Archivo de la etiqueta: Primera Guerra Mundial

Cárceles de mujeres de Sinclair Lewis

AnnVickers  No me he equivocado de título, es solo que en español la editorial decidió titular a la novela Cárceles de mujeres y no Ann Vickers. Es comprensible. Ann Vickers es un nombre que no dice nada. Pero en inglés tampoco lo decía en 1933, año en el que se publicó la novela… (Imagino que tampoco fueron muy reveladores los títulos de Oliver Twist, David Copperfield o Lolita.)

Sin embargo, el título de Cárceles de mujeres, con el sustantivo en plural, es adecuado. Ann Vickers visita muchas cárceles a lo largo de los cuarenta años de su vida narrados en la novela. Algunas son físicas y otras no. En su infancia se enamoriscó de un muchacho dominante. Fue a la universidad. Fue sufragista. Estuvo un tiempo en la cárcel por sus ideas. Se convirtió en trabajadora social y en reformista de prisiones. En la Primera Guerra Mundial se enamoró por segunda vez. El novio resultó ser un sinvergüenza. Ella se quedó embarazada. Abortó voluntariamente. Unos años después, con el título de doctora en sus manos y tras otro fracaso amoroso, se casó con un hombre al que no quería. Lo último que hizo fue enamorarse de un juez pelirrojo, corrupto y casado. Tuvo un hijo con él.

Entre todos estos acontecimientos siempre hay dos voces narrativas que sirven de guía. Una es la de la propia Ann, que suele ser muy distinta de la que muestra a su entorno (por ejemplo le pone nombre a su aborto, Pride, y convive con su recuerdo durante toda la novela sin que nadie más lo sepa) y la otra es la voz del narrador, que es la de Sinclair Lewis. Ésta quizá sea la más interesante porque es la que encierra la gran reflexión de toda la novela: que la hipocresía no está solo ahí fuera sino dentro de cada uno de nosotros y que nunca es fácil mantener la coherencia con uno mismo ni lidiar con tantas contradicciones. El narrador es el pájaro carpintero que insiste una y otra vez en lo mismo. Su mordacidad es el argumento de la novela.

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Archipiélago gulag I de Alexsandr Solzhenitsyn

Archipiélago gulag  La dedicatoria es conocida por todos:

 A todos los que no vivieron lo bastante
para contar estas cosas.
Y que me perdonen
si no supe verlo todo,
ni recordarlo todo,
ni fui capaz de intuirlo todo.

Para entender parte de la complejidad de la obra hay que fijarse en la nota del editor acerca de los tres tipos de llamadas: los asteriscos, conceptos aclarados en el glosario final, las letras voladas, notas del traductor a pie de página y los números volados, que remiten a las notas del autor recogidas en los apéndices. Ahí es nada.

Es decir, que por un lado Solzhenitsyn se disculpa con los recuerdos de otros (y debería haberlo hecho por el desorden, añado yo) y, por otro, su obra es tan compleja que son necesarios varios tipos de aclaraciones para que el lector pueda hacerse una idea de lo que ocurría con los presos políticos en Rusia desde la revolución hasta la muerte de Stalin, pasando por dos guerras mundiales.

No basta solo con las notas y la disculpa para entender. En mi caso ha faltado interés por la madre patria, bagaje cultural y capacidad de relacionar y contextualizar. Sin embargo, mientras leía acerca de las torturas a los presos me acordé de la guerra civil en España. Mientras esos mismos presos estaban de pie en las celdas de la Lubyanka, mis recuerdos se escapaban hacia las utopías de la juventud. Tenía la sensación de que la mayoría de los rusos fueron detenidos (en realidad dicen que solo fueron cincuenta o sesenta millones). Y también la percepción de que el relato de Solzhenitsyn se inclina más hacia la idea del desastre que el hombre es capaz de crear a raíz de una idea que hacia la utopía que provoca desastres por sí sola.

La única conclusión a la que soy capaz de llegar con tranquilidad es a la de que Archipiélago gulag es un libro útil e imprescindible (más tarde o más temprano). Más simple que el mecanismo de lo que os resulte simple, sí.

Winston Churchill (Volumen I) de Roy Jenkins

Winston Churchill  Solo tengo el primer volumen. Había pensado en esperar hasta leer el segundo antes de escribir algo sobre esta biografía, pero como no sé si eso será posible algún día (no lo tengo), al final he preferido hacerlo en dos partes.

En esta primera, la conclusión más importante que hay que extraer es que se trata de una biografía de un político escrita por otro político, lo que significa que leemos un extenso recorrido por la trayectoria de Churchill en la Cámara de los Comunes, muchísimas cartas que él escribía a otros políticos y algunas en las que otros (políticos también) hablaban de él y un análisis esmerado de su capacidad… política (y de su brillantez). Por supuesto que Jenkins habla de su infancia, de su matrimonio, de sus hijos, de sus aficiones y de sus vacaciones, pero dado que Churchill no dejaba casi nunca de trabajar, habría resultado grosero que una biografía suya priorizara otra cosa que no fuera precisamente eso: su entrega absoluta a la política.

La idea que yo tenía de Churchill antes de leer este primer volumen (que termina en 1939) era similar a la que tengo de cualquier superhéroe: sesgada, basada en el brillo del contraste entre el blanco y el negro de las imágenes de televisión, muy ignorante y superficial. Después de haberlo leído, lo que más me ha sorprendido es saber que Winston Churchill no era un político perfecto. Cometió muchos errores. De juicio y de peso, sobre todo en la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, siempre se sobreponía.

Estoy deseando leer las cartas de sus adversarios cuando sea nombrado Primer Ministro.

 

Vidas rotas de Bènèdicte des Mazery

Vidas rotas  Durante la Primera Guerra Mundial, todas las cartas que los soldados franceses del frente escribían a sus seres queridos pasaban por un órgano censor militar que velaba por que los hombres en primera línea no desvelaran ubicaciones demasiado exactas, planes futuros o muestras de moral demasiado baja. Cada semana se escribía un informe destinado a los altos cargos citando fragmentos de esas cartas y los miembros de este “control postal” eran, o bien soldados heridos incapacitados para luchar, o militares en la reserva.

Vidas rotas comienza a finales de 1917, justo cuando la moral de las tropas empezaba a decaer porque el fin de la guerra no llegaba nunca. Su protagonista, Louis, es un joven soldado que, tras salir del hospital, comienza a trabajar en una oficina de censura. Su vida se limita a leer cientos de cartas y a pensar en su amigo Fernand, al que dejó convaleciente antes de incorporarse. En algún momento de la novela el argumento se complica un poco más, pero es tan simple que no merece ni mención.

Lo interesante no es la ficción, sino la realidad. La primera es una excusa para la segunda. Louis y los demás pertenecen a la imaginación de des Mazery, pero las cartas que lee son reales y se encuentran en el Servicio Histórico del Ejército de Tierra, en Vincennes. En resumen, como novela prescindible, como documento histórico, muy interesante por su reflejo del hastío de los soldados-niños que se cansaron de una guerra a la que acudieron alegres y confiados.