Archivo de la etiqueta: Boris Pahor

El niño con el pijama de rayas de John Boyne

  Como hoy tengo la inspiración en los talones y no estoy muy flexible, he pensado que la mejor forma de enfocar la entrada de hoy es a través del cabreo. No es que ahora mismo esté gritando, con la vena del cuello hinchada, jurando y haciendo aspavientos, pero recordar este libro y lo que supuso sí que me aumenta bastante la presión arterial.

Si yo fuera una persona coherente siempre, no me sentiría así. Soy la primera que desprecia a los gafapastas que sientan cátedra bajo criterios indiscutibles a los que solo ellos tienen acceso. La segunda que se pregunta constantemente qué es buena o mala literatura. Quizá la tercera o la cuarta que respeta un libro que logra emocionar a los demás. Pero con El niño con el pijama de rayas no puedo ni ponerme en la fila.

A falta de coherencia, honestidad: el relato de John Boyne me pareció una sinvergonzonería. Una simplificación descarada de la historia de los campos de concentración. Una campaña de marketing engañosa. Una falta de respeto a la literatura y a las víctimas. Un mal cuento para niños y una peor novela. Plana, fácil. Un texto sobrevalorado, con un final como una espada de doble filo. Me bajaré en cuanto le dé a publicar, pero ahora mismo, subida en el púlpito y con voz suave, como la de Jonathan Edwards, casi suplico que se deje de considerar este libro como representante de las novelas dedicadas al holocausto. Invito a los que la encumbraron a leer otros textos: a Pahor, a Grossman, a Klemperer, a Levi… incluso a Ana Frank, si quieren. Que piensen, que comparen… Por favor.

Necrópolis de Boris Pahor

La mayoría de los testimonios del holocausto judío que he leído (no muchos porque la gran parte están todavía sin traducir), suelen ser ligeramente optimistas. Obviamente los muertos en los campos no pueden escribir sus recuerdos, así que son los supervivientes los encargados de dar el mensaje: yo sobreviví, os cuento todos los horrores, sí, pero sigo vivo.

Boris Pahor es diferente. Nacido en Trieste hace casi cien años (¡sigue vivo!), después de unirse al frente yugoslavo de liberación, fue detenido y encerrado en el campo de concentración de Natzweiler-Struthof. Allí regresa a mediados de los sesenta para contrastar sus recuerdos rodeado de turistas…

Noto que dentro de mí ha despertado una especie de rebelión incomprensible, una rebelión contra el hecho de que este lugar montañoso que forma parte de nuestro mundo interior ahora esté abierto y desnudo. Y a esta rebelión se unen también los celos: no sólo porque los ojos ajenos de los turistas se paseen por el ambiente que fue testigo de nuestra anónima cautividad, sino también porque sus miradas (y de eso estoy completamente seguro) nunca podrán penetrar en el abismo del mal con que fue castigada nuestra fe en la dignidad humana y en la libertad de nuestras decisiones personales.

Cuando dice “nuestro mundo” no se refiere al suyo y al nuestro, sino al suyo y al de los otros, sus compañeros. Para Pahor, existían (¿y siguen existiendo?) varios planos de la realidad, uno, el de los campos y el de la escalera infernal, y después, todo el resto imaginable. No pueden tocarse ni comunicarse. Y por tanto no se entienden. A veces se superponen, una pareja se abraza y se besa en las escaleras, y Pahor reflexiona:

Porque en nosotros se había establecido un final apocalíptico en la dimensión de la nada, mientras que estos dos se hallan en la dimensión del amor, que también es infinita y también dispone de los objetos de manera incomprensible, excluyéndolos o glorificándolos.

He mencionado las escaleras pero no me atrevo a hablar de ellas porque al releer a Pahor, siento que me va a regañar por hablar de algo que no podré entender jamás. Así que opto por callar. Espero que sus palabras, más que las mías, puedan mostrar por qué su testimonio es tan diferente. Por si acaso, un botón más…

[…] Y no me muevo porque no sé cómo reunir a los representantes de los oscuros barracones delante de los seres jóvenes que son los retoños de una estirpe humana inmortal. No sé cómo colocar la ceniza y los huesos humillados delante de ellos. No tengo suficiente fuerza y ni siquiera puedo imaginarme cómo mis fantasmas podrán encontrar las palabras adecuadas para confesarse delante del coro infantil que ahora baila en medio de las tiendas de campaña, o delante de aquella niña pequeña que ayer daba vueltas alrededor del alambre de la chimenea, como llevada por un tiovivo invisible.