Archivo de la etiqueta: recuerdos

M Train de Patti Smith

Me quedo sentada frente al inigualable café de Zak. En el techo, los ventiladores giran como veletas enloquecidas. Fuertes vientos, lluvia fría o amenaza de lluvia: un desfile de cielos calamitosos en ciernes que impregna sutilmente todo mi ser. Sin darme cuenta, caigo en una ligera aunque persistente desazón. No es depresión, sino más bien fascinación por la melancolía, a la que doy vueltas en la mano como si fuera un pequeño planeta, veteado de sombras, de un azul imposible.

Anuncios

Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas

La primera vez fue en la universidad. Para ser más concreta, en el trayecto en tren y metro. Detestaba el edificio. Una antigua cárcel, de hormigón, con suelos gastados, escaleras resbaladizas y ventanas abatibles que apenas dejaban pasar la luz. El edificio me oprimía tanto que un día estuve a punto de desmayarme en la sala de reprografía del sótano. Hacía calor y había demasiada gente. Ciega, a punto de perder el conocimiento, logré subir las escaleras. Cuando conseguí sentarme, me metí la boca una bolsa entera de gominolas. Poco a poco regresó la luz.

Ahora sé que el edificio no tenía la culpa. Sé que el problema estaba dentro de mí porque tenía que pasar muchas horas en un sitio en el que no quería estar. Ahora sé permanecer en sitios en los que no me apetece estar si tengo algún interés. No me dejo vencer fácilmente. No siempre, al menos. Pero entonces tenía dieciocho años y la sensación de que estudiar esa carrera como la impartían era una pérdida de tiempo. No me equivocaba en la percepción, pero sí lo hice en la reacción. Debí quedarme y terminar aunque me hubiera costado la salud mental. Así madura el ser humano.

Para muchas personas los años de instituto y de universidad son los mejores de su vida. No para mí. En el instituto pasé muy buenos momentos pero también los peores. De la universidad solo quería salir corriendo. Y como no podía, me dedicaba a leer para evadirme. Los tres mosqueteros fue el libro de primero. Me entusiasmaba. Como d´Artagnan esperaba encontrar a mis tres mosqueteros. Como él, había perdido mi carta de recomendación. A diferencia de él, no encontré nada. Pero me consolaba con Athos, uno de mis personajes literarios favoritos. Me bebía su tormento. Esperaba con ansia esos momentos en los que ejerce de padre y de amigo. Fantaseaba con él. Athos me dio la vida aquel año. Ese “uno para todos y todos para uno” era uno de mis anhelos. A veces me pregunto si de haberlo conseguido seguiría siendo la persona que soy ahora. Otras si Alexandre Dumas alguna vez pensó que su folletín de aventureros llegaría a causar tanto drama. Las menos, si todo fue culpa mía.

Ya no tendré más amigos -dijo el joven-, ¡ay!, ni nada más que amargos recuerdos.
Y dejó caer su cabeza entre sus dos manos, mientras dos lágrimas corrían a lo largo de sus mejillas.
-Sois joven -respondió Athos-, y vuestros amargos recuerdos tienen tiempo de cambiarse en dulces recuerdos.

El juego de Gerald de Stephen King

Nunca he abierto las tapas de este libro. Es una copia del original. El primero, el que yo leí, está en manos de una compañera de instituto. O quizás no. Puede que esté en manos de otra persona, en la basura, en una biblioteca o en una caja en un desván de unos padres hartos de que sus hijos no se lleven sus cosas cuando se van de casa.

Lo de compañera no es del todo exacto. Creo que no había hablado con ella más de dos palabras antes de prestarle el libro. Después, aumentaron a doscientas, pero todas triviales. Supongo que fui incapaz de decirle que no a una chica popular que desbordaba seguridad en sí misma. La situación, de producirse ahora, habría sido muy diferente. Sé que rebozarse en el barro del pasado no es bueno porque luego hay que frotarse tanto que la piel se agrieta, pero muchas veces imagino venganzas adolescentes. No al estilo de Carrie, ya que estoy con Stephen King, sino más del tipo de los superhéroes.

¿Y cómo una adolescente normal le presta un libro a una adolescente anormal? Cosas del boca a boca. La historia de una mujer que, mientras que hace el amor con su marido esposada a la cama, presencia como éste muere de un infarto era algo fascinante. Sobre todo porque se quedó esposada a la cama. No sé cuántos compañeros leyeron el libro ni si sintieron lo mismo que yo al hacerlo. A mí me atraía el pensamiento de la mujer esposada: su angustia, sus recuerdos, el mismo eclipse que en Dolores Claiborne, el tener a su marido muerto tan cerca y la gran incógnita: ¿lograría deshacerse de las esposas o moriría?

Eso es todo. Contagié el entusiasmo a mis amigos, ellos a otras personas y El juego de Gerald se convirtió en el libro de mis dieciséis. Después murió Kurt Cobain, todos olvidamos a Stephen King y yo me quedé sin mi libro. Nunca tuve el valor de pedírselo. Fin.

A veces las historias sin sentido tienen los finales que se merecen.

Necrópolis de Boris Pahor

La mayoría de los testimonios del holocausto judío que he leído (no muchos porque la gran parte están todavía sin traducir), suelen ser ligeramente optimistas. Obviamente los muertos en los campos no pueden escribir sus recuerdos, así que son los supervivientes los encargados de dar el mensaje: yo sobreviví, os cuento todos los horrores, sí, pero sigo vivo.

Boris Pahor es diferente. Nacido en Trieste hace casi cien años (¡sigue vivo!), después de unirse al frente yugoslavo de liberación, fue detenido y encerrado en el campo de concentración de Natzweiler-Struthof. Allí regresa a mediados de los sesenta para contrastar sus recuerdos rodeado de turistas…

Noto que dentro de mí ha despertado una especie de rebelión incomprensible, una rebelión contra el hecho de que este lugar montañoso que forma parte de nuestro mundo interior ahora esté abierto y desnudo. Y a esta rebelión se unen también los celos: no sólo porque los ojos ajenos de los turistas se paseen por el ambiente que fue testigo de nuestra anónima cautividad, sino también porque sus miradas (y de eso estoy completamente seguro) nunca podrán penetrar en el abismo del mal con que fue castigada nuestra fe en la dignidad humana y en la libertad de nuestras decisiones personales.

Cuando dice “nuestro mundo” no se refiere al suyo y al nuestro, sino al suyo y al de los otros, sus compañeros. Para Pahor, existían (¿y siguen existiendo?) varios planos de la realidad, uno, el de los campos y el de la escalera infernal, y después, todo el resto imaginable. No pueden tocarse ni comunicarse. Y por tanto no se entienden. A veces se superponen, una pareja se abraza y se besa en las escaleras, y Pahor reflexiona:

Porque en nosotros se había establecido un final apocalíptico en la dimensión de la nada, mientras que estos dos se hallan en la dimensión del amor, que también es infinita y también dispone de los objetos de manera incomprensible, excluyéndolos o glorificándolos.

He mencionado las escaleras pero no me atrevo a hablar de ellas porque al releer a Pahor, siento que me va a regañar por hablar de algo que no podré entender jamás. Así que opto por callar. Espero que sus palabras, más que las mías, puedan mostrar por qué su testimonio es tan diferente. Por si acaso, un botón más…

[…] Y no me muevo porque no sé cómo reunir a los representantes de los oscuros barracones delante de los seres jóvenes que son los retoños de una estirpe humana inmortal. No sé cómo colocar la ceniza y los huesos humillados delante de ellos. No tengo suficiente fuerza y ni siquiera puedo imaginarme cómo mis fantasmas podrán encontrar las palabras adecuadas para confesarse delante del coro infantil que ahora baila en medio de las tiendas de campaña, o delante de aquella niña pequeña que ayer daba vueltas alrededor del alambre de la chimenea, como llevada por un tiovivo invisible.