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Joyland de Stephen King

Joyland  Stephen King siempre ha dicho que no logró escribir de sus amigos de la infancia hasta que les encontró un objetivo literario que a su vez le sirviera para presentarlos y desarrollarlos como personajes. Esa excusa fue la búsqueda del cadáver de un niño al que arrolló un tren mientras recogía arándanos. El resultado fue el mejor relato del escritor, titulado El cuerpo.

El pretexto de Joyland es doble. Por un lado, los cambios en la vida de un joven universitario que trabaja en un parque de atracciones para pagarse los estudios y, por otro, la investigación del asesinato en la Casa Embrujada del parque de una muchacha llamada Linda Gray . Stephen King dice que escribió la novela como homenaje a las publicaciones pulp-fiction que él leía cuando era un chaval. Yo creo que ahí se incluye la necesidad de convertir al parque de atracciones en protagonista. Estoy convencida de que simplemente le apetecía escribir sobre norias quejumbrosas, viejas montañas rusas y bombines ladeados.

Es de los pocos escritores que pueden permitirse publicar una historia con la seguridad de que no va a cumplir las expectativas. Es valiente y es libre. Mi deseo es que sus otros libros nunca dejen de venderse. Solo así podrá seguir contando esas historias llenas de polvo que me hacen tan feliz.

Diez negritos de Agatha Christie

Diez negritos  Acabo de leer que Diez negritos es la novela de misterio más vendida de la historia (lo que no significa necesariamente que sea la más leída. De hecho hace unas horas también he leído en una biografía de Churchill que sus obras fueron éxitos de ventas, pero no de lecturas. Al parecer, su escritura era densa pero estaba de moda comprar sus grandes tomos). Sea como sea, no tengo ningún pero que ponerle a la historia de Agatha Christie. La atmósfera, que sí es un elemento estilístico literario, es lo mejor que tiene. La justificación del asesino, lo peor. Un autor moderno lo habría dejado todo en el aire. Total, si mueren todos, ¿qué más da? ¿Y quiénes son esos todos? Pues diez personajes invitados a pasar unos días en una mansión situada en una isla conocida como “del Negro”, en la costa de Devon. En la primera noche, después de una cena exquisita en la que todos empiezan a conocerse, una voz que proviene de un gramófono dice sus nombres acompañados del asesinato que han cometido. Unos momentos después, comienzan las muertes. Muchos críticos se han centrado en el aspecto moral de la obra, pero a mí hay algo que me llama más la atención: sus distintos nombres en inglés.

Agatha Christie la tituló Ten Little Niggers. La palabra nigger, de etimología latina, comenzó a ser considerada como peyorativa en los Estados Unidos a principios del siglo XX, por eso la primera edición allí se tituló And There Were None. En la edición británica, la canción infantil que da pistas a los huéspedes sobre cómo van a ser sus muertes se titula igual que el título, pero en la edición estadounidense cambió por el de Ten Little Indians. No he podido encontrar una fuente fiable sobre el origen de la palabra indians, pero puede referirse a los indios de la India o a los indios nativos norteamericanos. Si hace referencia a lo segundo, el problema es el mismo que con la palabra nigger. Igual de peyorativo. ¿Entonces por qué?

El jardín de bronce de Gustavo Malajovich

El jardín de bronce  Compré El jardín de bronce como muchas veces se compran los libros: sin saber, por un precio decente, porque el título sonaba bien y porque me atrajo la sinopsis de la contraportada…

Un padre se adentra en un laberinto de pesquisas para rescatar a su hija desaparecida. Un viaje que le desvelará la verdad sobre sí mismo.

La parte más intensa del suspense, la pesquisa, consiguió que me saltara los horarios y que lo leyera con avidez. Del resto me gustó la insistencia en la alusión a las calles de Buenos Aires, como si todo el mundo conociera la ciudad (la Avenida Álvarez Thomas no se me olvidará nunca), el interés por la arquitectura y la aparición de la antítesis de lo que debe ser un detective: César Doberti.

Hay otros aspectos que no me gustaron tanto. Por ejemplo, su excesiva longitud (creo que esta magnitud no es apropiada para referirse a una novela). Son casi seiscientas páginas de las que, digamos aproximadamente la mitad, no cuentan mucho. Están encajadas en los años en los que transcurre la investigación… pero para mi gusto, son muchos años. Los impacientes no sabemos esperar aunque la historia nos parezca más creíble. El otro aspecto que me hace arrugar la nariz es que habrá más novelas en las que el padre de la chica desaparecida, Fabián, empezará a investigar otros casos. Es una tontería pero a mí me gustaba así… yo no veo por ninguna parte “la verdad sobre Fabián”.