Archivo de la etiqueta: John Steinbeck

De ratones y hombres de John Steinbeck

De ratones y hombresCalifornia, claro. Dos hombres hacen planes cerca de una laguna. George es el pequeño y el que discurre. Lennie, que se apellida Small, es grande, tonto, bruto y le cuesta seguir las indicaciones de su amigo. Antes de empezar a trabajar como peones hacen un trato: si Lennie vuelve a meterse en líos, se esconderá en la laguna y esperará a que George vaya a buscarle.

Todo parece bastante simple. George piensa. Lennie no. De existir habrían formado una pareja digna de admirar. La cita es una premonición. Al menos George sabe que volverán. Pero de momento se marchan. Llegan. George hace solitarios. Lennie busca. Conocen a Slim, a Candy, a Curley y a su mujer. George sabe que Lennie está en peligro porque comprende que los ratones y los conejos no han muerto por exceso de afecto. Antes de la tentación final, de la encarnación maldita de la mujer, hay una mano molida y un sueño. El de poseer la tierra que uno trabaja. Y entonces Lennie toca el pelo sedoso…

Ratones, conejos, cachorros, mujeres y hombres. Ratones piadosos. Conejos imaginarios. Cachorros y mujeres muertas. Hombres maravillosos…

 

Al este del Edén de John Steinbeck

Al este del Edén  Qué difícil es a veces hablar de un clásico. Lo es más aún cuando otra novela del autor, en este caso Las uvas de la ira, te entusiasmó tanto que pensaste que Steinbeck mantendría siempre el mismo nivel. Lo sigue siendo cuando, al leer otras opiniones, te das cuenta de que la crítica, ese ser poderoso, considera Al este del Edén como la obra más completa del premio Nobel. Por último, se convierte en algo ya no difícil sino imposible de explicar cuando todo te parece correcto, bien planteado y bien escrito pero nada más.

Al este del Edén sigue siendo Steinbeck, claro, y este párrafo es una muestra de ello:

 Es por eso que yo también me incluyo. Todos nosotros compartimos esa herencia, no importa de qué país proviniesen nuestros padres. Los americanos de todas las razas y colores tienen, más o menos, las mismas tendencias. Es una raza… seleccionada por accidente. Y por eso somos fanfarrones y pusilánimes, al mismo tiempo… somos bondadosos y crueles como los niños. Demostramos nuestra amistad de un modo exuberante, y al propio tiempo los extranjeros nos dan miedo. Nos jactamos de nuestras cosas, pero nos dejamos impresionar fácilmente. Somos hipersentimentales y realistas al propio tiempo. Somos mundanos y materialistas…, pero ¿conoces alguna otra nación que actúe sólo por ideales? Comemos demasiado. No tenemos gusto, nos falta el sentido de la proporción. Despilfarramos nuestra energía. En el Viejo Mundo dicen de nosotros que pasamos de la barbarie a la decadencia sin detenernos en una cultura intermedia. ¿No será ello debido a que nuestros críticos no poseen la llave o el lenguaje de nuestra cultura? Eso es lo que somos, Cal…, todos nosotros. Tú tampoco eres muy diferente.

El que dice estas palabras es Lee, el criado de Adam Trask, padre de Aarón y Caleb, los protagonistas de la última parte de la novela. Porque sí, la historia es larga y abarca un período de tiempo también largo, de varias generaciones. Quizá su longitud sea uno de los problemas. Otro podría ser el uso excesivo de la alegoría del bien y del mal: en los nombres, en los actos de los personajes, en los protagonistas en sí. Me gustaba más el realismo de Las uvas de la ira. Steinbeck se me parece mucho a Hawthorne en esta novela. Y es un autor que me gusta en La letra escarlata pero no en sus relatos adorados por la crítica.

Divago.

Y termino con La perla, otro relato diferente que es más un símil que una alegoría. ¿Y cuál es la diferencia? Que el simbolismo de una perla es más libre, no tan restrictivo como el de la alegoría. (Ni tan moral.)

Las uvas de la ira de John Steinbeck

Tom Joad sale de la cárcel después de cumplir condena por haber matado a un hombre en una pelea. Vuelve a su granja de Oklahoma. En el camino se encuentra a un camionero, a una tortuga y a un predicador. Se queda con los dos últimos. El polvo de la sequía y la mugre de la depresión lo cubren todo. Además, han aparecido unas máquinas que sustituyen a las manos de los hombres en el trabajo: los tractores. Cuando llega, sus padres y sus hermanos están a punto de marcharse. Quieren ir a California antes de que el hambre los devore. Tienen unos papeles en los que se pide jornaleros para recoger la fruta.

Lo primero que pierden por el camino es al perro, atropellado en una de las primeras paradas para repostar. Después, el hermano mayor decide que quiere la libertad y se aleja flotando en un río. Antes, el abuelo muere por desarraigo. Después, la abuela de pena. El marido de la hermana pequeña, embarazada, también abandona el grupo. Ninguna de las desapariciones son dramáticas, quizá porque la obsesión de todos es la supervivencia y no pueden parar a dolerse. Lo duro es que no están solos. Por la carretera 66 hay cientos de familias como los Joad. Los californianos, algunos atrapados por la codicia y otros por los bancos, pagan miserias de salario. Los okies, así los llaman despectivamente, amenazan su forma de vida, así que los desprecian, los maltratan y los acorralan. Sin tierra prometida, Tom también decide marcharse. Y tras una cosecha de algodón cuyo beneficio la familia se gasta en comida, las aguas torrenciales llegan a California. Entonces sí que están atrapados porque la chica se ha puesto de parto. No pueden marcharse. El niño nace muerto. El camión está ahogado. Caminan empapados hasta un granero. Allí un hombre se muere de hambre. Su hijo dice que necesita leche…

Qué gran novela. Qué bien montada. Qué hábil Steinbeck al intercalar panorámicas con la historia de la familia Joad. Qué gran metáfora el título, Las uvas de la ira. Y la de la lluvia que todo lo arrasa cuando ya no queda nada.Qué buenos los capítulos de la tortuga y de los bancos. Qué ejemplo deberían ser para la depresión por la que pasamos. Qué sabiduría.

Temed el momento en que dejen de caer bombas mientras vivan quienes las lanzan, pues cada bomba es una prueba de que el espíritu no ha muerto. Y temed el momento en que paren las huelgas mientras sigan vivos los grandes propietarios, pues cada huelga sofocada es una prueba de que se ha dado el paso. Y esto podéis saber con certeza: temed el momento en que el hombre no sufra y muera por una idea, pues esa sola cualidad constituye su esencia misma, esa sola cualidad es el hombre y lo que lo diferencia del resto del universo.