Archivo de la etiqueta: James Ellroy

Clavos en el corazón de Danielle Thiéry

Clavos en el corazónSeguro que alguien ha hecho el chiste alguna vez de “si no llega a novela negra, tendría que denominarse marrón *sube y baja cejas al unísono*”.

Luego, tras ver los carteles de promoción de la portada y después de haber leído la novela, siento pereza. Premios, muchos ejemplares vendidos en Francia, una escritora con conocimientos internos del mundo policial y la vida se me escapa por los orificios abiertos.

Pero he de ser yo. La patada en el culo que me dio Ellroy en su día me dolerá siempre porque fue en la rabadilla. Desde entonces toda novela negra que no encierre complejidad y pasión no me interesa. Tampoco el lenguaje plano. Necesito ardor. Aliteraciones (Ed Exley, Jack Vincennes, Bud White). Frases cortas como puñaladas. Imágenes. Necesito unidad en el texto. Me da igual si de forma consciente o inconsciente. Quiero honestidad, no que me lean un informe policial. Quiero que cada nombre esté machacado y unido a un personaje que casi pueda tocar. Necesito creer y entender después de que el autor crea y entienda. Feedback creo que lo llaman.

Como Clavos en el corazón no me da nada de lo que quiero, la culpa es mía. Eso sí, el corazón en el que están incrustados los clavos del título no sangra ni lo hará nunca.

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Hollywood Station de Joseph Wambaugh

Hollywood StationJames Ellroy es mi referente. Joseph Wambaugh es el de Ellroy. Si después de Hollywood Station, Wambaugh también se hubiera convertido en el mío, se habría alcanzado el silogismo perfecto… Sin embargo, la perfección no existe.

Y eso que la novela es impecable. Tanto como lo puede ser un informe presentado al final de un turno por el mejor policía de Los Ángeles. O si libra, por dos surferos, o por un policía obsesionado con las películas de Hollywood, o por una mujer con los pechos rebosantes de leche. Anécdotas, críticas a la presión sufrida por el departamento después de escándalos de corrupción y unos malos metanfetamínicos y otros mafiosos cierran el círculo.

Pero no quiero repetir. No si es Wambaugh de ficción. Uno de los motivos por los que me gusta tanto Ellroy es porque todo lo que escribe no solo se lee, sino que se siente, se huele y hasta se oye. Su sangre hierve y la mía también. La de Wambaugh no. Por eso no somos compatibles.

Violetas de marzo de Philip Kerr

Violetas de marzo  Uno de los motivos por los que respeto tanto a James Ellroy es por su negativa (probablemente inconsciente) a tratar a las mujeres de sus novelas como recipientes de culos, tetas y agujero donde meter. No digo que sus mujeres no sean exuberantes, ni que no las describa así, solo afirmo que eso no es lo único. Son entes más complejos y mi parte femenina siempre se lo agradece.

Por otro lado, reconozco que mi adoración por Ellroy a veces me ciega y me quita las ganas de leer otro tipo de novela negra. Por ese motivo lo intenté con Philip Kerr. Un detective en la Alemania nazi. Un asesinato de un matrimonio al que roban unos diamantes. No tenía mala pinta. Incluso soñé con seguir leyendo las aventuras de Bernie Gunther si su primer caso me gustaba. Pero no fue así.

La razón no está solo en el tema de la mujer objeto. Hay algo aún peor, que no solo dificulta la lectura, sino que llega a sacar de quicio: el uso excesivo de símiles muy largos. En un párrafo te puedes encontrar con dos o tres, aunque a medida que la necesidad de describir a nuevos personajes disminuye, también lo hacen las comparaciones. En cualquier caso, rompe la unidad del texto porque da la sensación de que la novela ha sido escrita por más de una persona, distraen, son señal de pobreza literaria y aunque lo pretendan, no hacen gracia.

Tres ejemplos (que solo suponen el uno por ciento del total de símiles):

Me la dio y yo me quedé mirándola fijamente con un aire estúpido, como si fuera un boleto de una tómbola.

[…] Aunque sus rasgos quedaban ocultos en la oscuridad, y cuando habló, su voz era fría y poco hospitalaria, como alguien con estreñimiento.

[…] Sacó un pequeño pañuelo de encaje que parecía tan fuera de lugar en sus grandes manos de campesina como un antimacasar en las de Max Schmelling, el boxeador, y bastante inadecuado para la tarea que le esperaba.

 

Severed: the true story of the Black Dahlia de John Gilmore

Era guapa, ¿verdad?

Como me ocurre a menudo, yo creía que la Dalia Negra era un invento de James Ellroy. Como casi siempre, me equivoqué. El asesinato de Elizabeth Short ocurrió alrededor del día 15 de Enero de 1947 y, como todo el mundo sabe, su cuerpo apareció cortado en dos por la cintura en un descampado de Los Ángeles. Nadie sabe con seguridad quién la asesinó ni por qué.

Hay teorías, versiones, películas, documentales y libros. De todos ellos, creo que el texto de Gilmore es el más acertado. No porque presente un candidato a asesino bastante probable. Tampoco por la gran cantidad de datos que maneja. Es acertado porque resucita la memoria de Elizabeth Short y se olvida de toda la parafernalia que rodeó a la Dahlia Negra, el invento de la prensa.

¿Y quién era realmente Elizabeth Short? Yo creo que era una mujer infeliz y frustrada que se escondía bajo su capa de maquillaje. Una mujer que frustraba a su vez a los hombres. Una chica joven con un gran problema que no tenía modo de solucionar. Una mujer a la que le gustaba imaginar una vida alternativa que no tenía. Gilmore la describe así y creo que no se equivoca.

Sin embargo, para mí el gran misterio de Elizabeth Short es por qué, más de cincuenta años después, sigue despertando tanto interés. Ya no solo su asesinato y las teorías satélite, sino ella. Quería ser actriz y el tópico aquí se cumple: seguro que jamás imaginó que la fama le llegaría de este modo. ¿O sí?

James Ellroy

Escrito el 18 de Octubre de 2008

Pocos días antes del día de San Juan de 1958, Jean Ellroy, de nombre completo Geneva Hilliker Ellroy, apareció asesinada en una cuneta del condado de El Monte, en Los Ángeles. Las perlas de su collar estaban desperdigadas por todo el terreno pero no había más pistas. La causa de la muerte oficial fue asfixia por una media de nailon y una cuerda de persiana. Tenía el vestido por encima de las rodillas y el sujetador subido. No presentaba más signos de violencia.

Después de varios años de investigación, la policía de Los Ángeles no llegó a ninguna conclusión clara. Sin embargo, la pelirroja Geneva dejaba un hijo de diez años, James, y un ex-marido, llamado Armand, contable en paro, soñador y lo que hoy llamaríamos un vago en toda regla, a cargo del niño.

El padre le regaló al niño una perra llamada Minna. James leía muchas novelas policíacas de la época y veía muchos programas de televisión de crímenes. Comían basura. Eran pobres. James empezó a robar y a obsesionarse con La Dalia Negra. En el instituto era un provocador nazi y fascista. Bebía alcohol y se dedicaba a entrar en las casas de las jóvenes ricas para buscar “algo” y oler su ropa interior. Intentó ingresar en el ejército pero supo que no encajaría y montó un numerito del “chico-tartamudo-perturbado” para que le licenciaran. Mientras, su padre sufrió varias apoplejías y murió. El dinero del seguro de Geneva no daba para mucho más. James empezó a drogarse. Primero con drogas caras y luego con jarabes para la tos e inhaladores para constipados. Seguía bebiendo. Vivía la mayor parte del tiempo en la calle, de prestado en casas de amigos, en cárceles y en hospitales. Sufrió una neumonía grave. Casi a los treinta años, producto del alcohol, tuvo un apagón mental. Lo que más miedo le dio fue la posibilidad de que su mente le fallara y volverse loco. Dejó las drogas y el alcohol. Solo fumaba marihuana. Trabajó de caddy. Ingresó en Alcohólicos Anónimos pero lo dejó porque a falta de alcohol, un polvo siempre era bueno. Empezó a acercarse a las mujeres de varias formas. Después de escribir sus primeras novelas y de cosechar sus primeros éxitos, encontró a la mujer que “Dios le tenía reservada”.

Yo… le admiro. James Ellroy es, posiblemente, el escritor con el que más disfruto. Es el único con el que consigo desconectar totalmente del mundo que me rodea con una sonrisa en la cara. Es absorbente. Su obsesión es contagiosa. Su honestidad es brutal pero gris brillante. Nadie es demasiado bueno ni demasiado malo en sus libros. Cada vez que leo algo suyo tengo la sensación de que durante mucho tiempo ha sido un recipiente en el que ha ido metiendo datos, datos y datos, para luego convertirlos en historias. Me gusta tanto que no puedo evitar escribir con frases cortas cada vez que pienso en él. Es su estilo. Lo llaman telegráfico pero a mí me parece más automático. Creo que por eso me gusta tanto. Porque dispara directamente. Su prosa es como fuegos artificiales. A veces me pierdo entre los nombres pero me maravillo de que sea capaz de crear tanto. Nunca deja nada al azar. Es meticuloso. A veces tierno. Sus diálogos son los mejores que he leído nunca en una novela. Nunca me canso de él. Le retomo cada cierto tiempo y siempre que lo hago tengo ganas de decirle al mundo que lea a Ellroy. Para mí es un maestro.

De sus obsesiones prefiero que os hable él a través de sus palabras. Leáis lo que leáis, dejad siempre para el final Mis rincones oscuros. Si lo hacéis al principio, quizá pierda el encanto, aunque a mí me parece de sus mejores libros (que no novelas). Olvidaos de las películas, excepto de L.A. Confidential. La historia que he contado es real, pero es mucho mejor leerla de su tinta…

Una vulgar noche de sábado acabó contigo. Moriste de manera estúpida y violenta, y no tuviste los medios para defender tu vida.

Tu huida a la seguridad fue un breve respiro. Me llevaste a tu escondite como un amuleto de la buena suerte. Te fallé como talismán; por eso, ahora me presento como tu testigo.

Tu muerte define mi vida. Quiero encontrar el amor que nunca tuvimos y explicarlo en tu nombre.

Quiero hacer públicos tus secretos. Quiero borrar la distancia que nos separa.

Quiero darte aliento

Primera página de Mis rincones oscuros. El periódico del 58 aquí.