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Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides

 Mi segundo colegio ocupaba la base de dos edificios de viviendas de siete plantas. Si un vecino del primero se asomaba a la ventana a las once de la mañana, además del blanco del cemento y unos cuantos bancos de arena, veía a centenares de chiquillos corriendo, jugando y llorando. Solo estuve allí hasta los cinco años, pero estaba tan cerca de mi casa que mi madre me traía chicles al recreo cuando regresaba de comprar el pan. Chicles de fresa envueltos en pegatinas.

Un domingo por la tarde uno de esos vecinos del primero anudó varias sábanas, ató uno de los extremos a un radiador, el otro a su cuello y se tiró por la ventana. Pese a lo cutre del método, le funcionó. Y nosotros, que jugábamos cerca, nos quedamos fascinados durante horas mirando a aquella figura que se balanceaba de un lado a otro de la ventana. Alguien lo tapó con una manta. Anochecía cuando llegó el juez. Fue la primera vez que vi a un hombre muerto.

Mientras leía Las vírgenes suicidas recordé mi experiencia con el ahorcado. El relato del suicidio de las hermanas Lisbon es el de un espectador, como lo fui yo. Pero con una gran diferencia: yo no conocía a ese hombre y no debía de tener más de diez años, así que mi experiencia se quedó corta. Los espectadores de los suicidios de las chicas son más concienzudos. Son sus vecinas, las quieren conocer, pretenden salvarlas una y otra vez. Acumulan pruebas como si fueran a enfrentarse a un juicio. Entrevistan a vecinos, conocidos, padres, amigos y novios. Toda la novela es una elucubración del porqué de sus suicidios, el alegato inicial antes de que se presenten las pruebas.

¿Y qué hubiera sentenciado un juez? Algunos dirían que no todos los suicidios tienen una explicación. Aunque entiendo que Eugenides optara por el final abierto para continuar con el tono de la novela, a mi mente cuadrada le hubiese gustado alguna explicación un poco más específica. Y es curioso, jamás me preocupé de saber por qué uno de mis vecinos se ahorcó y, sin embargo, me encantaría saber por qué Cecilia Lisbon se suicidó dos veces. Cosas de la literatura.

Middlesex de Jeffrey Eugenides

Llegué a esta novela a través de una recomendación. La compré y la abandoné a las cincuenta páginas. La historia de dos hermanos en Esmirna antes del ataque de los turcos era algo que exigía demasiada atención. Sin embargo, la coloqué en pendientes y no en abandonadas. Quizá intuí que había algo más.

Pasado un tiempo la retomé. La recomendación fue muy clara: “la novela es muy buena”. No “está bien”, es “entretenida” o “su narrativa es asombrosa” (¿alguien dice esto último?), sino “es muy buena”. Y lo es. La mejor novela contemporánea que he leído en los últimos años.

Resulta que el protagonista, Cal/Calliope Stephanides, es nieto de aquellos hermanos de Esmirna. Es hermafrodita. ¿Por qué? Bueno, él explica que la idea de que sus abuelos se casaran siendo hermanos tuvo algo que ver. En realidad, Cal lo cuenta todo. Todos los detalles de sus genes, pasando por el ataque de los turcos, la luna de miel de sus abuelos en el bote salvavidas del barco que los llevaba a Estados Unidos, la depresión del 29, la psiquiatría de mediados del siglo XX, los disturbios de Detroit y los coches, muchos coches. No podía ser de otra forma en Detroit.

El único problema de un nudo tan complejo es que la introducción y el final quedan un poco deslucidos. Sin embargo, desde el día que cerré sus tapas, siempre que oigo hablar de la Ford recuerdo a aquellos trabajadores que levantaron un imperio, y cuando alguien habla de los disturbios de Detroit, pienso en aquella niña pedaleando como una loca por las calles repletas de guardias nacionales buscando a su padre. Muy pocas novelas consiguen hacer que recuerdes hechos que ni has presenciado ni han ocurrido.