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Ojos azules de Toni Morrison

Blue EyesLa traducción del título es errónea. No es Ojos azules sino Los ojos más azules (The Bluest Eyes). Porque Pecola no se conforma con cambiar el color sino que quiere más…

A Pecola se le había ocurrido hacía algún tiempo que si sus ojos, aquellos ojos que retenían las imágenes y sabían ver, si aquellos ojos fueran diferentes, es decir, bellos, toda ella podría ser diferente.

Es decir, bluest.

No quiero analizar más porque ya lo han hecho otros, y mejor. Por ejemplo, Ojos azules se estudia en el grado de Estudios Ingleses como bandera de la corriente feminista (!). Sin embargo, sí que me gustaría hablar del epílogo que escribió Toni Morrison en la edición de 1993. En él explica su interés por la “autoaversión racial” y (también) por la reinvidicación de la belleza racial y justifica todas las características de la novela, desde el lenguaje hasta el desarrollo de los personajes. Termina así…

Con muy pocas excepciones, la publicación inicial de Ojos azules fue como la vida de Pecola: desechada, trivializada, mal interpretada. Y ha costado veinticinco años ganar para ella la respetuosa publicación que esta edición constituye.

Admiro a Toni Morrison desde que era una adolescente pero no puedo entender el sentido de este epílogo. Si hay necesidad de explicar y de justificar veinticinco años después es que algo no se hizo bien desde el principio. Pero lo sorprendente es que sí se hizo bien, que todo se entiende. Hace años y ahora. Mirad…

Juntamente con la idea del amor romántico, otro concepto se le reveló: el de la belleza física. Ambas ideas eran probablemente las más destructivas de la historia del pensamiento humano. Ambas nacían de la envidia, medraban en la inseguridad y terminaban en la desilusión. Equiparando belleza física con virtud, Pauline desgarró su mente, la trabó, y recogió a montones el desprecio hacia sí misma. Olvidó el placer carnal y el simple cariño.

 

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¿A quién ama Gilbert Grape? de Peter Hedges

¿A quién ama Gilbert Grape?  El título original, What´s eating Gilbert Grape, significa algo similar a “qué reconcome a Gilbert Grape” que, dicho sea de paso, es un nombre que encaja mucho más con la idea de la novela que la “traducción” al español que, a su vez, no tiene nada que ver con Gilbert en una novela de amor. Además, no lleva signos de interrogación, algo que valoro porque no todas las preguntas han de llevarlo para que sepamos que lo son.

Gilbert Grape es un joven que vive en Endora, Iowa. Trabaja en un supermercado tradicional que se sostiene a duras penas por la presión del gran centro comercial del pueblo. Odia el sonido de campanas de las gasolineras. Está liado con una mujer casada. Su familia es conocida en todo el pueblo: su padre se ahorcó en el sótano de su casa cuando él era un niño, su madre es una obesa mórbida desde entonces, su hermana mayor adora a Elvis y lo único que hace es cuidar de su familia, su hermana pequeña acaba de descubrir su feminidad y su hermano pequeño, al que él llama retrasado, está a punto de cumplir los 18 años superando todas las expectativas de los médicos. Tiene dos hermanos mayores más que dejaron Endora hace tiempo y ahora solo envían cheques.

Nosotros solo conocemos un mes de la vida de Gilbert, en concreto un mes de julio. Hedges hace zoom durante ese tiempo, cuenta lo que tiene que contar y después aleja la cámara y funde en negro. En treinta días no solo descubrimos qué es lo que reconcome a Gilbert sino también vislumbramos una ácida crítica del autor a ciertos aspectos de la sociedad estadounidense. Además, con el nivel de patetismo justo. Su narrativa en presente es tan rápida que cuando queremos pararnos a sentir tristeza o melancolía, Gilbert sigue su discurso, menciona una peluca, la roña o una erección y toda la autocompasión se va al traste.

Hacía tiempo que una novela no me entusiasmaba tanto. Y eso que vi la película hace veinte años.

La hija del sepulturero de Joyce Carol Oates

La hija del sepulturero  Creo que con esta novela termina mi romance con Joyce Carol Oates. Sus Memorias de una viuda provocaron que sintiera curiosidad por la mujer novelista y Ave del paraíso hizo que valorara su narrativa de la digresión como algo diferente. Sin embargo, no he encontrado nada sobresaliente en La hija del sepulturero. Quizá he elegido mal el orden de lectura, que ha sido aleatorio. Es muy posible que, al ser una autora tan prolífica, entre sus más de cuarenta novelas me pierda alguna más que merezca la pena. Pero no estoy por la labor de leerlas todas.

El mayor problema que tiene para mí esta novela es que no entiendo a la protagonista, a la famosa hija del sepulturero. La historia comienza en su infancia, en los años 40, cuando describe la vida de su familia, inmigrante alemana y judía, en un pueblo del estado de Nueva York. Poco antes de la adolescencia se queda sola, comienza a trabajar en un hotel, se casa con un maltratador y cuando ocurre lo inevitable, ella y su hijo le abandonan. La tercera parte es paja, trocitos de paja largos. El final es tosco e incomprensible. El epílogo, un diálogo epistolar. Rebecca, que así se llama, es una mujer angustiada que se esconde durante toda su vida. Muchas de sus pajas mentales, porque así hay que llamarlas, son acertijos indescifrables. Me he perdido en muchos de sus pensamientos y en la mayoría de sus reacciones. Leer así es frustrante.

Todo esto me lleva a la temida pregunta sin respuesta: ¿mi falta de comprensión es porque carezco de empatía para entender a un personaje complejo o por el contrario es la autora la incapaz a la hora de abrir el corazón de su personaje al lector para que empatice y se identifique? Como siempre, no obtendré respuesta. Lo único positivo es que al menos me he hecho alguna pregunta. Pero eso también es frustrante, así que adiós, Joyce Carol Oates.

 

El castillo de cristal de Jeannette Walls

  En la reseña de Caballos salvajes, el segundo libro de Jeannette Walls, decía que hasta no leyera éste, El castillo de cristal, todo lo que pensara quedaba suspendido en el aire hasta que lo hiciera. Pues bien, ya lo he hecho y mi opinión sobre la forma de escribir de Walls no ha cambiado mucho.

Tengo que recordar que Caballos salvajes es la historia de la abuela de la autora pero su segundo libro. Éste es el primero y, a su vez, el relato de la difícil vida de la autora y de sus tres hermanos desde que eran niños de tres años hasta la edad adulta. (Por cierto, qué curioso es que alguien tenga recuerdos tan nítidos de una edad tan temprana…) Pese a estar narrado en primera persona, los hechos podrían incluirse en un informe policial y darían el pego sin problema. Qué frialdad, qué poco lenguaje elaborado y qué poca implicación emocional. Alguien argumentará, quizá con razón, que la exposición de hechos de forma objetiva es mucho más efectiva, pero es que no se trata de una vida normal, sino de una infancia bastante miserable, con épocas de hambruna, un padre alcohólico y una madre pintora con unas ideas sobre la vida cuanto menos peculiares. Tampoco se trata de recargarlo todo solo para provocar compasión o empatía, pero mi reacción ante la actitud de la autora fue la misma que ante la de cualquier persona que hiciera lo mismo con su historia: “si a ti parece no importarte lo más mínimo, a mí tampoco”.

Por tanto, la sorpresa ante el éxito sigue ahí. El castillo de cristal también es un esbozo. El relato de una experiencia, pero no una buena historia. También le falta ser literatura.

Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin

  Aunque parezca mentira, unos cuantos años antes de que se estrenara la serie de televisión encontrar alguno de los libros de Canción de hielo y fuego era una tarea imposible. Por eso, cansada de esperar, pedí prestado el primero. Cuando lo terminé, tenía el nivel de entusiasmo tan alto que lo único que quería era que alguien me destripara la historia sin compasión. Quería saber más. Mi contrincante, sabio, se negó. Lo que sí hizo fue dejarme caer en el pozo de la desesperación al recordarme que Danza de Dragones, el último, estaba sin terminar y sin fecha de publicación. Pero salí pronto. Tenía tres libros aún por delante. “No sabes nada”, debió de pensar él.

Tenía razón. Si ahora mismo pudiera pedir un deseo literario, me gustaría que fuera el de leer Canción de hielo y fuego de un tirón y terminado. Sobre todo porque necesito quitarme la sensación de reloj de arena que me causa el desarrollo argumental. Me explico. En Juego de Tronos, Choque de Reyes y Tormenta de Espadas, la historia crece en un entorno amplio compuesto por el Muro, Invernalia, Desembarco del Rey y los satélites. El norte y el sur (y Daenerys). Tormenta de Espadas marca el punto más estrecho del reloj, el clímax narrativo, el momento a partir del cual se espera el desenlace, aunque sea lento. Sin embargo, ni Festín de Cuervos ni Danza de Dragones son el final de nada, sino todo lo contrario: la parte del reloj que se vuelve a ensanchar hasta límites desconocidos con nuevos personajes y nuevas tramas. Cada lector espera algo diferente de la historia. En mi caso, yo quiero venganza, pero me temo que voy a quedarme con las ganas. Primero porque la historia no es mía y si en algo es bueno Martin es en hacer lo que quiere con el lector y sus expectativas. Segundo porque me he vuelto pesimista y empiezo a dudar del autor y de su capacidad para solucionar el gran lío en el que se ha metido. Y tercero, porque si alguna vez leo el final, temo que no esté a la altura de los tres primeros libros.

Pese a todo, siempre admiraré la forma de escribir de George R. R. Martin. Al margen de su imaginación y de su creatividad, hay dos aspectos de su narrativa que lo convierten en un escritor diferente. El primero es su capacidad para no dejarse llevar por simpatías maniqueas ni por expectativas: mata, mutila y ningunea a sus personajes sin ningún pudor si hacerlo así conviene a la historia que estoy segura que tiene en mente desde la primera letra que escribió. El segundo es su habilidad con la manipulación de las voces narrativas. Durante muchos libros puedes pensar que cierto personaje es un malnacido hasta que Martin le da voz. Después todas tus ideas preconcebidas desaparecen.

Teniendo en cuenta la velocidad a la que escribe Martin y que soy bastante inquieta con mis proyectos, quizá cuando publique los siguientes libros este blog ya no exista. Por eso creo que ahora es el momento de confesar algo que me da bastante vergüenza con la esperanza de que se hunda cuanto antes bajo el peso de las demás entradas… Yo conseguí superar mi miedo a conducir gracias a la frase que Arya Stark siempre se repite: “el miedo hiere más que las espadas”.

:)

Crónica del asesino de reyes de Patrick Rothfuss (I y II)

He robado princesas a reyes agónicos. Incendié la ciudad de Trebon. He pasado la noche con Felurian y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron de la Universidad a una edad a la que a la mayoría todavía no los dejan entrar. He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He hablado con dioses, he amado a mujeres y he escrito canciones que hacen llorar a los bardos.

Me llamo Kvothe. Quizá hayas oído hablar de mí.

Si he de ser sincera, este tipo de libros empiezan a darme miedo. El fragmento que he copiado es el reclamo y la creación de la expectativa. Al terminar El nombre del viento, la expectativa se mantiene en un noventa por ciento y el miedo en un veinte por ciento. Después de El temor de un hombre sabio, gracias a Tehlu, tanto la expectativa como el miedo quedan reducidos a niveles normales. Pero no las tiene todas consigo. Es muy posible que el tercero, el que se supone que es el último, cierre la historia de Kvothe. Pero también lo es que por motivos ajenos a todas las voluntades implicadas en el asunto haya un cuarto… o incluso un quinto. Ya ha pasado otras veces. Y eso es lo que me da miedo, que la historia quede reducida al tamaño de una aguja que haya que buscar en un pajar. Un pajar que, por cierto, ya es bastante amplio. Sin embargo, hasta el desenlace, otorgo mi confianza al autor.

Y eso que su historia no me gusta especialmente. Ese entusiasmo del que tanto hablo y que empieza a ser casi como mi nombre no aparece por ningún lado. Creo que el ritmo es anormalmente lento, que hay poco avance argumental cada muchas páginas, que otorgar tanto protagonismo a un solo personaje es arriesgado aunque valiente y que da demasiadas vueltas a los mismos temas, el del amor platónico Denna, por ejemplo, sin llegar a ninguna parte. Pese a todo, tiene dos características que me atraen mucho. La primera es la estructura de la obra: un señor que cuenta su historia a otro señor que, a su vez la acabará contando también. Historia que está formada por otras historias que provienen de otras y así hasta el infinito. No sé si Rothfuss lo ha hecho a propósito, pero que la narración se lleve a cabo en una posada y en un contexto medieval me parece un guiño muy inteligente a The Canterbury Tales de Geoffrey Chaucer. La segunda es una consecuencia de la primera. Estoy segura de que existen muchas más referencias literarias indirectas que se me han escapado. Creo que es porque la crónica de Rothfuss rezuma amor por la literatura en todas sus páginas. Y cuando cierras tapas se te queda pegado en los dedos, que después llevas a la boca, a los ojos, a la piel, a otros libros y al teclado. También se convierte en una historia sin fin.

Caballos salvajes de Jeannette Walls

  Tengo tantas cosas que decir, tanto que matizar, que no sé por dónde empezar. Así que, como decía un amigo, empezaré por el final, y espero que sin pareados.

Caballos salvajes es el segundo libro de Jeannette Walls pero cronológicamente es el primero. Después de contar su vida en El castillo de cristal, su idea era la de escribir la historia de su madre pero ésta le recomendó que escogiera como protagonista a su abuela, Lily Casey Smith, y eso es lo que hizo. Como no he leído la historia de la vida de la escritora, todo lo que diga aquí queda suspendido en el aire hasta que lo haga. Quiero saber si mis malas impresiones se confirman, si tienen una base con origen en el primer libro o si el segundo está tan mal escrito porque los acontecimientos no los vivió en primera persona. Quiero comparar el estilo y el tono de ambos porque si no lo hago creo que estaré siendo injusta. Quiero saber si lo de “familia disfuncional” y el calificativo de best-seller del primero están justificados.

Creo que todas las familias del mundo tienen una historia que contar. La diferencia estriba en que de todos a los que les interesa hacerla pública, algunos saben hacerlo y otros no. Por eso me llama tanto la atención que esta mujer haya sido capaz de vender la historia de su abuela tal y como está escrita: un telegrama carente de emoción de capítulos cortos, con hechos, anécdotas y poco más de la vida en Nuevo México, Texas y Arizona a mediados de siglo. La novela es un bosquejo de lo que debería ser. Es lo que un escritor escribiría antes de ponerse a escribir (valga la triple redundancia). Le falta ser literatura.

Y yo quería empezar diciendo que últimamente está de moda no criticar los libros que no gustan por motivos que yo respeto pero que no comparto. Yo lo hago, primero, porque me gusta ser honesta y porque me gusta encontrar honestidad cuando leo algo sobre un libro. Y segundo, porque creo que es útil leer opiniones negativas para formarse un criterio propio antes de comprar un best-seller y dejarse llevar por el entusiasmo. Para mí no es una pérdida de tiempo hacerlo. Es la impronta que deja el libro en mí y de eso va este blog.