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Fragmentos de Marilyn Monroe

  Cuando Marilyn Monroe murió dejó la mayoría de sus posesiones personales a Lee Strasberg. Cuando éste también falleció, veinte años después, su viuda, Anna, los encontró en una caja. Entre ellos estaban todas las notas, los apuntes, los pensamientos, los dibujos y las recetas que aparecen en este libro.

El objeto de sacarlos a la luz, imagino, es demostrar una vez más que Marilyn Monroe no era la rubia vacía que interpretaba en muchas de sus películas, sino una mujer culta, con inquietudes, algo poetisa, preocupada por sus dotes de interpretación, por el paso del tiempo, por el amor, por el engaño y por la manipulación. Es decir, que de tonta no tenía nada.

A mí no me sorprende que Marilyn luchara por respirar con el corsé apretado al máximo y me parece encomiable que sus amigos hayan querido continuar con esa lucha después de su muerte, pero no sé hasta qué punto una nota escrita en un momento muy concreto de su vida sea tan transcendente como pretenden hacernos creer. Pongo un ejemplo: imaginad que sois una actriz, que estáis al teléfono quedando con alguien para cenar. De repente, mientras dibujáis caritas, recordáis una decepción que tuvisteis hace unos meses con un amigo y, mientras esperáis a que ese alguien termine de mirar su agenda, escribís unos versos sobre el tema. Jamás volveréis a recordarlo y, sin embargo, años después de vuestra muerte, ese poemita quedará publicado en un libro como reflejo de vuestra personalidad. El ejemplo es exagerado pero ilustra muy bien lo que quiero decir.

¿Eso significa que todo lo que está publicado en este libro no es válido? No, pero tampoco lo es todo. Además, es íntimo. Sé que estamos acostumbrados a desvalijar cadáveres pero no sé si a ella le hubiera gustado tanta exposición. Desde luego, a mí no.

My story de Marilyn Monroe

 -Es muy extraño. En toda tu actuación en esta escena he ido recibiendo vibraciones sexuales de ti. Como si fueras una mujer atrapada por la pasión. Me paré porque pensé que debías estar sexualmente demasiado perturbada como para seguir.

Empecé a llorar. No prestó ninguna atención a mis lágrimas, sino que siguió decididamente:

-Comprendo tu problema con el estudio ahora, Marilyn, y también comprendo al estudio. Eres una mujer que emite vibraciones sexuales, no importa lo que estés haciendo o pensando. El mundo entero ya ha respondido a estas vibraciones. Salen de la pantalla cuando tú apareces. Y a los jefes de tu estudio les interesan solo tus vibraciones sexuales. No les importas nada como actriz. Puedes ganar una fortuna con sólo vibrar ante la cámara. Ahora veo por qué rechazan verte como una actriz. Les resultas más valiosa como estimulante sexual. Y todo cuanto quieren de ti es sacar dinero fotografiando tus vibraciones eróticas. Puedo comprender sus razones y sus planes.

Michael Chejov me sonrió.

-Puedes conseguir una fortuna con sólo plantarte o moverte frente a las cámaras, casi sin actuar-dijo Michael.

-No es lo que quiero- le dije.

-¿Por qué no?- me preguntó afectuosamente.

-Porque quiero ser una artista -le respondí-, no una rareza erótica. No quiero que me vendan al público como un afrodisíaco del celuloide. Que me miren y empiecen a agitarse. Estaba bien en los primeros años. Pero ahora es distinto.

Mi interés por Marilyn Monroe despertó mientras veía un documental en televisión. Era tarde y yo me encontraba en ese estado de duermevela en el que curiosamente todos los estímulos se graban en la memoria para siempre. El locutor decía que Marilyn en sus últimos años se había cansado de ser un objeto sexual y que sus grandes esfuerzos por convertirse en actriz empezaron a dar sus frutos cuando falleció. Y que siempre se había sentido muy sola.

Mientras escribo esto recuerdo una Nochevieja en mi antigua casa, sola, a las tres de la mañana viendo El príncipe y la corista. Entonces mi percepción de Marilyn Monroe cambió. Después del documental lo volvió a hacer. Mis ojos se achican en gesto de ternura cuando la veo, como me ocurre con Vivien Leigh y con Audrey Hepburn. Es ese gesto íntimo entre dos personas provocado por la empatía, aunque en este caso solo unilateral.

My story no es un libro escrito por Marilyn. Ella le contó sus vivencias al guionista Ben Hecht y éste, como buen compositor de palabras, le dio forma. Para mí supone el tercer cambio de percepción de Marilyn. Solo abarca hasta su luna de miel con Joe DiMaggio y su visita a las tropas estadounidenses en Corea, pero en él demuestra ser algo más que una rubia exuberante e injuriada por la crítica: observadora, intuitiva, perspicaz, crítica y muy inteligente.