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Las flores de la guerra de Geling Yan

Las flores de la guerra  Utilizaré el nombre de Nanjing, en pinjin, porque es así como aparece en la novela, pero nosotros solemos referirnos a la ciudad como Nankín (igual que decimos Pekín y no Beijing). Así como Pekín significa “capital del norte”, Nanjing se traduce como “capital del sur”. Y efectivamente lo fue durante varios siglos. En el mes de diciembre de 1937 el ejército imperial japonés entró en Nanjing y arrasó con todo. Asesinó a sangre fría a millares de soldados chinos después de que se rindieran, cometió violaciones, incendió propiedades y asesinó a civiles indiscriminadamente. Al menos así lo aseguraron los testigos que presenciaron muchas de estas barbaridades. Dependiendo de quien cuente la historia, si Japón o China, las cifras y el tipo de víctimas varían mucho. De hecho, la matanza de Nanjing, además de ciertas islas en disputa últimamente, sigue siendo motivo de fricción entre los dos países.

Las flores de la guerra transcurre en la parroquia Santa María Magdalena de Nanjing, donde el padre Engelmann cuida y educa a trece estudiantes chinas. Cuando los japoneses invaden la ciudad, la parroquia empieza a llenarse de gente no deseada, soldados japoneses que buscan a soldados chinos y un grupo de prostitutas que acuden allí a buscar refugio. El padre Engelmann tiene la obligación moral de proteger a sus pupilas ante todo pero su misión atraviesa el momento más difícil cuando el ejército imperial japonés pretende ejercer su macabro derecho de pernada.

En un escenario tan poco objetivo como el de 1937 en Nanjing es difícil que la autora intentara los grises con los soldados japoneses. Son monstruos, el mal encarnado, inhumanos, desdibujados. Ese negro contrasta con el blanco de los protagonistas: el padre Engelmann, la egoísta Shujuan, la prostituta Zhao Yumo, Fabio, el teniente Dai… Pese a las historias que llevan a sus espaldas, las partes mejor escritas y más emocionantes de la novela, todos se convierten en víctimas sin mácula.

No quiero que se me entienda mal. Respeto el deseo de la autora de escribir la novela como le dé la gana. Y no cuestiono en ningún momento los hechos históricos. Es solo que me sorprende la falta de grises, tanto en unos como en otros, y más en una guerra. Me resulta difícil de creer. Pero por otro lado pienso que es solo una historia entre un millón y no la de la humanidad completa. A veces la conciencia es un incordio.

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El jardín del samurai de Gail Tsukiyama

Unos meses antes de la guerra chino-japonesa que empezó en 1937, un joven de origen chino se recupera de una tuberculosis en un pueblo costero de Japón. Allí conoce a Matsu, el jardinero que se encarga de mantener la casa en la que se hospeda. Y entre ellos surge una relación extraña: el joven, enfermo, inseguro e inocente se convierte en el aprendiz de un maestro adusto, sombrío y misterioso.

Gracias a esta novela aprendí que la imagen idílica que muchos nos hemos formado del Japón no es real. Que como todos los pueblos a lo largo de su historia tiene sus grises, y dentro de ellos, muchas tonalidades. También aprendí que la belleza es algo más que una cara simétrica y un cuerpo esbelto, y que por tanto, el amor permanece durante más tiempo cuando la piel se cae y los rostros se desfiguran.

Por último, aprendí que las novelas sin grandes pretensiones, aquellas que hacen zoom en la vida de un grupo de personas durante unos meses y luego se vuelven a alejar son de las que más mérito literario tienen. No necesitan remontarse a cuando el mundo era una gran bola de fuego. Y lo agradezco mucho.