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Cleopatra de Joyce Tyldesley

Cleopatra  La imagen de Cleopatra VII que perdura entre nosotros es el resultado de una mezcla de intereses políticos, artísticos, religiosos y propagandísticos. El primer manipulador fue Octavio (Augusto):

 César, el padre adoptivo que le concedió a Octavio su derecho a gobernar, sería recordado con respeto como un hombre valiente y correcto que manipuló a una mujer extranjera e inmoral en su propio beneficio. En cambio, Antonio, el rival de Octavio, sería recordado con una mezcla de piedad y de desprecio, como un hombre valiente pero fatalmente débil, apresado sin remedio por las cadenas de una mujer extranjera e inmoral.

Extranjera e inmoral son la clave. Como dice la autora, era preferible para Octavio ser recordado como alguien que luchaba contra extranjeros que como un aniquilador de ciudadanos respetables (romanos). Los siguientes en la lista son los historiadores que incluyeron a la reina en sus estudios: Plutarco, para el que Cleopatra era una mujer manipuladora, Dión Casio, para el que además era fatal, y Flavio Josefo, para el que era antirromana y antijudía.

Cuando Egipto se aisló de Occidente, éste perdió a la Cleopatra “sabia, filósofa, experta en medicina, magia y cosmética”. Más tarde llegó Shakespeare, que lo acabó de liar todo, ya que por motivos que se desconocen algunos expertos consideraron (y consideran) sus obras como fuentes históricas y, en el siglo XX, el cine terminó de perfilar su imagen de mujer hermosa, erótica, manipuladora e inmoral.

Como siempre, lo que intenta Joyce Tyldesley a través de la biografía de Cleopatra VII es demostrar que no hay pruebas de que Cleopatra fuera lo que hoy entendemos por bella, que lo más probable es que su interés por los romanos poderosos, más que erótico, fuera político y dedicado a la supervivencia de Egipto, y que sus supuestas tretas manipuladoras e inmorales no eran mucho peores que las de los ciudadanos respetables (romanos, otra vez). Y como siempre, el espíritu divulgador de su obra, con estudios muy meticulosos sobre el arte ptolemaico y la figura de Cleopatra, es encomiable, aunque directamente proporcional al interés que la reina despierte en el lector. (En el mío no hay tanto como pensaba. Al parecer, cuanto más antigua sea la historia egipcia, más me atrae.)

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Antigüedades de los judíos III de Flavio Josefo

Antigüedades de los judíos III  (Qué difícil ha sido fotografiar las portadas de las Antigüedades…)

Bien, el misterio ha sido desvelado. No el del número de libros de cada tomo, que efectivamente son siete, sino el de la manipulación de la historia que Flavio Josefo quiso contar y el motivo por el que he leído sus Antigüedades. Primero, “las palabras del autor”:

Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, si es lícito llamarlo hombre, porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y muchos gentiles. Era el Cristo. Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, porque se les apareció al tercer día resucitado; los profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos.

Este fragmento es como un pegote. Antes de él, Flavio Josefo hablaba de los problemas que tuvieron los judíos con Pilatos. Después lo sigue haciendo. Pero hay algo que no cuadra y la nota a pie de página lo explica mejor que yo:

Se supone que este párrafo ha sido interpolado, probablemente por un lector cristiano que añadió al manuscrito original una nota marginal, incorporada luego en el texto. La suposición se basa sobre todo en la observación de que el pasaje interrumpe el relato, que prosigue en el párrafo siguiente, y que la caracterización de Jesús está redactada en términos que sólo pudo haber empleado un cristiano.

El que tenga ojos para ver, que vea. (Por cierto, más adelante hay otro fragmento que menciona al hermano de Jesús, Jacobo, que también ha sido puesto en duda.)

Por lo demás, este tercer tomo es la historia del rey Herodes, con antepasados y herederos, y una sospechosa alabanza de varios emperadores romanos, entre ellos, Augusto, Tiberio y Claudio.

 

Antigüedades de los judíos II de Flavio Josefo

Antigüedades de los judíos II  En la reseña del primer tomo de Antigüedades de los judíos me preguntaba bajo qué criterio se había hecho la división en tres tomos. Después de leer el segundo, creo que se hizo por número de libros contenidos en cada tomo. En el primero, siete, en el segundo, siete y, en el tercero, imagino que otros siete.

En cuanto al contenido, las Antigüedades de los judíos II narra la historia del pueblo de judío desde el rey David, Salomón y la construcción del templo de Jerusalén, pasando por la separación de las tribus, los profetas, Alejandro Magno, los Ptolomeo, los persas y terminando en un sinfín de nombres repetidos de gobernantes judíos que soy incapaz de recordar.

Como nota curiosa, Dios desaparece como protagonista de toda la narración. En algún momento de la historia el ser superior deja de estar presente y los judíos dejan de actuar bajo sus órdenes para empezar a hacerlo en su nombre. Más curioso es aún que Flavio Josefo ni siquiera lo mencione, lo que indica en cierto modo que su intención no era analizar la historia sino plasmarla tal y como él la leyó en los libros.

Por último, y por si alguien se lo pregunta, sí, la “edición” sigue priorizando y comparando lo que cuenta Flavio Josefo con la Biblia, como si ésta fuera una fuente histórica contrastada y fiable.

Antigüedades de los judíos I de Flavio Josefo

Antigüedades de los judíos I  Hace diez años, los dos tomos de las Antigüedades de los judíos de Flavio Josefo* costaban una fortuna. Esta edición, en facsímil, me costó 6 euros en Amazon. La diferencia de precio entre ambas ediciones es algo que no soy capaz de entender, aunque también es cierto que, salvo excepciones, suelo dar más importancia al contenido que al continente. Por otro lado, también desconozco por qué la facsímil está dividida en tres tomos. Quizá cuando los lea pueda dar una explicación.

Este primer tomo narra la historia de los judíos desde Adán y Eva hasta la subida al trono del rey David, es decir, los pesos pesados: Noé, Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, Josué, Samuel, Saúl, David y los Jueces. Veo como un acierto las notas que avisan de la discrepancia entre los libros de la Biblia y Flavio Josefo, aunque el tono de alguna de ellas da a entender que el libro sagrado es una fuente más fiable. O quizá solo haya sido mi impresión. Además, me gusta la coletilla que el autor pone a algunas de las historias que cuenta, sobre todo las referidas a la longevidad de los judíos antiguos, como si ni él mismo pudiera creerlas:

Sobre esto cada cual piense lo que le parezca mejor.

Lo mejor de las Antigüedades es que no intenta sentar cátedra, sino simplemente dar a conocer al mundo grecolatino la historia del pueblo judío. El mismo Flavio Josefo lo explica en el prólogo:

Otros, en fin, escriben la historia por imperio de las circunstancias, porque ellos mismos están involucrados en los sucesos y no pueden abstenerse de relatarlos a la posteridad. Y no son pocos los que se ven incitados a sacar los hechos a la luz del día, exponiéndolos al interés público, debido a la gran importancia de los acontecimientos. De las diversas razones que mueven a los historiadores a escribir sus libros, debo declarar que las mías son las dos mencionadas en último término.

Todo esto sin olvidar que Flavio Josefo era creyente, claro.

No he leído la Biblia ni está dentro de mis prioridades, así que no sé si la cólera de Dios se muestra tan cruda como en las Antigüedades. Mi religión es principalmente la del bien. La del respeto a la vida. Es más moral que otra cosa. Por eso me cuesta tanto entender el porqué de las peticiones de aniquilación de Dios a los judíos. No una ni dos veces. “Aniquilad a tal pueblo, matad a animales, hombres, mujeres y niños. Que no quede nadie.” Si se negaban, si dejaban a uno con vida, Dios castigaba sin piedad. ¿Qué clase de Dios es ése?

* Como siempre, las entradas de la Wikipedia hay que tomarlas con cierto escepticismo. En esta, por ejemplo, no se menciona de forma clara que las referencias a Jesús probablemente fueron introducidas siglos más tarde. Solo habla de “deformación cristiana”.

La clave del enigma sagrado de Henry Lincoln

Mi interés por estos temas no surgió después de El código Da Vinci, sino tras jugar a una gran aventura gráfica: Gabriel Knight 3. En mi ignorancia pensé que la idea original era de Jane Jensen, pero varios libros, entre ellos El enigma sagrado, me demostraron que no.

Salvo excepciones de las que hablaré aquí más adelante (unas por extravagantes y otras por válidas), el noventa por ciento de este tipo de libros asegura con rotundidad que el santo grial del medievo es en realidad la sangre real de la unión entre Jesús y María Magdalena. Ésta emigró a Francia embarazada y los descendientes de sus hijos (nunca me ha quedado claro si uno o varios) con el paso de los siglos formaron la dinastía merovingia francesa.

Algunos aderezan esta idea con un vínculo templario, otros añaden la masonería y muchos las dos cosas a la vez. Los más osados aseguran que María, descendiente de la tribu de Benjamín, participó en una treta dinástica de ciertos sacerdotes para dar a luz al heredero del trono del rey David y los más surrealistas mezclan todo para echar leña al tema de las conspiraciones mundiales. Y, por supuesto, todo sin contar con una fuente histórica fiable. Porque no existe. Las supuestas alusiones a Jesús en ciertas fuentes romanas y en las Antigüedades judías de Flavio Josefo fueron introducidas a posteriori por la iglesia católica. Sin embargo, yo disfruté bastante con esos libros. Para mí eran como novelas históricas con ciertas licencias. Como no había pruebas, cualquier teoría podía ser posible.

En La clave del enigma sagrado Henry Lincoln no cuenta nada. Recuerda sus momentos en la investigación del misterio de Rennes-le Château (donde supuestamente está la tumba de Jesús) y se desdice de todo lo que sostuvo con tanta seguridad en sus libros para sustituirlo por la certeza de que los medievales construían con tal precisión geométrica que hoy en día solo podría hacerse con tecnologías tipo GPS. Y se queda tan tranquilo.

Que este libro sirva como ejemplo de la cantidad de mentiras pseudohistóricas que se publican sin ningún pudor y de la dignidad en la que se plantan este tipo de autores cuando fueron ellos mismos los que distribuyeron esas mentiras (inducidos por fuerzas misteriosas y también mentirosas) o no.