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Nine Suitcases de Béla Zsolt

To hell with doctrines, ideas and objectives! When the French accomplished their great revolution all they wanted was to improve their own lot; they wanted to eat more, pay less in tithes and taxes, suffer less harassment from the nobles and officials – and, thanks to this ruthless selfishness, not only did the material conditions of life improved over the next century and a half, but the intellect and the arts flourished, and the social existence of humanity, which had always been coarse to the point of brutishness, was tempered by such a defree of gentleness and tolerance as had probably never been experienced before. This wasn´t the result of doctrines, ideas and idealism, but of logical, sensible, base selfishness. To hell with ideas – if people always did what, on careful consideration, was in their most selfish interest, there would be nothing wrong with the world. Who wants to die and starve? Nobody. If people weren´t driven crazy by ideas and by their God, nobody would, for instance, go to war in order to starve and to die a beastly death.

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Un saco de canicas de Joseph Joffo

Un saco de canicas  Lo único que me ha llamado la atención de los recuerdos de Joseph Joffo es la naturalidad con la que los adultos se tomaban la presencia de dos niños vagabundos en la Francia de la Segunda Guerra Mundial. El desarraigo debía de ser algo tan habitual que el hecho de “contratar” a un niño de diez años no suponía ningún problema. Nadie se sorprendía de nada. O al menos así lo recuerda uno de esos niños, Joseph Joffo, treinta años después.

La ocupación nazi en Francia provocó una espantada en su familia. Cuando empezó el envío de judíos a Drancy, los hermanos de Joseph empezaron a abandonar París. Los últimos en marcharse fueron los dos pequeños. Sus padres les proporcionaron dinero, ropa y direcciones y les dejaron marchar. Los dos hermanos se mantuvieron juntos la mayor parte de la guerra. En su odisea recorrieron gran parte de Francia, trabajaron, trapichearon, disfrutaron, se alegraron en los reencuentros, se apenaron en las despedidas y, cuando Francia se liberó por fin de la escoria, regresaron a su añorado París.

No es mi relato favorito de la Segunda Guerra Mundial y me siento un poco culpable por recordar a Tom Sawyer y a Huckleberry Finn cuando pienso en los hermanos Joffo, pero no lo puedo evitar. Me suena a cuento. En el prólogo Joffo dice: “La memoria, así como el recuerdo, pueden metamorfosear algunos pequeños detalles. Pero lo esencial está ahí, con su autenticidad, su ternura, su gracia, y la angustia vivida”. Voto por que esa metamorfosis se produce en la angustia vivida, poca, y en la magnificación de la ternura, la gracia y la angustia vivida. Sin pruebas, claro.

La flecha del tiempo de Martin Amis

La flecha del tiempoTengo el mismo dilema de siempre…
Lo único que entiendo de la teoría física de la flecha del tiempo es que éste siempre fluye en la misma dirección, de pasado a futuro, pasando por el presente. En la novela de Martin Amis lo hace al revés. El tiempo empieza en la muerte del protagonista de múltiples nombres y termina en su nacimiento. Es una vida contada al revés, con conversaciones que empiezan con un adiós, con excrementos que salen de la taza del váter y se introducen por el ano, con judíos muertos que abren los ojos, sufren torturas y después se marchan llorando, Amis dice que agradecidos. Es una historia rebobinada hacia atrás narrada por un desconocido que está metido en la mente del protagonista.

Dado que no todas las novelas están escritas de este modo, el que lee no tiene que ser muy listo para darse cuenta de que tiene un propósito. Cerca de la mitad, el de los nombres varios es “médico” en Auschwitz. Por tanto intuye que el propósito tiene algo que ver con el campo de concentración. Hasta aquí, más lo que no he podido contar (menos la famosa intención), también me resulta comprensible.

Lo que no entiendo es la transcendencia. La pretensión que no viene del autor sino de los críticos. El encumbramiento. Las interpretaciones de una obra que a mí me parece del montón. No logro ver el propósito. Dar la vuelta a la flecha del tiempo es algo original, sí, y tuvo que cuidar muchos los detalles para conseguir verosimilitud. Para mí ese es el mérito. Pero lo hubiera sido igual si en vez de narrar la historia del de los cuatro nombres hubiera contado la vida de John McMahon de Wisconsin. Por eso no entiendo.

Seguir viviendo de Ruth Klüger

Seguir viviendo En el prólogo, Jorge Semprún explica que para él Ruth Klüger no solo es una superviviente del holocausto que escogió, libremente, hablar sobre su experiencia, sino que además lo hizo con todas las características de la buena literatura. A mí no me parece que la buena literatura sea lo transcendental en este caso, pero antes de demostrarlo, necesito copiar un fragmento de la página 61 de sus memorias:

 Cuando cuento a la gente que mi madre estaba celosa de mi padre durante la estancia de éste en Francia, y que en el último año que vivieron juntos se peleaban ambos, que mi madre y su hermana, en presencia mía, se habían arrancado literalmente los pelos, hasta tal punto de que mi tía abuela tuvo que lanzarse suplicante a separarlas, y que yo puedo echar en cara a mi madre, sin inmutarme lo más mínimo y aportándole pruebas, las más diversas, pequeñas y mezquinas maldades y crueldades, la gente se asombra y dice que dadas las condiciones de vida que tuvisteis que soportar en la época de Hitler, los perseguidos tendrían que haberse sentido más unidos. Sobre todo los jóvenes tendrían que haber reaccionado así (dicen los de más edad). Eso es necio sentimentalismo y se basa en la idea absurda de que el sufrimiento acrisola. En su fuero interno cada uno sabe, por propia experiencia, cómo es la realidad: cuando hay que soportar más, la paciencia, siempre precaria, con el prójimo, se vuelve más endeble, y los lazos familiares se desgarran.

En otra de las páginas, Ruth Klüger vuelve a insistir en la necedad que es creer que todos los judíos que murieron en los campos eran buenas personas por el simple hecho de haber muerto allí. Tampoco le gusta que Auschwitz sea un museo. Es una mujer que gruñe constantemente. Protesta contra los lectores de relatos sentimentaloides. Se queja porque en la Segunda Guerra Mundial era una niña. Pese a haber estado en tres campos de concentración, llaman mucho más la atención los continuos bufidos a su madre. Su relato intercala constantemente aspectos de su vida personal con los que no está satisfecha. Sin embargo, algo que sí le gusta es decirle al lector cómo tiene que pensar y lo que tiene que pensar sobre los judíos, los campos, los relatos de judíos y de campos, la guerra, la posguerra y la madre que la parió.

¿Conclusión? Leer a Ruth Klüger es incómodo. No porque lo que cuenta moleste a la conciencia sino por la sensación constante de que la narradora está indignada, regañando, protestando y bufando. Si dentro de la buena literatura se encuentra la capacidad de molestar como lo hace esta mujer, entonces estoy de acuerdo con Semprún. Aunque más que arrastrada por la poesía de las palabras, yo me he sentido encogida por los golpes. Y ya que ella misma desprecia los sentimentalismos, por qué no decirlo: Ruth Klüger nació en el año 1931. Yo creo que sigue viva por la mala leche que tiene dentro.

 

Sin destino de Imre Kertész

Sin destino  Sin destino es la narración en primera persona de la vida de un adolescente de origen judío en un año durante la Segunda Guerra Mundial. Vive en Budapest con su padre y su mujer. A su madre la ve dos días a la semana. En los días anteriores a la deportación de su padre a un “campo de trabajo”, y en medio de los preparativos, György da su primer beso. Después, a él también le obligan a trabajar en una fábrica. Un día el policía que guarda las puertas no les deja entrar. Tras muchas horas esperando sin saber lo que esperar, los jóvenes montan en un tren con destino a Auschwitz. Allí huelen y descubren qué es ese humo que sale por las chimeneas. Después parten hacia Buchenwald y Zeitz. Tras unos meses, György enferma y apenas sin fuerzas, inicia el viaje de regreso: primero el hospital de Buchenwald y después, la libertad. En Budapest, mantiene dos conversaciones importantes: una con un periodista que le paga el billete de tranvía y otra con dos vecinos, con los que se indigna porque no logran comprenderle.

György observa mucho a lo largo de su narración. Al principio se muestra indiferente ante lo que ocurre a su alrededor. Siente la marcha de su padre pero no es consciente del peligro. De camino al campo de trabajo, sigue sin sentir nada salvo necesidades básicas, sobre todo la sed. En Zeitz todo cambia. Todo se degrada a medida que la situación de Alemania lo hace. La primera vez que se mira al espejo, en el hospital, no puede creerse que sea él. La incredulidad y la ignorancia que ha demostrado en toda su experiencia se convierten en intuición. Sabe que pronto terminará.

Pese a que el tono ignorante, incrédulo y resignado de Kertész es de lo más originales que he encontrado en una novela, yo tampoco soy capaz de entender lo que quiere transmitir György cuando habla con los dos vecinos sobre el tiempo que pasa y sobre las responsabilidades de lo ocurrido. Sin embargo, me consuela saber que sí comprendí lo que él llama la hora de la felicidad, al atardecer, el tiempo que transcurría desde el final de la jornada hasta el recuento y en el que todos hablaban y compartían la vida…

Incluso allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas algo que se parecía a la felicidad. Todos me preguntaban por las calamidades, por los “horrores”, cuando para mí ésa había sido la experiencia que más recordaba. Claro, de eso, de la felicidad en los campos de concentración debería hablarles la próxima vez que me pregunten. Si me preguntan. Y si todavía me acuerdo.

 

El pintor de Cracovia de Joseph Bau

El pintor de Cracovia  Como se dice en la contraportada, todo el mundo sabe quién es el pintor Joseph Bau porque su boda clandestina en el campo de concentración de Plaszow apareció en la película La lista de Schindler. De hecho, gracias a la intermediación de Rebecca, su esposa, el industrial Oskar Schindler metió a Joseph en su famosa lista y así consiguió salvarle la vida.

Sin embargo, todos estos acontecimientos no tienen un protagonismo especial en El pintor de Cracovia. Bau comienza su relato en el gueto de su ciudad natal narrando cómo su hermano y él se “ganaban la vida”. Con poemas y dibujos intercalados, esta primera parte termina con lo que se conoce como la liquidación del gueto, es decir, con la evacuación de los judíos a Auschwitz, a Plaszow… o con su asesinato a sangre fría por los oficiales de las SS.

La segunda parte es un recorrido turístico por el campo de concentración de Plaszow. Bau es el guía. En un tono distendido describe los edificios, para qué eran utilizados y lo que dentro y fuera de ellos ocurría. La visita termina así:

Esto es todo, damas y caballeros. Han recorrido ustedes todo el campo. Pero apenas hemos arañado la realidad, apenas hemos visto una gota en un mar de lágrimas. Describir el campo de Plaszow correctamente es una tarea equivalente a erigir un rascacielos con una sola mano, un edificio formado por el sufrimiento de miles de judíos.

¡Adiós! Están abandonando “mi Plaszow”, tal y como lo tengo grabado en mi mente y en mis recuerdos, y que una y otra vez revivo en mis constantes pesadillas

Ese arañazo es de gato. Profundo. Lo primero que hace un felino es clavar las uñas en la piel. Pero él no araña. Generalmente es el humano el que intenta zafarse, porque se asusta, porque quiere librarse del dolor. Y es entonces cuando se hace más daño. A un gato no le importa perder una uña en una pelea si logra dejar surco. Bau es como un gato en su descripción de Plaszow. Deja un surco sangrante porque es muy crudo. De los judíos que han escrito sobre sus experiencias en campos de concentración, me atrevería a decir que es de los más naturales.

Hay algo más que distingue a Bau de los demás y se puede percibir en los dos últimos relatos del libro. Han pasado casi treinta años desde Plaszow. Bau y su esposa viven en Israel y el hamsin, el viento cargado de arena del desierto, está provocando una ola de calor. Un tribunal austriaco les ha pedido que acudan a testificar a Viena contra un agente de las SS. Allí hace frío. A Bau le afecta el cambio de temperatura y cae enfermo. ¿Se puede tener un episodio de estrés postraumático tantos años después? Bau demuestra que sí y es precisamente su forma de contarlo lo que vuelve a diferenciarlo de otros supervivientes del holocausto.

 

Si esto es un hombre de Primo Levi

Si esto es un hombre  La primera vez que leí el relato de lo que le ocurrió a Primo Levi en Auschwitz no me di cuenta. Era el primer testimonio que leía de un superviviente de un campo de concentración y mi interés estribaba más en conocer los hechos que en percibir el tono en el que estaba escrito. La segunda vez ha sido distinto. El tono racional está por encima de todo lo demás, si es que algo así es posible cuando se trata de lo que los seres humanos somos capaces de hacernos unos a otros. Pero supongo que, en cierto modo, todo se asimila y pasa a formar parte de la costra. Esta vez el apéndice que Primo Levi añadió años después me ha resultado mucho más esclarecedor que el hambre, la crueldad, el frío y los zuecos de madera.

A la pregunta de por qué en Si esto es un hombre no hay odio, ni rencor ni deseos de venganza, Levi contesta que se considera un hombre racional y que le resulta difícil odiar a unos perseguidores que “no tenían rostro ni nombre”, que “estaban alejados, eran invisibles, inaccesibles”. Y añade un poco después:

Debo confesar que ante ciertos rostros no nuevos, ante ciertas viejas mentiras, ante ciertas figuras en busca de respetabilidad, ante ciertas indulgencias, ciertas complicidades, la tentación de odiar nace en mí, y hasta con alguna violencia: pero yo no soy fascista, creo en la razón y en la discusión como supremos instrumentos de progreso, y por ello antepongo la justicia al odio. Por esta misma razón, para escribir este libro he usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador: pensé que mi palabra resultaría tanto más creíble cuanto más objetiva y menos apasionada fuese; sólo así el testigo en un juicio cumple su función, que es la de preparar el terreno para el juez. Los jueces sois vosotros.

Las páginas de mi libro están amarillas ahora. La primera vez no lo estaban. Me pregunto cómo estarán en las siguientes. La primera vez me emocioné con el sonido de los cuerpos que caían de las literas y el de las cucharas rebañando las escudillas. Esta vez lo he hecho con la conclusión:

Y finalmente quizás haya desempeñado un papel también la voluntad, que conservé tenazmente, de reconocer siempre, aun en los días más negros, tanto en mis camaradas como en mí mismo, a hombres y no a cosas, sustrayéndome de esa manera a aquella total humillación y desmoralización que condujo a muchos al naufragio espiritual.