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La hija del sepulturero de Joyce Carol Oates

La hija del sepulturero  Creo que con esta novela termina mi romance con Joyce Carol Oates. Sus Memorias de una viuda provocaron que sintiera curiosidad por la mujer novelista y Ave del paraíso hizo que valorara su narrativa de la digresión como algo diferente. Sin embargo, no he encontrado nada sobresaliente en La hija del sepulturero. Quizá he elegido mal el orden de lectura, que ha sido aleatorio. Es muy posible que, al ser una autora tan prolífica, entre sus más de cuarenta novelas me pierda alguna más que merezca la pena. Pero no estoy por la labor de leerlas todas.

El mayor problema que tiene para mí esta novela es que no entiendo a la protagonista, a la famosa hija del sepulturero. La historia comienza en su infancia, en los años 40, cuando describe la vida de su familia, inmigrante alemana y judía, en un pueblo del estado de Nueva York. Poco antes de la adolescencia se queda sola, comienza a trabajar en un hotel, se casa con un maltratador y cuando ocurre lo inevitable, ella y su hijo le abandonan. La tercera parte es paja, trocitos de paja largos. El final es tosco e incomprensible. El epílogo, un diálogo epistolar. Rebecca, que así se llama, es una mujer angustiada que se esconde durante toda su vida. Muchas de sus pajas mentales, porque así hay que llamarlas, son acertijos indescifrables. Me he perdido en muchos de sus pensamientos y en la mayoría de sus reacciones. Leer así es frustrante.

Todo esto me lleva a la temida pregunta sin respuesta: ¿mi falta de comprensión es porque carezco de empatía para entender a un personaje complejo o por el contrario es la autora la incapaz a la hora de abrir el corazón de su personaje al lector para que empatice y se identifique? Como siempre, no obtendré respuesta. Lo único positivo es que al menos me he hecho alguna pregunta. Pero eso también es frustrante, así que adiós, Joyce Carol Oates.

 

Ave del paraíso de Joyce Carol Oates

  Después de leer sus memorias, sentía mucha curiosidad por saber cómo era Joyce Carol Oates como escritora de ficción. Más que sus temas, que podían abarcar muchos géneros, me interesaba saber si empleaba la misma cantidad de digresiones escribiera sobre lo que escribiera. La respuesta es sí. En las memorias quizá se contiene un poco porque está hablando de su intimidad pero en Ave del paraíso es la reina de las digresiones.

Que un escritor tenga un estilo y un tono propios ya es más de la mitad de lo que tienen los demás. En el lector está tomar la decisión de si esa forma se adapta a sus necesidades literarias o no, pero lo que es indiscutible es que preocuparse por algo más que la historia es otorgarle un poco más de profundidad y de cohesión. (Y en estos casos siempre me acuerdo de Poe, de sus cuentos y de su obsesión por la forma.)

¿Y cómo afectan las digresiones a la historia de Ave del paraíso? Multiplican por cien las obsesiones de los protagonistas porque llegan al límite de lo que puede considerarse repetitivo. La novela cuenta la historia de Krista, una adolescente obsesionada con su padre, y de Aaron, otro adolescente obsesionado esta vez con su madre. El nexo que los une es la madre de él, Zoe, que es a su vez amante del padre de Krista, y su asesinato sin resolver. El lugar en el que ocurre todo, Sparta, al norte del estado de Nueva York, y el contexto social, sexo, drogas, racismo, conflictos familiares y amor, componen el resto de la trama.

Acabo de leer una crítica del diario ABC en la que se dice que el hecho de que Oates sea tan prolífica no ayuda a muchas de sus novelas porque parece que han sido publicadas sin la revisión merecida. Es posible que esté en lo cierto porque a pesar del valor que otorgo a la utilización de digresiones, es comprobable que muchas rozan lo cansino y el final es como los míos en este blog, rápido, rápido, que me tengo que ir. Sea lo que sea, como su estilo me ha llamado mucho la atención y la curiosidad todavía no me ha matado, la próxima será La hija del sepulturero.

Memorias de una viuda de Joyce Carol Oates

 […] Y durante cuarenta y siete años y veinticinco días estuvimos juntos prácticamente cada día y cada noche hasta la mañana del 11 de febrero de 2008…

…cuando su marido, Ray Smith, falleció en un hospital de Princeton por complicaciones tras haber superado una neumonía grave. Tenía 78 años y todo el mundo lo recuerda como un hombre tranquilo. Así lo cuenta su mujer, la escritora norteamericana Joyce Carol Oates en estas memorias.

Aquel que no haya sufrido una pérdida similar no entenderá estas memorias. Al menos la mitad de ellas. La viudad delira, no duerme, está hasta arriba de psicotrópicos y se hace preguntas que nadie responde. Su insistencia deprime. Su amigo el basilisco, alias “suicidio”, no solo vive en su rabillo del ojo sino que deja su rastro en todas las páginas. Pero de vez en cuando hay destellos literarios. Y poco a poco Oates empieza a recordar su historia de amor. Es entonces cuando el lector se sienta cara a cara con la viuda y la escucha. Ray, Ray, Ray. Su novela inacabada, su jardín, que ella retoma, su trabajo como editor y su pasado religioso. Y no es pena lo que se siente, sino agradecimiento y comprensión. Admiración también por que una escritora con una imagen pública se atreva a desnudarse así.

Y cuando oye el sonido que las tapas producen al cerrarse, el lector piensa: “Vale, Joyce Smith. Has despertado mi curiosidad y quiero saber lo que tu alter ego escritor, Joyce Carol Oates tiene que ofrecer, así que leeré tus novelas”.