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La flecha del tiempo de Martin Amis

La flecha del tiempoTengo el mismo dilema de siempre…
Lo único que entiendo de la teoría física de la flecha del tiempo es que éste siempre fluye en la misma dirección, de pasado a futuro, pasando por el presente. En la novela de Martin Amis lo hace al revés. El tiempo empieza en la muerte del protagonista de múltiples nombres y termina en su nacimiento. Es una vida contada al revés, con conversaciones que empiezan con un adiós, con excrementos que salen de la taza del váter y se introducen por el ano, con judíos muertos que abren los ojos, sufren torturas y después se marchan llorando, Amis dice que agradecidos. Es una historia rebobinada hacia atrás narrada por un desconocido que está metido en la mente del protagonista.

Dado que no todas las novelas están escritas de este modo, el que lee no tiene que ser muy listo para darse cuenta de que tiene un propósito. Cerca de la mitad, el de los nombres varios es “médico” en Auschwitz. Por tanto intuye que el propósito tiene algo que ver con el campo de concentración. Hasta aquí, más lo que no he podido contar (menos la famosa intención), también me resulta comprensible.

Lo que no entiendo es la transcendencia. La pretensión que no viene del autor sino de los críticos. El encumbramiento. Las interpretaciones de una obra que a mí me parece del montón. No logro ver el propósito. Dar la vuelta a la flecha del tiempo es algo original, sí, y tuvo que cuidar muchos los detalles para conseguir verosimilitud. Para mí ese es el mérito. Pero lo hubiera sido igual si en vez de narrar la historia del de los cuatro nombres hubiera contado la vida de John McMahon de Wisconsin. Por eso no entiendo.

Diario de Hélène Berr

Si esto ocurriera, si estas líneas son leídas, se verá claro que esperaba mi destino; no que lo haya aceptado de antemano, porque no sé hasta qué punto puede llegar mi resistencia física y moral bajo el peso de la realidad, sino que me lo esperaba.

Y quizá el que lea estas líneas tendrá también una conmoción en este momento preciso, como siempre he tenido yo leyendo en un autor muerto hace mucho tiempo una alusión a su muerte.

Así escribe Hélène Berr tras analizar el poema Esta mano viva de John Keats en su diario. Corre el año 1943 en la Francia ocupada por los nazis, lo que implica que la señorita Berr, de 20 años y de origen judío, debe llevar la insignia amarilla, no puede viajar en ciertos vagones de metro y tiene prohibido presentarse a una oposición. Es licenciada en Inglés por la Sorbona y tiene un título de enseñanza superior de lengua y literatura inglesas que no le sirve para nada. Su frustración es evidente:

Hoy he pensado en el metro: ¿mucha gente se dará cuenta de lo que habrá sido tener 20 años en este horrible tormento, la edad en que estás preparada para recibir la belleza de la vida, en que estás dispuesta a confiar en los humanos? ¿Se dará cuenta del mérito (lo digo sin vergüenza, porque soy perfectamente consciente de lo que soy), del mérito que habrá tenido conservar un juicio imparcial y una dulzura de corazón a través de esta pesadilla? Creo que nosotros estamos un poco más cerca de la virtud que muchos otros.

Al principio, en el 42, sus reflexiones son algo superficiales. Tiene novio pero está empezando a enamorarse de Jean Moriawecki, al que dedicará muchas páginas de su diario en una especie de diálogo en el tiempo. Su padre es detenido y enviado al campo de Drancy, y cuando lo liberan, Hélène enmudece un año. A su regreso algo ha cambiado. Ya no cree que si los otros comprendieran todo el asunto se solucionaría. Ahora tiene dudas. A medida que las deportaciones aumentan, ese odio que siempre ha querido evitar también lo hace. Poco a poco, sus reflexiones dan paso a simples testimonios de lo que ocurre, como si sintiera que su tiempo se acaba. Las últimas palabras que aparecen en el diario son las famosas: ¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!

A Hélène Berr la detienen junto a sus padres en marzo de 1944. A su padre lo envenena un médico en Monowitz en septiembre. Su madre muere en la cámara de gas un mes después. Ella es evacuada de Auschwitz a Bergen-Belsen y muere de tifus unos días antes de que los ingleses liberen el campo. Su resistencia física la ayudó, de la moral no sabemos nada. Tal y como vaticinó, sus palabras causan conmoción en quien las lee, pero no solo por el augurio de su muerte, sino por su acierto:

Tenía una necesidad absoluta de contarle a alguien El osito Winnie. Cuando he empezado he visto que no le interesaba a nadie. Y he continuado, aun a sabiendas de que forzaba la atención ajena, consciente de que les aburría. He vencido la repugnancia que me producía la sensación de ser aburrida. Pero no comprendía que los demás desprecien El osito Winnie. Es el problema eterno: compartir con alguien mi entusiasmo, para mí no existe alegría si no puedo comunicarla a otro. Ahora estoy privada de todos aquellos con los que podía hacerlo, ante todo Jean.

Querida Hélène, aunque tú no llegaste a saberlo nunca, no estuviste privada de compartir el entusiasmo. Lo hiciste unos cincuenta años después, por siempre y con millones de personas que comprenden. Aunque quizá demasiado tarde…

Cuentos completos de Primo Levi

Primo Levi estuvo en Auschwitz diez meses. Era químico y sus conocimientos le sirvieron para trabajar en Monowitz, una parte del gran campo principal, junto a otros diez mil trabajadores, esclavos y hombres libres. Estuvo allí hasta que llegaron los rusos.

Y después escribió. No solo Si esto es un hombre y La tregua, memorias de su esclavitud en el campo de concentración y de su huida, sino también cuentos. Muchos. Relatos con el nombre de los elementos de la tabla periódica narrados en primera persona. Cuentos de ciencia ficción, como aquel en el que los héroes de los libros viven en un universo paralelo. Recuerdos sobre algunos compañeros del lager. Reencuentros, no sé si reales o no, con algunos de sus carceleros.

Limpios. Científicos. Originales. Poco sentimentales. Algunos con regalos escondidos, como éste de Versamina, la mujer eterna que vive congelada en una especie de cámara criogénica pendiente de que sus guardianes la despierten cada cierto tiempo…

Pensaba en muchas cosas confusas al mismo tiempo y se prometía […] que el dolor no se puede arrancar, no se debe, porque es nuestro guardián. Muchas veces es un guardián imbécil porque es inflexible, se mantiene fiel a sus consignas con fidelidad maniática, y no se cansa nunca, cuando las otras sensaciones, en cambio, se cansan, se desgastan, sobre todo las placenteras. Pero no puede uno suprimirlo, hacerlo callar, porque forma un todo con la vida, es su custodio.

Dicen que Primo Levi se suicidó tirándose por el hueco de la escalera de su casa de Turín. Algunos lo dudan porque su optimismo narrativo era demasiado intenso. Su descripción del dolor es un claro ejemplo. Dicen también que se quitó la vida porque la negación de los crímenes de Auschwitz ya le estaba matando lentamente. Él decía que los que negaban Auschwitz eran los únicos capaces de repetirlo. Si realmente fue así, logró superar las mil seiscientas calorías diarias pero no pudo con la incomprensión humana. Triste.