Archivo de la categoría: Novela negra

Tokio, año cero de David Peace

Tokio Año CeroMi duda siempre ha sido la misma: ¿por qué nunca he percibido rencor por parte de los japoneses hacia el ejército invasor tras la Segunda Guerra Mundial? ¿Porque realmente no hubo, porque siempre me salto veinte años de historia y abro los ojos en un Japón ya reconstruido o porque a nadie le interesa hablar de este tema en profundidad?

Hace unos meses, para intentar comprender, me apunté a un curso impartido por la Universidad de Tokio llamado “Visualizing Postwar Tokyo”. En él, el profesor Yoshimi Shunya asegura que el motivo de esa ausencia fue el traspaso de culto: sustituyeron al emperador por el General McArthur y siguieron con sus vidas.

¿Pero qué vidas tenían? ¿Cómo vivieron los japoneses en Tokio justo después de la guerra? ¿Pasaron hambre? ¿Qué hacían para conseguir comida? ¿Acudían al mercado negro? ¿Las mujeres se prostituían? ¿Tenían empleos? ¿Cómo funcionaban las instituciones? ¿Y la policía? ¿Era corrupta? ¿Cómo trabajaba el ejército estadounidense para controlarlas? ¿Qué pasó en Tokio justo antes de que llegaran las reformas?

David Peace responde con dos onomatopeyas: “ton-ton”, el incesante sonido de los martillos que construyen y reconstruyen edificios y “gari-gari”, el infinito picor producido por los piojos que poblaban todas las cabezas japonesas. El Tokio del año cero de David Peace es miserable, corrupto, podrido, triste, deprimente, asfixiante y desesperanzador. Pero interesante, revelador y real también. El hilo conductor de la novela negra son los asesinatos cometidos por Yoshio Kodaira y la investigación del detective Minami. El asesino es real, el policía, ficción.

Si bien su retrato sensato de la capital japonesa un año después del fin de la guerra me ha resultado más útil que cualquier otro relato histórico de no ficción, la forma en la que está escrita la novela desquicia. Despista también. Requiere una atención fuera de lo habitual y, por qué no decirlo, la destroza. En la portada comparan a Peace con Ellroy. Para mí no existe la similitud. Ellroy sabe dónde está el límite porque sabe escribir. De Peace, pese a que entiendo sus motivos, no puedo decir lo mismo.

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El oscuro invierno de David Mark

PortadaOscuroInvierno.inddEl dueño de la librería Negra y Criminal decía el otro día en una entrevista que gracias a la novela policíaca él había sido capaz de viajar por todo el mundo sin necesidad de moverse y añadía que su visión cultural se había enriquecido considerablemente gracias a las obras de este género.

El oscuro invierno es el ejemplo perfecto para ilustrar sus palabras. La novela se desarrolla en Hull (nombre completo Kingston upon Hull), una ciudad del condado de Yorkshire este situada en la costa norte de Inglaterra que, junto al policía Aector McAvoy, escocés, enorme y pusilánime, forma la pareja protagonista.

El anzuelo que nos lanzan los de la editorial tiene que ver con la historia: tres muertes aparentemente sin relación, la de una niña del coro en una iglesia de Hull, la de un anciano que se salvó de otra muerte segura y la de un drogadicto en el incendio de una casa. Cuando se desvela todo, al final, pero un poco antes de lo habitual por motivos que se me escapan, uno se pregunta si es mérito del lector o concesión de David Mark. Sospecho que lo segundo.

Yo mordí el anzuelo, claro, pero hay otros dos aspectos que han hecho que quiera seguir leyendo más casos de Aector McAvoy. El primero es el policía. Es diferente. Creo que muchos aguantaremos decenas de libros con casos que no nos llamen demasiado la atención simplemente para presenciar la evolución de McAvoy. El segundo son las voces. Qué importante es en este tipo de literatura que cada voz sea diferente y qué bien lo ha hecho Mark David. No hay dos personajes en toda la novela que se expresen de la misma forma. Cada uno tiene sus coletillas, sus variaciones, su personalidad.

Acabo de ver en Siruela que ya hay otro segundo caso, así que volveré a hablar de McAvoy muy pronto.

El canto del cuco de Robert Galbraith

El canto del cucoCuando hace dos años hablé de Una vacante imprevista, la anterior novela de J. K. Rowling antes de que decidiera (sabiamente) emplear un seudónimo, proclamé que no me iba a interesar nada de lo que escribiera en un futuro. Y, sin embargo, no he podido resistirme a El canto del cuco. Los motivos son los de siempre: la curiosidad y una pizca de lealtad. ¿Cómo será lo que ha escrito bajo seudónimo? ¿Cómo se enfrentará a la novela negra? ¿Las buenas críticas tendrán su base?

Empiezo por la respuesta a la segunda pregunta. El argumento, la historia, el caso no es ni mejor ni peor que otros. Simplemente es. Desde mi punto de vista, solo sirve como excusa para acompañar al desarrollo de Cormoran Strike, el detective de la triste, enorme y peluda figura. Lo importante no es quién mató a la modelo sino quién lo investiga. Su ayudante a tiempo parcial, Robin, también es trascendente, pero solo por su relación con él (de momento). El canto del cuco ha sido para mí como volver a jugar Gabriel Knight por primera vez. Gabriel es Cormoran, Robin es Grace. Hay diferencias, por supuesto, pero las bases son tan similares que la comparación es inevitable. Rowling nunca ha sido muy original y a mí nunca me ha importado.

Y hay un par de cosas más que me gustaría decir. Me gustan las citas de los clásicos (Lucio Accio, Boecio, Virgilio, Tennyson) y Rowling siempre será una narradora excelente. De las seiscientas páginas que tiene la novela, más de la mitad podrían ser paja pero no me di cuenta por su gran capacidad de describirlo todo sin sumirme en un sueño profundo. Leeré el siguiente.

Clavos en el corazón de Danielle Thiéry

Clavos en el corazónSeguro que alguien ha hecho el chiste alguna vez de “si no llega a novela negra, tendría que denominarse marrón *sube y baja cejas al unísono*”.

Luego, tras ver los carteles de promoción de la portada y después de haber leído la novela, siento pereza. Premios, muchos ejemplares vendidos en Francia, una escritora con conocimientos internos del mundo policial y la vida se me escapa por los orificios abiertos.

Pero he de ser yo. La patada en el culo que me dio Ellroy en su día me dolerá siempre porque fue en la rabadilla. Desde entonces toda novela negra que no encierre complejidad y pasión no me interesa. Tampoco el lenguaje plano. Necesito ardor. Aliteraciones (Ed Exley, Jack Vincennes, Bud White). Frases cortas como puñaladas. Imágenes. Necesito unidad en el texto. Me da igual si de forma consciente o inconsciente. Quiero honestidad, no que me lean un informe policial. Quiero que cada nombre esté machacado y unido a un personaje que casi pueda tocar. Necesito creer y entender después de que el autor crea y entienda. Feedback creo que lo llaman.

Como Clavos en el corazón no me da nada de lo que quiero, la culpa es mía. Eso sí, el corazón en el que están incrustados los clavos del título no sangra ni lo hará nunca.

Violetas de marzo de Philip Kerr

Violetas de marzo  Uno de los motivos por los que respeto tanto a James Ellroy es por su negativa (probablemente inconsciente) a tratar a las mujeres de sus novelas como recipientes de culos, tetas y agujero donde meter. No digo que sus mujeres no sean exuberantes, ni que no las describa así, solo afirmo que eso no es lo único. Son entes más complejos y mi parte femenina siempre se lo agradece.

Por otro lado, reconozco que mi adoración por Ellroy a veces me ciega y me quita las ganas de leer otro tipo de novela negra. Por ese motivo lo intenté con Philip Kerr. Un detective en la Alemania nazi. Un asesinato de un matrimonio al que roban unos diamantes. No tenía mala pinta. Incluso soñé con seguir leyendo las aventuras de Bernie Gunther si su primer caso me gustaba. Pero no fue así.

La razón no está solo en el tema de la mujer objeto. Hay algo aún peor, que no solo dificulta la lectura, sino que llega a sacar de quicio: el uso excesivo de símiles muy largos. En un párrafo te puedes encontrar con dos o tres, aunque a medida que la necesidad de describir a nuevos personajes disminuye, también lo hacen las comparaciones. En cualquier caso, rompe la unidad del texto porque da la sensación de que la novela ha sido escrita por más de una persona, distraen, son señal de pobreza literaria y aunque lo pretendan, no hacen gracia.

Tres ejemplos (que solo suponen el uno por ciento del total de símiles):

Me la dio y yo me quedé mirándola fijamente con un aire estúpido, como si fuera un boleto de una tómbola.

[…] Aunque sus rasgos quedaban ocultos en la oscuridad, y cuando habló, su voz era fría y poco hospitalaria, como alguien con estreñimiento.

[…] Sacó un pequeño pañuelo de encaje que parecía tan fuera de lugar en sus grandes manos de campesina como un antimacasar en las de Max Schmelling, el boxeador, y bastante inadecuado para la tarea que le esperaba.

 

Los anagramas de Varsovia de Richard Zimler

 Ibbur en hebreo significa fantasma y uno de ellos es el protagonista de esta novela. Erik Cohen, psiquiatra judío, regresa al gueto de Varsovia en forma de espíritu con un objetivo: encontrar a alguien que pueda verle para contarle cómo él y su amigo Izzy, relojero, lograron resolver los asesinatos de tres niños ocurridos en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial.

Es novela negra porque dos ancianos, uno de ellos fan de James Cagney, investigan unos asesinatos, pero podría considerarse más un relato cotidiano del gueto de Varsovia. Bastante gris, eso sí, entendiendo el color como la ausencia de buenos y malos, pero más fluido que la típica trama negra de los altibajos y los momentos de tensión. En definitiva, que el deseo de saber quién asesinó a los niños es grande pero no provoca impaciencia porque todo lo que lo adorna es más interesante. Sobre todo para los curiosos.

Así, recomendaría esta novela a cualquiera que me pidiera opinión, pero no la calificaría como una de las mejores novelas que he leído. Simplemente está bien. Y ese calificativo tiene dos consecuencias: que en unos años solo recordaré a Izzy y a sus imitaciones de James Cagney y que la “reseña” de esta novela es lo más soso que hay en este blog a 4 de Agosto de 2012. “De donde no hay no se puede sacar”, dice el refrán.

La devoción del sospechoso X de Keigo Higashino

Es la primera novela de Keigo Higashino que se traduce al castellano, pero en Japón es un autor tan popular que la mayoría de su obra ha sido adaptada al cine y a la televisión. Sin ir más lejos, hace unos años se estrenó la película de La devoción del sospechoso X (con los mismos protagonistas de la serie de televisión, que en su día contó con diez capítulos y bastante audiencia).

Todos los capítulos tenían la misma estructura: el profesor Galileo, Manabu Yukawa (Fukuyama Masaharu), a través de una agente de policía desconcertada, Utsumi Kaoru (Shibasaki Kou), hacía frente a un misterio inexplicable y en ocasiones sobrenatural. Tras una investigación basada en el carácter racional de él y en la intuición de ella, la solución llegaba en forma de explicación científica clara y concisa por mucho fantasma que hubiera por ahí rondando.

Desconozco si los libros también son así. Lo que sí sé es que la película es fiel a la novela salvo en un detalle: no hay chica policía, solo hombres. El resto es calcado, lo que para mí ha sido un inconveniente porque me ha impedido disfrutar del escrito. Leer La devoción del sospechoso X ha sido como volver a ver la película fotograma a fotograma. Pero ya sabía como terminaba. Es más, el final dramático de la película y la ruptura del muro racional de Galileo están mucho mejor expresados en la película que en el libro.

Aun así, espero que Ediciones B tenga motivos para seguir traduciendo sus otras novelas. Como defensora de la narración literaria, casi me duele admitir que, en este caso, la película es mucho más estimulante que el libro.