Archivo de la categoría: Relatos

Panegírico a la mujer sola

He muerto hoy. En el agua. Dicen que ahogada. Tienen todos los detalles: yo quería nadar hasta esa boya amarilla y en el camino algo me ha pasado. Dicen que un golpe contra la nada marina. Que un calambre. Que un paro cardiaco. Un niño ni de tres palmos dice que el mar no es lo que parece.

Me han encontrado flotando, boca abajo. Otra señora, como yo, que navegaba en una embarcación indefinida. Han intentado reanimarme durante mucho tiempo pero he muerto igual. A saber desde cuándo debía de llevar en el agua. Me han tendido sobre la arena, boca arriba esta vez, y me han tapado con una sábana blanca. Bien recogidita.

Durante un rato me han acompañado los siguientes: un helicóptero policial que volaba muy bajo para deleite de los chavales vivos, un vehículo acuático policial, cinco o seis policías locales debidamente uniformados y tres o cuatro socorristas.

Tras otro rato, me han colocado encima una sombrilla roja a modo de carpa circense. En pleno mes de julio un cadáver se descompone rápido. Así me llamo ahora: Cadáver. Unos cívicos les han indicado a los socorristas dónde estaba mi silla playera de rayas azules. Se la han llevado sin tomar huellas. No ha habido contemplaciones ni crimen, solo mi muerte.

Sigo aquí. Bajo mi sábana y mi carpa. La brisa me aletea. Al parecer de los bañistas de la sabiduría, no solo estoy sola en la muerte sino que también lo estaba en vida. Solas mi silla azul y yo. Al parecer.

Sigo aquí, como la vida. Una niña con bañador rosa pisotea mi arena. La sabiduría se baña con la curiosidad y los murmullos. Se giran y cuchichean para que no les oiga una muerta. Una caminante se persigna al pasar por mi lado. ¡Señora! ¿Dónde estaba su dios cuando yo estaba en el agua? ¿Y usted? ¿Y todos los demás?

Sigo aquí, aleteando. Unos aprendices están cazando un pez. Huele a muerto y no soy yo. Todavía. Los sabios sentados en corrillo aprueban la caza. Ninguno sugiere que cesen de torturar al pez. Creo que no han tenido suficiente con una muerte por hoy.

Sigo aquí, espero al juez. No al divino sino al que me va a levantar. Mi muerte no solo ha dado paso a otra vida dentro de mí sino que me han crecido unos enanos fabulosos alrededor. Coloridos y clementes. Sabios.

Sigo aquí y aquí seguiré siempre. Aleteando con la muerte.

(https://www.diarioinformacion.com/marina-alta/2019/07/15/banista-ahogada-denia/2169193.html)

Cuentos rebeldes de Francis Scott Fitzgerald

I.

Y, entonces, cuando había empezado a pensar que, después de todo, la vida apenas merecía la pena, encontré algo -sus ojos se dirigieron exultantes al cielo-. ¡Encontré algo! -Carlyle aguardó y las palabras llegaron como un torrente-. La valentía: simplemente eso. El coraje como norma de vida y algo a lo que ajustarse siempre. Empecé a levantar esa enorme fe en mí misma. Empecé a ver que lo que inconscientemente me había atraído de todos mis ídolos del pasado había sido alguna manifestación de valentía.

(…) La valentía significa para mí sumergirme en esa neblina descolorida y gris que se cierne sobre la vida no solo haciendo caso omiso de la gente y las circunstancias, sino ignorando el desconsuelo de vivir: una especie de insistencia en el valor de la vida y el valor de las cosas transitorias.

(…) Mi valentía es fe: fe en mi infinita capacidad de recuperación, fe en que la alegría volverá, y también la esperanza y la espontaneidad. Y siento que hasta que sea así tengo que mantener la boca cerrada, la frente bien alta y los ojos abiertos, sin necesidad de tontas sonrisas. He descendido a menudo al infierno sin lloriquear… y el infierno de las mujeres es más terrible que el de los hombres.

El pirata de la costa (1920)

II.

Con el despertar de sus emociones, su primera sensación fue un sentimiento de futilidad, un dolor sordo ante la profunda grisura de su vida. Un muro se había alzado súbitamente a su alrededor, encerrándole dentro, un muro tan firme y tangible como la pared blanca de su cuarto desnudo. Y con la percepción de ese muro, todo lo que había constituido la fantasía de su existencia (la informalidad, la alegre despreocupación, la milagrosa prodigalidad de la vida) se desvaneció.

El Gominola (1922)

III.

El presente era lo que contaba: trabajo que hacer y alguien a quien amar. Pero sin amar demasiado, porque sabía el daño que puede hacerle un padre a una hija o a una madre si tiende lazos emocionales demasiado estrechos: más adelante, al enfrentarse al mundo, la criatura buscará en la pareja con la que se case la misma ternura ciega y, como con toda probabilidad fracasará en el intento, se volverá contra el amor y la vida.

Retorno a Babilonia (1931)

Mi vida querida de Alice Munro

Mi vida queridaHe estado a punto de pasar de escribir sobre Mi vida querida. Primero, porque no tengo nada interesante que decir salvo lo que probablemente todo el que lea un poco ya sabe: que Alice Munro ganó el último Nobel de Literatura, que suele escribir relatos y que Mi vida querida es un conjunto de ellos.

Segundo, porque carezco de argumentos literarios para explicar por qué un premio así me parece excesivo. Es lo de siempre, el Nobel crea una expectativa en mí que no se ha satisfecho una vez leídos los relatos y la única explicación que tengo es la de “soy incapaz de sacar a Munro de un montón de escritores para darle un premio así”.  No digo que sea mala escritora. No digo que lo que cuente no emocione al lector “mostrando hasta qué punto esa vida cotidiana que tanto nos cansa puede llegar a ser extraordinaria”. No digo que Munro no sea fuera de lo normal en sus textos extraordinarios. Solo digo que a mí no me llega. Porque quizá no sea el momento. Porque no soy lectora de relatos. Porque quizá me falte madurar. Porque quizá no sea para tanto… Quién sabe.

Tercero y último, porque empiezo a cansarme de la misma disyuntiva de siempre. Si no soy capaz de encontrar las respuestas a mis preguntas, a veces me gustaría que, al menos, no aumentaran las dudas. No las de este tipo. Me siento un poco estafada cuando me aburro leyendo a un Nobel. Por muy estúpido que suene es así.

La metamorfosis de Franz Kafka

La metamorfosisLa idea que yo tenía de un relato como La metamorfosis no tiene nada que ver con lo que Kafka escribió. Mi imaginación y la suya solo coinciden hasta el siguiente punto: Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. Lo que yo creía condiciona esto que escribo, sobre todo su longitud, pero en sí no tiene importancia. Imaginaba un escarabajo negro y un proceso de transformación. Sin embargo, es un relato triste sobre el patetismo del ser humano.  Si hubiera sido un poco más largo no lo habría terminado. Hay relatos que no puedo leer y La metamorfosis debería haber sido uno de ellos. La curiosidad nos mató a todos.

En el Japón espectral de Lafcadio Hearn

En el Japón espectral  Como ya adelanté cuando escribí sobre Última isla, Lafcadio Hearn pasó los últimos años de su vida en Japón. Allí se casó, tuvo cuatro hijos, se convirtió en Koizumi Yakumo y se dedicó a escribir sobre lo mucho que le estimulaba el archipiélago japonés.

En el Japón espectral es una recopilación de historias, anécdotas y fragmentos relacionados con los muchos significados que tiene la palabra fantasma: la imagen de una persona muerta que se aparece a los vivos, la impresión en la mente de una fantasía o la visión quimérica. Así, Hearn empieza relatando la historia del hombre que seguía a Buda por una montaña de calaveras. Después pasa a la leyenda del furisode, un manto de mangas largas con poderes sobrenaturales, escribe un tratado sobre los juegos del incienso, otro sobre los gusanos de seda, cuenta un chascarrillo sobre la adivinación y el budismo y vuelve al escalofrío con el cuento sobre una linterna de peonías. A partir de ahí se vuelve más espiritual. Le llaman mucho la atención los dibujos de los pies de los Budas, le intriga el significado del aullido del perro japonés vagabundo y durante más de veinte páginas habla de poesía y de proverbios budistas japoneses. Casi al final, vuelve a las historias del mal karma e incluso habla sobre los tengu, los demonios japoneses creadores de las artes marciales. En el último capítulo se quita el manto y se sumerge en el mar nocturno de Yaizu.

La obra empieza con un poema que me sirve para terminar…

Yoru bakari
Miru mono nari to
Omou na yo!
Hiru sae yume no
Ukiyo nari keri.

(No creas que los sueños se aparecen al soñador solo de noche: el sueño de este mundo de dolor se nos aparece incluso de día.)

Historias de la palma de la mano de Yasunari Kawabata

Historias de la palma de la mano  Primero las palabras adecuadas de la contraportada…

 “Muchos escritores, en su juventud, escriben poesía: yo, en lugar de poesía, escribí los relatos que caben en la palma de una mano. Entre ellos hay piezas irracionalmente construidas, pero hay otras que fluyeron naturalmente de mi pluma, con espontaneidad… El espíritu poético de mi juventud vive en ellos.”

El Premio Nobel de Literatura, Yasunari Kawabata, escribió, entre 1921 y 1972, ciento cuarenta y seis brevísimos relatos a los que denominó “relatos que caben en la palma de una mano”, y con esa descripción creaba un género personal.

La presente edición es una selección de setenta de estos relatos, a través de los cuales el autor vuelve a sumergirnos en una atmósfera en la que conviven la soledad, el amor y la muerte. Historias de la palma de la mano contiene toda la esencia de la obra de uno de los más grandes talentos literarios del siglo XX.

El último párrafo está lleno de frases vacías, pero a los dos primeros no tengo nada que añadir. Si insistiera de nuevo en la definición de relato, algo que no voy a hacer, concluiría que los setenta de Kawabata no lo son del todo. Algunos sí, pero muchos están incompletos. Son ejercicios literarios de escritura automática. Son inspiraciones no desarrolladas. Son ideas surrealistas. Y son bosquejos del genio.

(El gato no quería que a la mujer se le viera el escote…)

Sumchi de Amos Oz

Sumchi  Seré igual de breve que este relato, de apenas noventa páginas. Todas las sinopsis que he leído se centran en la odisea por Jerusalén de un niño de once años llamado Sumchi después de que su tío estraperlista le regale una curiosa bicicleta. Les llama la atención la cantidad de cosas que le pueden ocurrir a un niño en veinticuatro horas. Al propio Sumchi también.

A mí, en esta ocasión, no. Lo que hace que este relato sea un poco diferente de otros miles es el acertado retrato social de la ciudad, el amor confuso que Sumchi siente hacia Esthie y el origen de la palabra Sumchi: nombre en la literatura talmúdica del lago Hula, situado al noreste de Israel. Los egipcios lo llamaron Samchuna, Flavio Josefo, Semechonitis y en arameo se decía Hulata. Actualmente en árabe se llama Buheirat el Huleh y Agam Hula en hebreo. Y como siempre, me pierdo en los nombres…