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Enésima crónica de un viaje a Japón (IV)

Nanzenji En mi itinerario, hecho a base de esfuerzo, muchas lecturas y un gran sentido analítico, el Nanzenji era una visita opcional si después de pasear por el Camino de la Filosofía me daba tiempo. Así que cuando llegué, con el recorrido cambiado y a última hora de la tarde, solo deseaba hacer tiempo antes de cenar.

Colocar el artículo “el” delante del nombre de un templo en Japón casi siempre es erróneo porque pocas veces se trata de un solo edificio. Los “templos” suelen ir en grupo. De hecho, el Nanzenji (ahí vamos otra vez) está formado por unos trece templos menores que se llaman taccyu. El que yo encontré, por casualidad, mientras intentaba rodear lo que a mí me parecían restos de un acueducto se llama Saishoin y el vacío acogedor de su cementerio lo convirtió en mi sitio favorito de Kioto.

Nanzenji8Y con ese atardecer, con un paseo por Teramachi y con unas compras en El Rodeo, tienda de ropa con diseños exclusivos muy originales, terminó mi primer día en Kioto. Como lo de decir “al día siguiente tocaba Nara” lo he leído muchas veces, aprovecho para hacer un inciso triple. Qué poco talento tengo para la fotografía, qué poca justicia hacen las fotos al Japón que yo vi y qué mala memoria tengo para los detalles que toda buena crónica necesita (como la comida).

Nara Estoy en Nara pasando mucho frío, sí, pero antes de seguir quiero hacer otra aclaración. En mis fotografías apenas aparecen personas y eso es porque las evito, no porque estuviera sola en Japón. Pero sí es cierto, y los videos que colgué en Instagram lo demuestran, que me sorprendió mucho lo vacíos que estaban ciertos lugares. A veces solo estábamos los cuervos, algunas palomas, algún fotógrafo y yo (la gallina). Supongo que es difícil deshacerse de la imagen de país muy poblado que todos hemos visto en televisión pero yo puedo dar fe: se puede estar solo en sitios en los que en otros países no podrías estarlo ni sin las calles colocadas.

Los ciervos de Nara se pelean por la comida. Se muerden entre ellos y se arrancan pelo, así que solo les di de comer una vez. Los carteles advierten que como mensajeros de los dioses tienen derecho a la libertad total y que ese libre albedrío implica que pueden no considerarte uno de ellos. Es decir, que pueden darte coces, morderte y arrancarte lo que tengas en las manos si piensan que es/eres comida. Conmigo se portaron muy bien. En especial uno, pero no en Nara, en otro lugar insospechado.

Nara (2) En el santuario de Kasuga Taisha residen cuatro dioses a los que se les ofreció alojamiento a cambio de que proporcionaran bienestar y felicidad a los habitantes de la ladera del Monte Mikasa. Así lo explica un cartel en inglés. Lo importante para mí es lo de la oferta. Antes de llegar a su casa hay un camino adornado con 1.800 lámparas como las de la fotografía que yo recorrí prácticamente sola. Para los curiosos, las cuatro divinidades son: Takimikazuchi-no-Mikoto, deidad del trueno que nació de la sangre que dejó en una espada el asesinato de un dios del fuego, Futsunushi-no-Mikoto, dios de las espadas, Amenokoyane-no-Mikoto, guardián del espejo de Amaterasu, símbolo imperial, y por último, Himegami, consorte del tercero e imagino que mujer, por eso lo de la ausencia de información.

TodaijiNadie me preparó para lo que vino a continuación porque nadie se hubiera imaginado que mi reacción fuera a ser esa. El camino que conduce al gran Buda de Nara está lleno de turistas del año nuevo, ciervos y tiendas, mencionados por número. Unos compraban, otros gritaban, otros comían y yo esquivaba. Hacía frío. Mis simpatías hasta entonces siempre habían estado con el sintoísmo y tenía claro que un Buda, por muy grande que fuera, no iba a impresionarme mucho. Al Todaiji se entra por una derecha y hay que girarse por completo hacia la izquierda para verlo. Bien, a los cinco segundos de realizar el giro me eché a llorar. Creo que hasta abrí la boca de asombro. “Me abrumó tanta perfección”, podría decir. Pero sería una gilipollez porque no sé lo que es la perfección. Tampoco pensé con palabras. Me dejé llevar. Bien puesto. De líneas rectas. Atractivo. Todas las fotos que hice en el interior están movidas.

No tenía ni idea.

Kyoto loves you

En el Japón espectral de Lafcadio Hearn

En el Japón espectral  Como ya adelanté cuando escribí sobre Última isla, Lafcadio Hearn pasó los últimos años de su vida en Japón. Allí se casó, tuvo cuatro hijos, se convirtió en Koizumi Yakumo y se dedicó a escribir sobre lo mucho que le estimulaba el archipiélago japonés.

En el Japón espectral es una recopilación de historias, anécdotas y fragmentos relacionados con los muchos significados que tiene la palabra fantasma: la imagen de una persona muerta que se aparece a los vivos, la impresión en la mente de una fantasía o la visión quimérica. Así, Hearn empieza relatando la historia del hombre que seguía a Buda por una montaña de calaveras. Después pasa a la leyenda del furisode, un manto de mangas largas con poderes sobrenaturales, escribe un tratado sobre los juegos del incienso, otro sobre los gusanos de seda, cuenta un chascarrillo sobre la adivinación y el budismo y vuelve al escalofrío con el cuento sobre una linterna de peonías. A partir de ahí se vuelve más espiritual. Le llaman mucho la atención los dibujos de los pies de los Budas, le intriga el significado del aullido del perro japonés vagabundo y durante más de veinte páginas habla de poesía y de proverbios budistas japoneses. Casi al final, vuelve a las historias del mal karma e incluso habla sobre los tengu, los demonios japoneses creadores de las artes marciales. En el último capítulo se quita el manto y se sumerge en el mar nocturno de Yaizu.

La obra empieza con un poema que me sirve para terminar…

Yoru bakari
Miru mono nari to
Omou na yo!
Hiru sae yume no
Ukiyo nari keri.

(No creas que los sueños se aparecen al soñador solo de noche: el sueño de este mundo de dolor se nos aparece incluso de día.)

Maldito karma de David Safier

 Esta novela es de las insustanciales paradójicas, lo que en lenguaje asequible se traduce en que el conjunto tira a pobre pero sus detalles se graban en mi memoria para siempre. Si alguien me pidiera que hablara sobre Lo bello y lo triste de Kawabata, por ejemplo, no podría hacerlo. Tendría que releerlo para ser capaz de explicar aquello que tanto me entusiasmó. Por poner un ejemplo culinario y teniendo en cuenta que soy una pésima cocinera, el plato me encantó pero sería incapaz de nombrar los ingredientes. Solo recuerdo el gustillo y la historia personal que tiene detrás.

Sin embargo de Maldito karma lo recuerdo todo. Mirad. Es la historia de una presentadora de televisión a la que mata el baño de la estación espacial internacional que cae del cielo. Como en su vida terrenal no lo ha hecho del todo bien, Buda se le aparece en forma de hormiga gigante (ella es una pequeña) para explicarle los detalles de su karma y cómo solucionar sus pequeños problemillas. A medida que intenta corregir todo lo que ha hecho mal, sus reencarnaciones van aumentando de tamaño (las de Buda mucho más) hasta que se produce el desenlace no temido: uno ñoño, inverosímil y sujeto por alfileres. Bueno, inverosímil es el resto de la novela pero el final mucho, mucho más.

Ahora bien. Si el resultado me disgustó tanto, ¿por qué lo recuerdo todo? ¿Por qué de vez en cuando me sorprendo pensando en las aventuras de la hormiga? ¿O en Casanova, el mejor personaje? Quizá sea porque tengo algo que confesar: me encanta la comida basura. Acabé aborreciéndola después de comerla durante un año casi todos los días, pero después regresé a ella. Ahora se ha convertido en algo excepcional, pero cierta hamburguesa me encanta. Y como con la hormiga, de vez en cuando me deleito en el recuerdo de una en mis manos. Lo dicho, soy una pésima cocinera.