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El niño que dibujaba gatos y otros cuentos japoneses de Lafcadio Hearn

El niño que dibujaba gatos Dice el editor que en esta recopilación de cuentos “se han utilizado las versiones de los cuentos recogidos en Japanese fairy tales y en The boy who drew cats”. En total, veintisiete cuentos y uno de ellos, Urashima, en dos versiones diferentes. Lo interesante es que solo los siete primeros relatos son adaptaciones de Lafcadio Hearn. El resto, de autoría incierta. La pregunta que todo el mundo debería hacerse es por qué entonces el autor es Lafcadio Hearn si sólo adaptó una minoría de cuentos. Hasta el “y otros” habría estado mejor. Sin embargo, como la edición es elegante y regalaban una postal con la imagen de la portada, no voy a quejarme mucho. (Por cierto, no se sabe en qué fecha se hizo la fotografía pero está claro que se trata de la puerta (torii) del santuario Itsukushima, cerca de Hiroshima.)

Los cuentos de Hearn son muy breves, están ilustrados y tienen todos los elementos folclóricos de la cultura japonesa: el mar, los pescadores, el budismo, los samurais, las mujeres que no sabían lo que era un espejo, los árboles, las criaturas extrañas y Momotaro (el niño al que un matrimonio anciano encontró flotando en un río dentro de un melocotón). Mi favorito es el cuento del pescador Urashima, que un día se casó con la hija del Rey Dragón del Mar y cuando quiso volver a tierra descubrió que nada era como él esperaba…

Los vagabundos y otros cuentos de Jack London

Los vagabundos y otros cuentos  Esta edición de Los vagabundos y otros cuentos tiene una introducción de Ivana Graciela Mollo… que no he leído. Antiguamente solía hacerlo, sobre todo cuando se trataba de clásicos o de libros de lectura obligatoria, pero descubrí que la opinión crítica de algunos me condicionaba y los destripes de otros me molestaban, así que decidí optar por seguir mi criterio, por muy pobre que fuera.

Son seis los cuentos que forman esta recopilación: Los vagabundos, un chascarrillo acerca de tres vagabundos mancos y de cómo perdieron sus miembros, El ídolo rojo, con su argumento explícito en el nombre, Como Argos en los tiempos heroicos, el mejor y de los pocos que he leído con un anciano como protagonista, Hawaiana, el de la historia de amor triste, La pillastrona, el típico de la mujer regañona y El chinito de Honolulú, un relato sobre la picardía de un hombre chino.

Me niego a utilizar calificativos porque he leído tantos en las últimas dos semanas que empiezo a cuestionarme su valor. Entiendo que en un programa de formación sean necesarios, pero no me gusta estudiar así la literatura. Si yo fuera profesora, preferiría que un alumno me explicara con claridad lo que sintió al leer, por ejemplo, El rey Lear, antes que la enumeración de memoria de las mil y una características de la tragedia de Shakespeare. De un pensamiento se pueden obtener muchos beneficios didácticos, de una memorización en la que no se discurre, no. En el caso de Jack London, sus cuentos tienen una función muy específica, adaptada además al tiempo en el que se escribieron: entretener a un público ávido de historias transcurridas en parajes exóticos. Nada más.

Cuentos completos de Primo Levi

Primo Levi estuvo en Auschwitz diez meses. Era químico y sus conocimientos le sirvieron para trabajar en Monowitz, una parte del gran campo principal, junto a otros diez mil trabajadores, esclavos y hombres libres. Estuvo allí hasta que llegaron los rusos.

Y después escribió. No solo Si esto es un hombre y La tregua, memorias de su esclavitud en el campo de concentración y de su huida, sino también cuentos. Muchos. Relatos con el nombre de los elementos de la tabla periódica narrados en primera persona. Cuentos de ciencia ficción, como aquel en el que los héroes de los libros viven en un universo paralelo. Recuerdos sobre algunos compañeros del lager. Reencuentros, no sé si reales o no, con algunos de sus carceleros.

Limpios. Científicos. Originales. Poco sentimentales. Algunos con regalos escondidos, como éste de Versamina, la mujer eterna que vive congelada en una especie de cámara criogénica pendiente de que sus guardianes la despierten cada cierto tiempo…

Pensaba en muchas cosas confusas al mismo tiempo y se prometía […] que el dolor no se puede arrancar, no se debe, porque es nuestro guardián. Muchas veces es un guardián imbécil porque es inflexible, se mantiene fiel a sus consignas con fidelidad maniática, y no se cansa nunca, cuando las otras sensaciones, en cambio, se cansan, se desgastan, sobre todo las placenteras. Pero no puede uno suprimirlo, hacerlo callar, porque forma un todo con la vida, es su custodio.

Dicen que Primo Levi se suicidó tirándose por el hueco de la escalera de su casa de Turín. Algunos lo dudan porque su optimismo narrativo era demasiado intenso. Su descripción del dolor es un claro ejemplo. Dicen también que se quitó la vida porque la negación de los crímenes de Auschwitz ya le estaba matando lentamente. Él decía que los que negaban Auschwitz eran los únicos capaces de repetirlo. Si realmente fue así, logró superar las mil seiscientas calorías diarias pero no pudo con la incomprensión humana. Triste.