Archivo de la categoría: Fotografía

On Photography de Susan Sontag

On PhotographyNo he podido terminarlo porque, con perdón, me ha parecido una reflexión obvia a la que cualquiera habría llegado de haber pensado un poco más de la cuenta en la fotografía.

Sin embargo, estoy convencida de que me equivoco, así que me limitaré a subrayar lo positivo, el descubrimiento de Diane Arbus y esto:

To photograph people is to violate them, by seeing them as they never see themselves, by having knowledge of them they can never have it; it turns people into objects that can be symbolically possessed. Just as the camera is a sublimation of the gun, to photograph someone is a sublimated murder-a soft murder, appropriate to a sad, frightened time.

Quizá no tan obvio.

Tsunami, Photographs, and Then de Munemasa Takahashi

Tsunami, Photographs, and ThenCreo que alguien puso un enlace en Twitter. “Fotografía, Japón, buena causa”, pensé, y me lo regalé para mi cumpleaños. El libro llegó tres semanas después perfectamente empaquetado y con una nota escrita a mano en español de la editorial en la que me encomendaban su obra. Ese día comí leyendo la nota una y otra vez…

Tsunami, Photographs, and Then es la historia de cómo surgió el proyecto Lost & Found después del terremoto del 11 de Marzo de 2011 en Tohoku. El autor, Munemasa Takahashi -fotógrafo-, viajó a la zona, trabajó como voluntario restaurando fotografías y devolviéndoselas a sus dueños y, cuando terminó, se dio cuenta de que había muchas imágenes que no podían ser restauradas ni devueltas, pero que quizá sí servirían como testigo de algo más que lo que habían mostrado las cámaras de televisión. En vez de kilómetros de tierra llenos de escombros, las fotografías dañadas insinúan vínculos, paisajes, personas y recuerdos. Además, Munemasa incita a la reflexión. Y por si esto no fuera poco, los derechos del libro se donan a la ciudad de Yamamoto, en Miyagi, muy afectada por el tsunami.

(Frío, ¿verdad? Soy un poco inútil a la hora de expresar sentimientos complejos por escrito, pero recomiendo el libro. Las imágenes producen pinchazos en la dorsal.)

Tsunami, Photographs, and Then de Munemasa Takahashi

Tumbas de poetas y pensadores de Cees Nooteboom

Tumbas de poetas y pensadoresDice Nooteboom en el prólogo:

(…) Sé que hay dos clases de tumbas: unas, a las que se acude de manera más o menos fortuita, porque, por la razón que sea, nos encontramos precisamente en el país o en la ciudad que alberga la tumba; otras, que para visitarlas se hace expresamente el viaje.

Libro resumido en pocas palabras. Muchas tumbas, muchos poetas, algunos pensadores. Les dedica poemas, relatos, anécdotas, descripciones o simples comentarios. La de Robert Louis Stevenson le gusta. Está en Samoa. En una colina rodeada de selva virgen y tiene la siguiente inscripción:

Aquí yace, donde anhelaba estar; en su hogar está el marinero de vuelta de la mar, y en su hogar el cazador de vuelta de las montañas.

Cuando empieza a hablar de Murasaki Shikibu, la autora del Genji monogatari (que pienso releer gracias a Nooteboom) dice así: Mi Japón es un Japón de libros. Vaya, pensé, así que Japón es algo así como una posesión universal de la que cada uno escogemos lo que nos atrae y lo llamamos “mi Japón”.

Nooteboom es un erudito. Ochenta tumbas lo demuestran.

Wisconsin Death Trip de Michael Lesy

Wisconsin Death Trip  (No tengo mesura fotográfica. O la oscuridad total o un bombillazo iluminador. Como es importante aclararlo, tengo que decir que la imprecisión del lado izquierdo de la cara de la muchacha no es culpa de la bombilla. La foto se hizo así y sospecho que su elección como portada tiene mucho que ver con esa peculiaridad.)

Wisconsin Death Trip es una recopilación de fotografías tomadas por Charles Van Schaick en el condado de Jackson, Wisconsin, y al mismo tiempo, una colección de noticias publicadas en los periódicos “wisconsinos” en los últimos quince años del siglo XIX. La estructura es siempre la misma. Por ejemplo, el primer bloque está formado por tres fotografías (una de un caballo blanco con crines rizadas que casi rozan el suelo y otras dos de un caballo negro escuálido) y por una serie de extractos de noticias entre las que destacan el agradecimiento de un ciudadano a sus vecinos por la atención recibida cuando le amputaron una pierna, el ingreso en un psiquiátrico de otro hombre agobiado por las deudas, la aparición de un fantasma en marzo de 1885, la declaración de que en Wisconsin se componía más poesía que en cualquier otro estado y finalmente, varios incendios provocados, una sobredosis de morfina y un par de suicidios. En el prólogo hay una explicación de por qué el retrato de esa sociedad es tan lúgubre. Pero no recuerdo con exactitud qué decía exactamente. En realidad, no presté mucha atención a los textos porque las enumeraciones reiterativas no suelen quedarse mucho tiempo conmigo.

Si alguien se lo pregunta, sí, hay fotos post-mortem, pero son minoría y del montón. Son más interesantes los retratos, en grupo o individuales, y me ha llamado mucho la atención la seriedad (o tristeza) de todas las caras. Siempre me preguntaré si eligieron el gesto adusto para posar o si lo traían de fábrica… Para qué andarme con más tonterías. No es que Wisconsin Death Trip no me haya gustado, es que no me ha conmovido. Me he aburrido con los textos y he mirado las fotografías con ojos curiosos pero nada más. Y ese “nada más” me incapacita para transmitir. Si fuera fotógrafo sería diferente. O si fuera escritor. Pero soy lector. Simplemente.

El retrato y la muerte de Virginia de la Cruz Lichet

El retrato y la muerte  En el pasado, cuando un ser querido moría, los que velaban su cuerpo pedían a un profesional que sacara una foto del cuerpo antes de ser enterrado. Los motivos eran varios pero solo dos importantes. Lo primero que hay que tener en cuenta es que la muerte no era algo tan ajeno. Era rutina. El que perdía a un hijo, a un hermano o a una madre quería tener una imagen suya como recuerdo, “para no olvidar su cara”. Por qué no sacaban una fotografía de esa persona en vida es una pregunta que nos hacemos ahora pero que no se formulaban entonces. No se podían permitir tener miles de fotos y escogían gastar el poco dinero del que disponían en la última imagen posible. Segundo, les servía como documento notarial. Si uno enviaba a las Américas la fotografía del fallecido (o un álbum del entierro), podía esperar con seguridad un envío de dinero para pagar todos los gastos.

Todas esas fotografías han llegado hasta nosotros porque la muerte lo deja todo atrás, pero no fueron hechas para la galería. Formaban parte de la intimidad familiar. Hoy se conservan en manos de coleccionistas (algunas cuestan muchísimo dinero) y en vitrinas de museos etnológicos. Se estudian, se analizan y se catalogan. Las poses obligadas forman parte de movimientos artísticos. Como ángeles, como la Alicia de Carroll. Aquí tenemos un álbum recuerdo del entierro de una joven llamada Josefa Ogea Sisto y en ésta otra podemos observar cómo la luz incide sobre el perfil. El trabajo de Virginia de la Cruz Lichet es impecable y muy respetuoso.

Mi aficción por este tipo de fotografías es heredada y, al mismo tiempo, inexplicable. Una vez compartí mi vida con un hombre que rondaba y al que rondaban. No espíritus inexistentes sino recuerdos de la infancia en un cementerio. Me contagió la melancolía y ahora solo siento ternura cuando las miro. Ojalá los demás lo entendieran así también.