de ser honesta con lo que extraía de los libros. Al principio lo cumplí a rajatabla. Últimamente, no tanto. Tengo muchos motivos, entre ellos la pereza y la vergüenza que me produce en algunas ocasiones admitir que ciertos libros ni siquiera me rozan la campanilla, pero quizá el más importante sea que la mayoría de las veces no sé explicar los porqués.

Llevo una hora pensando qué decir sobre Las Inviernas de Cristina Sánchez-Andrade y no soy capaz de enlazar tres oraciones con algo de sentido. Tengo claro que me ha decepcionado, pero la culpa es compartida. La mitad es mía porque leí una sinopsis y mi imaginación se montó una película que poco tiene que ver con la realidad. La otra mitad es de la novela. Le falta algo y creo que tiene que ver con la sangre que hierve. Las Inviernas son dos hermanas que regresan a Tierra de Chá, en Galicia, después de haber pasado unos años en Inglaterra. En la posguerra. A una aldea gallega con sus supersticiones y sus cotilleos. Dolores y Saladina son el saco de boxeo. Y a partir de aquí no sé cómo seguir porque salvo lo que le ocurre a la vaca Greta (llamada así por la Garbo) y los olores de Saladina, el resto me deja bastante indiferente.

Se me ocurre una pregunta. De las historias que nos contaron nuestros abuelos sobre la guerra, ¿cuántas recordamos y cuántas hemos olvidado? Otra: de las recordadas, ¿cuántas nos dejan indiferentes? Y la última: si Las Inviernas fuera una historia oral, ¿la seguiríamos recordando?

Una mañana de marzo de Joaquín M. Barrero

Una mañana de marzoEn ésta no hay barrio de la Arganzuela en el que yo crecí. En ésta no hay niños huérfanos ni tampoco matadero. Solo unos enviados a Rusia en la guerra. En ésta los recuerdos compartidos no están.

En ésta hay varios olores: a tercera novela, a intento de fracasado de variar la dinámica, a desatención y a falta de edición. En ésta siguen las lecciones históricas forzadas en algo así como “lo que pasó después del Big Bang”. En ésta hay un error tan grave que oscurece todo lo bueno que alguien podría haber visto en ella: Barrero mata a un personaje en un capítulo y en los siguientes sigue vivo. ¿Quién podría seguir después de eso?

Una vez leí que Barrero escribía para palomiteros de verano y pensé que era injusto. Hoy no lo tengo tan claro porque tampoco sé con certeza que ese error sea editorial y no del manuscrito. Solo le queda una oportunidad.

El tiempo escondido de Joaquín M. Barrero

El tiempo escondido  Para escribir sobre El tiempo escondido voy a fingir que es la primera novela que he leído de Joaquín M. Barrero y que lo he hecho por primera vez. De ese modo evitaré tener que hablar sobre lo malo de repetirse en todo lo que uno escribe, funcione o no.

Este autor, que empezó a publicar cuando tenía más de sesenta años, tiene dos cualidades tan positivas para mí que están por encima de cualquier otra consideración literaria. La primera tiene que ver con el barrio de la Arganzuela de Madrid, barrio en el que se crió Barrero. También en el que yo crecí. En El tiempo escondido es un personaje más, sobre todo la zona que va desde la plaza de Legazpi hasta el Paseo de Yeserías. El matadero municipal, por ejemplo, ahora centro cultural, en mi niñez era un parque más o menos apañado al que los jóvenes íbamos a darnos el lote. En la de Barrero era lo que su nombre indica, el edificio de la carne. Cuando yo era niña patearse la calle era un modo de divertirse, así que, como el autor, yo también conozco cada esquina de la Arganzuela. Leer una novela en la que los lugares descritos son como tu casa es al mismo tiempo extraño y reconfortante.

La segunda es la sobresaliente capacidad narrativa de Barrero. Cuenta historias de la guerra y de la posguerra utilizando un señuelo en forma de detective del siglo XX (que se llama Corazón) al que piden que investigue la aparición de dos esqueletos en una iglesia asturiana. Siempre me han gustado las historias de la guerra. Probablemente porque he oído pocas. Mi abuela materna contaba una de una gallina que ponía huevos de oro en su pueblo de cuya veracidad dudo. Mi abuela paterna se subía a los tejados de las casas de Madrid para ver cómo “peleaban” los aviones. Pero esto solo lo sé de oídas porque cuando yo nací ella ya había fallecido. El resto es mutismo. Supongo que porque duele recordar lo que otros rememoraban. Por segunda vez, las historias de Barrero me hacen sentir como en casa. Y se lo agradezco.

El resto de consideraciones las guardo para otras novelas.

Yerma de Federico García Lorca

Yerma  Y Yerma dice…

  Yo no pienso en el mañana; pienso en el hoy. Tú estas vieja y lo ves ya todo como un libro leído. Yo pienso que tengo sed y no tengo libertad. Yo quiero tener a mi hijo en los brazos para dormir tranquila y, óyelo bien y no te espantes de lo que digo, aunque yo supiera que mi hijo me iba a martirizar después y me iba a odiar y me iba a llevar de los cabellos por las calles, recibiría con gozo su nacimiento, porque es mucho mejor llorar por un hombre vivo que nos apuñala, que llorar por este fantasma sentado año tras año encima de mi corazón.

Y yo no digo nada…

La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca

La casa de Bernarda Alba  Lorca escribió La casa de Bernarda Alba en 1936, año en el que empezó la guerra civil. Dicen por ahí, no sé si mi imaginación o Ian Gibson, que cuando leyó la obra delante de la familia, sus padres le aconsejaron que eliminara el nombre de Bernarda Alba para evitarse problemas. Aunque los Lorca barruntaron, Federico, que vivía en Madrid, no tuvo en cuenta la advertencia.

Miguel Caballero, autor de la obra Las trece últimas horas en la vida de García Lorca, afirma que entre las personas que fueron a detener al poeta a casa de los Rosales estaba Juan Luis Trescastros, un familiar lejano que ejerció de símbolo de las rencillas entre las familias de la vega granadina dedicadas al cultivo de la remolacha. Al parecer, los Roldán, los Alba y los García Rodríguez (el padre de Federico) estaban enemistados desde finales del siglo XIX por motivos económicos.

El contexto del asesinato del autor queda entonces algo más claro. A lo de ser “gay” y “rojo” hay que añadirle lo de la “venganza familiar”. Qué guerra de envidias más puñetera tuvimos en este país…

¿Y todo este chascarrillo serio qué tiene que ver con La casa de Bernarda Alba? Nada, solo me sirve para aventurar mi opinión. Al fin y al cabo ya hay miles de estudios literarios sobre la obra y lo que yo pueda decir solo sería una repetición. Por eso opto por el atrevimiento: creo que conocer a Lorca significa entender que Bernarda Alba fue solo una inspiración y no una descripción fiel de la Bernarda real. Todos los biógrafos coinciden en que, desde niño, le gustaba pasar tiempo con las mujeres de las casas, que le contaban chascarrillos (también) y le enseñaban canciones. Bernarda Alba tuvo que llamarle la atención y la utilizó como símbolo. Construyó sobre ella su “drama de mujeres en los pueblos de España”.

Dime quién soy de Julia Navarro

Dime quién soy  Es curioso cómo a veces acumulamos varias novelas de un mismo autor que, en realidad, nos resulta indiferente. De Julia Navarro, por ejemplo, tengo tres novelas: La hermandad de la Sábana Santa, llena de muertes innecesarias, La sangre los inocentes, de la que no recuerdo nada y Dime quién soy, un regalo que terminé de leer ayer. Cuenta la historia de un periodista ñoño y bastante irritante al que su tía encarga la misión de investigar la vida de su bisabuela, Amelia Garayoa, desaparecida desde que abandonó a su marido y a su bebé justo antes de la guerra civil española.

Como no podía ser de otra manera, Guillermo, el periodista, además de repetirse como el ajo en todas sus afirmaciones acerca de la profesión que ejerce y en otros temas (¿se han colado algunos copiar y pegar quizá?), no encuentra ningún obstáculo en su investigación. Todas las personas que tienen información acerca de su bisabuela se encuentran dispuestas a hablar con él, estén en la parte del mundo que estén y, aunque a priori cada una tiene su personalidad, a la hora de narrar lo hacen todas de la misma forma. ¿Intrusión de la voz de la autora quizá? En cuanto a la gran bisabuela Amelia, es una petarda literaria. El niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. Está metida en el ajo de todos los acontecimientos importantes del siglo XX, desde el período de entreguerras hasta la caída del muro de Berlín. Inverosímil.

Pese a todos estos inconvenientes, a los que se puede añadir si se quiere una evolución inexistente de los personajes, todos con una personalidad de la profundidad de un charco, es una novela que se deja leer. Larga, de mil páginas, pero un best-seller con todas sus virtudes y con todos sus defectos.