Archivo de la categoría: Fantástica

El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien

El señor de los anillosHace unos trece años se produjo en un foro una discusión muy interesante sobre El señor de los anillos. No fue académica ni literaria. No valoraba la obra de Tolkien. Ni su papel en la literatura. En ella no se mencionó en ningún momento la preponderancia de la historia de Sam Gamyi sobre el desarrollo de los personajes ni lo importante que ha sido El señor de los anillos para el género de la fantasía épica. Lo que se planteó fue si Tolkien era una especie de maltratador de hobbits por representarlos como una raza inferior superada por humanos, elfos y no recuerdo si por enanos también. Pese a que le llovieron cientos de argumentos, el de la brillante idea jamás se apeó del burro. Y gracias a su testarudez yo leí El señor de los anillos.

Hoy, después de haberlo leído por segunda vez, también yo me he vuelto testaruda. Ya no muero de desesperación cuando acompaño a Frodo y a Sam, pero me hubiera gustado algo más de la complejidad de Gandalf, de Legolas y de Gimli, por ejemplo. Y un poco más de la gama de grises. Por otro lado, desde mi punto de vista algo retorcido encuentro que tiene más mérito la labor de Tolkien con Sir Gawain and the Green Knight que muchas partes de su obra de ficción. Si exceptúo algunas partes de las batallas, solo hay un diálogo en toda la obra que siempre recordaré y es el que tiene lugar entre Gandalf y Frodo frente a las puertas de Moria cuando descubren que Gollum les sigue. Frodo lamenta que Bilbo no le matara y Gandalf replica…

¿Lástima? La lástima no fue lo que frenó la mano de Bilbo. Muchos vivos merecerían la muerte y algunos que mueren merecen la vida. ¿Podrías dársela tú, Frodo? No seas ligero a la hora de adjudicar muerte o juicio. Ni los sabios pueden discernir esos extremos.

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Caballo de Troya de J. J. Benítez

  El primero me resultó curioso. Además, la libertad que el autor daba en el prólogo para que el lector decidiera si se trataba de una novela o de un hecho real me pareció hasta decente. También advertía de que podría resultar sorprendente para los creyentes, pero a mí eso me daba lo mismo. Lo cierto es que la idea de que un humano pudiera viajar en el tiempo hasta la época de Jesús tuvo su encanto y, aunque me saltaba toda la parte técnica de la operación Caballo de Troya porque no entendía absolutamente nada, me quedé con ganas de leer el segundo.

Lo hice. Me aburrió bastante. El tema extraterrestre chirriaba un poco, pero hay que tener en cuenta que yo jamás había oído hablar de este señor y sus libros solo los había visto en las librerías cuando era niña y quería comprar cromos. No tenía contexto. Sin embargo, una vez más, la curiosidad pudo conmigo y compré el tercero.

Empecé a leerlo hace pocos días y enseguida me di cuenta de algo que no había percibido en el primero: las tres novelas están narradas en el mismo tono, con el mismo vocabulario, con las mismas expresiones y con idéntica gramática aunque hay dos voces narrativas bien diferenciadas. La primera es la del propio autor, J. J. Benítez, cuando habla de sus aventuras con los manuscritos en los que se narran, a su vez, los viajes en el tiempo de la segunda voz, la del general estadounidense. Sea cual sea la intención, hecho real o de ficción, el resultado es malo. Muy malo.

Pero eso no fue lo peor. Todo empieza con una pesquisa de Benítez, con una obsesión con los números y con una sutil referencia a una fecha que podría ser transcendente. Leer algo así me mosqueó y, aunque al final la fecha solo fue importante para el autor, esa mención me incitó a buscar datos en internet y llegué a la conclusión de siempre: es otro charlatán más que se pasa por el forro la decencia (y a la ciencia) con la única intención de vender libros, que augura un “fin” del mundo en unos años para seguir vendiendo libros y que si yo sigo leyendo a este señor lo único que haré será añadir más dinero a su bolsillo. Y me niego. Estoy harta de agoreros sinvergüenzas.

Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin

  Aunque parezca mentira, unos cuantos años antes de que se estrenara la serie de televisión encontrar alguno de los libros de Canción de hielo y fuego era una tarea imposible. Por eso, cansada de esperar, pedí prestado el primero. Cuando lo terminé, tenía el nivel de entusiasmo tan alto que lo único que quería era que alguien me destripara la historia sin compasión. Quería saber más. Mi contrincante, sabio, se negó. Lo que sí hizo fue dejarme caer en el pozo de la desesperación al recordarme que Danza de Dragones, el último, estaba sin terminar y sin fecha de publicación. Pero salí pronto. Tenía tres libros aún por delante. “No sabes nada”, debió de pensar él.

Tenía razón. Si ahora mismo pudiera pedir un deseo literario, me gustaría que fuera el de leer Canción de hielo y fuego de un tirón y terminado. Sobre todo porque necesito quitarme la sensación de reloj de arena que me causa el desarrollo argumental. Me explico. En Juego de Tronos, Choque de Reyes y Tormenta de Espadas, la historia crece en un entorno amplio compuesto por el Muro, Invernalia, Desembarco del Rey y los satélites. El norte y el sur (y Daenerys). Tormenta de Espadas marca el punto más estrecho del reloj, el clímax narrativo, el momento a partir del cual se espera el desenlace, aunque sea lento. Sin embargo, ni Festín de Cuervos ni Danza de Dragones son el final de nada, sino todo lo contrario: la parte del reloj que se vuelve a ensanchar hasta límites desconocidos con nuevos personajes y nuevas tramas. Cada lector espera algo diferente de la historia. En mi caso, yo quiero venganza, pero me temo que voy a quedarme con las ganas. Primero porque la historia no es mía y si en algo es bueno Martin es en hacer lo que quiere con el lector y sus expectativas. Segundo porque me he vuelto pesimista y empiezo a dudar del autor y de su capacidad para solucionar el gran lío en el que se ha metido. Y tercero, porque si alguna vez leo el final, temo que no esté a la altura de los tres primeros libros.

Pese a todo, siempre admiraré la forma de escribir de George R. R. Martin. Al margen de su imaginación y de su creatividad, hay dos aspectos de su narrativa que lo convierten en un escritor diferente. El primero es su capacidad para no dejarse llevar por simpatías maniqueas ni por expectativas: mata, mutila y ningunea a sus personajes sin ningún pudor si hacerlo así conviene a la historia que estoy segura que tiene en mente desde la primera letra que escribió. El segundo es su habilidad con la manipulación de las voces narrativas. Durante muchos libros puedes pensar que cierto personaje es un malnacido hasta que Martin le da voz. Después todas tus ideas preconcebidas desaparecen.

Teniendo en cuenta la velocidad a la que escribe Martin y que soy bastante inquieta con mis proyectos, quizá cuando publique los siguientes libros este blog ya no exista. Por eso creo que ahora es el momento de confesar algo que me da bastante vergüenza con la esperanza de que se hunda cuanto antes bajo el peso de las demás entradas… Yo conseguí superar mi miedo a conducir gracias a la frase que Arya Stark siempre se repite: “el miedo hiere más que las espadas”.

:)

Crónica del asesino de reyes de Patrick Rothfuss (I y II)

He robado princesas a reyes agónicos. Incendié la ciudad de Trebon. He pasado la noche con Felurian y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron de la Universidad a una edad a la que a la mayoría todavía no los dejan entrar. He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He hablado con dioses, he amado a mujeres y he escrito canciones que hacen llorar a los bardos.

Me llamo Kvothe. Quizá hayas oído hablar de mí.

Si he de ser sincera, este tipo de libros empiezan a darme miedo. El fragmento que he copiado es el reclamo y la creación de la expectativa. Al terminar El nombre del viento, la expectativa se mantiene en un noventa por ciento y el miedo en un veinte por ciento. Después de El temor de un hombre sabio, gracias a Tehlu, tanto la expectativa como el miedo quedan reducidos a niveles normales. Pero no las tiene todas consigo. Es muy posible que el tercero, el que se supone que es el último, cierre la historia de Kvothe. Pero también lo es que por motivos ajenos a todas las voluntades implicadas en el asunto haya un cuarto… o incluso un quinto. Ya ha pasado otras veces. Y eso es lo que me da miedo, que la historia quede reducida al tamaño de una aguja que haya que buscar en un pajar. Un pajar que, por cierto, ya es bastante amplio. Sin embargo, hasta el desenlace, otorgo mi confianza al autor.

Y eso que su historia no me gusta especialmente. Ese entusiasmo del que tanto hablo y que empieza a ser casi como mi nombre no aparece por ningún lado. Creo que el ritmo es anormalmente lento, que hay poco avance argumental cada muchas páginas, que otorgar tanto protagonismo a un solo personaje es arriesgado aunque valiente y que da demasiadas vueltas a los mismos temas, el del amor platónico Denna, por ejemplo, sin llegar a ninguna parte. Pese a todo, tiene dos características que me atraen mucho. La primera es la estructura de la obra: un señor que cuenta su historia a otro señor que, a su vez la acabará contando también. Historia que está formada por otras historias que provienen de otras y así hasta el infinito. No sé si Rothfuss lo ha hecho a propósito, pero que la narración se lleve a cabo en una posada y en un contexto medieval me parece un guiño muy inteligente a The Canterbury Tales de Geoffrey Chaucer. La segunda es una consecuencia de la primera. Estoy segura de que existen muchas más referencias literarias indirectas que se me han escapado. Creo que es porque la crónica de Rothfuss rezuma amor por la literatura en todas sus páginas. Y cuando cierras tapas se te queda pegado en los dedos, que después llevas a la boca, a los ojos, a la piel, a otros libros y al teclado. También se convierte en una historia sin fin.

El libro del cementerio de Neil Gaiman

  Lo compré porque algo que leí en esta reseña de Sarah Manzano me llamó la atención: que la historia transcurriera en un cementerio y que tuviera como protagonista a un bebé. Pero yo ya conocía a Neil Gaiman por The Sandman, el cómic sobre el que un compañero de trabajo y yo hablamos en muchos descansos mientras comíamos. Bueno, él me transmitía su entusiasmo y yo apuntaba mentalmente que quizá Gaiman fuera una buena opción para un futuro.

Como decía, El libro del cementerio es la historia de un bebé adoptado por fantasmas en un cementerio después de que su familia sea asesinada. A medida que el niño llamado Nadie Owens crece, sus experiencias con el mundo fantástico que le rodea van aumentando: vampiros, hombres lobo, ghouls, magia antiquísima y sí, seres humanos. Es literatura juvenil pero Gaiman no trata a los chavales como si fueran tontos, lo que me ha dejado un agradable gustillo. No es previsible, no es ñoño, es algo poeta, duro cuando tiene que serlo, tierno en su justa medida, sabe rematar una historia y ha escrito los epitafios de ficción (o no) más originales que he leído. Y aunque no recomendaría El libro del cementerio a todo el mundo ni me ha vuelto loca del entusiasmo, siento que se me escapa algo al no haber leído toda su obra y de verdad valoro su interés por tratar a los jóvenes como seres igual de inteligentes que el resto. Por primera vez en mucho tiempo, entiendo el entusiasmo de los demás aunque no lo comparta del todo. Eso significa que estoy madurando.

El legado de Christopher Paolini

De los cuatro, Eragon es el mejor. Porque es el primero, porque la historia de un chaval que se encuentra un huevo de dragón por casualidad tiene su encanto y porque leer cómo crece Saphira, la dragona azul, y cómo aprende a comunicarse con Eragon es lo mejor que se le ocurrió a Christopher Paolini al escribir cuatro largos libros. El segundo, Eldest, es un pestiño sin perdón. Además, cuando estás llegando al final piensas: “me quedan cincuenta páginas y no solo la historia no termina sino que hay varios hilos argumentales más”. Paolini se disculpa: “desbordado por mis pensamientos he decidido añadir un libro más”. Y nada barato, por cierto el tal Brisingr. El último, Legado, sí que, por fin, cierra la historia. Mal, pero lo hace.

Sí, creo que con tres libros hubiera sido suficiente. Incluso con dos si me apuras un poco. Los humanos que habitan en el libro son insoportables, sobre todo Roran, el hermano de Eragon que se convierte en héroe sin utilizar ni una sola vez la magia. Sus capítulos son justo para antes de la siesta. Los elfos tampoco se salvan. Es difícil de creer que un pueblo tan interesante tenga un reflejo tan pobre. Los enanos tienen algo más de interés, pero su protagonismo es bastante limitado. Igual que el de los úrgalos, el de la maga Ángela y su gato Solembum, el de la niña Elva y el de Nasuada, la aspirante a reina. Todo gira en torno a Eragon, la elfa Arya, Roran y el misterioso malvado, Galbatorix, que desaparece de escena demasiado pronto. Si se tiene en cuenta que la base de la historia no es original, los elfos y los enanos ya existían antes de estas novelas, para mí es un misterio por qué Paolini no ha dado más protagonismo a los personajes genuinos.

De todas formas, que yo me haya aburrido con muchos de los pasajes del libro no tiene mucha importancia porque forma parte de lo subjetivo (aunque de eso trata este blog, precisamente). Los personajes planos para otros pueden ser ricos. Los blancos y negros para otros pueden ser grises. El final pésimo y sospechosamente abierto para otros puede ser la culminación perfecta a una gran novela. Lo que me preocupa es el hecho de que cada vez más se escriben los libros por temporadas. Si la primera tiene éxito, el lector se sentirá manipulado hasta el final. Es la misma historia de siempre. ¿Queda claro que Paolini tenía en mente los cuatro libros? No. Es más, la inclusión del protagonismo de Roran es una prueba tan evidente que deberían darnos a todos los lectores un porcentaje del beneficio de los libros. Y también un capón por haberlos comprado y leído. Solo si dejamos de hacerlo esta práctica desaparecerá. Pero no prometo ser yo la primera.