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Roma de R. A. Staccioli

  He pasado una semana sin tocar un libro. Claro que llevaba uno conmigo pero se quedó en un cajón. No quería confundir el movimiento desagradable con la danza de dragones.

He estado en Túnez con un guía maravilloso llamado “Charlie” que nos pidió que le contáramos al mundo que sigue siendo un país que se puede visitar aunque los partidos políticos hayan pasado a ser cientos y pese a que las (pocas) ruinas de Cartago estén rodeadas de mansiones millonarias habitadas por diplomáticos y gentes sin alma. “Charlie” nos invitó a dulces y nos regaló manos de Fátima. Y pese a que la pobreza y la suciedad de la capital remueven la conciencia, en ningún otro destino de mi viaje me he sentido tan bien tratada como en Túnez.

He estado en Malta y sé que volveré. He estado en Taormina, en Sicilia y solo recuerdo el cráter del Etna soltando humillo blanco. Ojalá hubiera estado un poco más sola.

He estado en Roma, donde compré este libro, interesante por las reconstrucciones. Lloré ante la Piedad de Miguel Ángel y ante la tumba de Rafael en el Panteón. La Basílica de San Pedro me cabreó tanto que me negué a hacer fotos. Vaya una rebeldía. He estado en Portofino, paraíso de ricos repleto de yates espectaculares que no me interesaban porque yo iba en un ferry que salpicaba y brincaba.

Sí, he viajado en barco. Uno gigantesco que se movía lo suficiente como para subirme el estómago a la boca. Y decían que no se notaba. Ja. Ahora mismo me sale la gente por las orejas. Personas por todas partes, comprando, haciendo fotos, que no saben caminar, ni comportarse, que gritan, se interponen y mueven el suelo. He sudado más que en toda mi vida. Ahora ya sé qué se siente cuando las gotas de sudor te corren por la espalda. Son como bichos. He echado de menos caminar a mi aire, poder hacer una foto sin que salga una mano, una cabeza, un pie o una margarita de un guía. Pero por ver el mar todo ha merecido la pena. Me despertaba a las cuatro de la mañana y abría las cortinas, a veces, la puerta del balcón. Escuchaba el “saaaa, saaaa” del mar y regresaba a la cama. A las seis y media volvía a despertarme para ver amanecer. Y allí me quedaba, rodeada de agua por todas partes, feliz.

 

 

 

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Un cadáver en los baños de Lindsey Davis

No suelo abandonar un libro. Pero cierto es que hay una relación proporcional entre mi edad y el número de libros abandonados. Cuando era más joven no sentía que leer un libro que no me gustara era perder el tiempo. Ahora que soy menos joven, sí. Quizá sea porque el espectro de libros que me esperan ha aumentado considerablemente.

Hace unos años leí La plata de Britania, la primera de veinte dedicada a las pesquisas del detective romano Didio Falco y ya entonces tuve problemas. Me despistaba. No era capaz de centrar la atención más de una página y con frecuencia tenía que releer párrafos enteros. “Será que estás cansada”, pensé.

Cuando me regalaron Un cadáver en los baños torcí el morro. Pero a caballo regalado no se le puede mirar el diente, así que le di una oportunidad de doscientas páginas. Me seguía despistando, tenía que volver a releer y el tema inmobiliario en Britania me importaba un carajo. Y que el traductor confundiera “ir” con “venir” fue la gota que colmó el vaso. Lo abandoné.

Sospecho que la traducción tiene algo que ver con mi despiste. O es posible que mi cerebro no sea capaz de procesar el lenguaje de esta autora. Demasiado pedante. La conclusión es que las “Lindsey/Lindsay” y yo no nos llevamos nada bien.