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Yasunari Kawabata – Yukio Mishima. Correspondencia (1945-1970)

I.

He aquí lo que dijo Hölderlin en una carta a Schiller: “Siempre estaba tentado por verlo y no lo veía por sentir que yo, para usted, no podía ser nada”. Y en otro pasaje: “Mientras estaba frente a usted, mi corazón se reducía a casi nada, y cuando ya había tomado coraje, no podía contener la agitación”.

Mishima a Kawabata, 3 de Marzo de 1946

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El maestro de Go de Yasunari Kawabata

El maestro de GoHe aquí un ejemplo de que volver a leer una novela que dejó una buena impresión no siempre es buena idea. ¿Pero cómo saberlo? Se vuelve a los libros a buscar consuelo, refugio, a recrearse… Se me ocurre que quizá no dé resultado cuando sabes exactamente qué es lo que causa que la literatura no refugie, ni consuele ni te deje recrearte. Cuando eliges mal. Por eso El maestro de Go no es culpable.

Sigue siendo una novela excelente que cuenta la última partida de Go entre el maestro anciano Shusai Honnimbou y el joven maestro Otake justo antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial. Mi edición tiene un prólogo de Anna Kazumi Stahl que explica mucho mejor de lo que yo podría hacerlo cualquier significado y simbolismo de la historia. La vejez contra la juventud, el tradicionalismo contra la modernidad, el cambio, el fin de una era. Los que se están en medio. Los cronistas. Kawabata. Kamakura a lo lejos. Lo bien que intercalaba el relato de los hechos con el fluir del tiempo…

Historias de la palma de la mano de Yasunari Kawabata

Historias de la palma de la mano  Primero las palabras adecuadas de la contraportada…

 “Muchos escritores, en su juventud, escriben poesía: yo, en lugar de poesía, escribí los relatos que caben en la palma de una mano. Entre ellos hay piezas irracionalmente construidas, pero hay otras que fluyeron naturalmente de mi pluma, con espontaneidad… El espíritu poético de mi juventud vive en ellos.”

El Premio Nobel de Literatura, Yasunari Kawabata, escribió, entre 1921 y 1972, ciento cuarenta y seis brevísimos relatos a los que denominó “relatos que caben en la palma de una mano”, y con esa descripción creaba un género personal.

La presente edición es una selección de setenta de estos relatos, a través de los cuales el autor vuelve a sumergirnos en una atmósfera en la que conviven la soledad, el amor y la muerte. Historias de la palma de la mano contiene toda la esencia de la obra de uno de los más grandes talentos literarios del siglo XX.

El último párrafo está lleno de frases vacías, pero a los dos primeros no tengo nada que añadir. Si insistiera de nuevo en la definición de relato, algo que no voy a hacer, concluiría que los setenta de Kawabata no lo son del todo. Algunos sí, pero muchos están incompletos. Son ejercicios literarios de escritura automática. Son inspiraciones no desarrolladas. Son ideas surrealistas. Y son bosquejos del genio.

(El gato no quería que a la mujer se le viera el escote…)

Primera nieve en el monte Fuji de Yasunari Kawabata

Primera nieve en el monte Fuji  Primera nieve en el monte Fuji es un conjunto de relatos publicados después del primer éxito de Kawabata, tras la guerra, y antes de haber escrito las novelas por las que es más conocido en Occidente. Son diez y los voy a nombrar todos simplemente por facilitar la búsqueda: En aquel país, en este país, Una hilera de ginkgo, Con naturalidad, Gotas de lluvia, El crisantemo en la roca, Primera nieve en el monte Fuji, Sin palabras, Lo que su esposo no hacía, Un pueblo llamado Yumiura y Las muchachas del bote.

Dicen que lo que diferencia un cuento de un relato es que el primero tiene una estructura más estricta y clásica y que el segundo es producto de la “inspiración inmediata”, lo que le libra de la regla de introducción, nudo y desenlace. Lo mismo se podría decir si fuera al revés, pero en este caso la idea me sirve para hablar de los relatos de Kawabata: salvo el último, el de Las muchachas del bote, que es una pieza de teatro kabuki ambientada en la guerra entre los Heike y los Genji, el resto terminan difuminados en algo que se podría considerar poesía.

En la mayoría hay sensualidad, deseo, infidelidad reprimida y expuesta, desinhibición, silencios, melancolía y algo de humor. Sin embargo, El crisantemo en la roca es diferente. Sus elementos formales son más propios del periodismo que del relato. En él, Kawabata habla de las stupa antiguas de piedra o túmulos funerarios que contenían reliquias y de que “el sentido estético de la persona enterrada asume la forma de la piedra de su tumba”. Tras una disertación muy extensa sobre las piedras, los que mueren y su simbolismo, termina con un canto a la naturaleza y una declaración de intenciones.

Quizá sea hilar muy fino, pero me gustaría proponer un ejercicio. Primero, leer estos relatos. Segundo, leer el último párrafo antes del epígrafe Artistic Career de la Wikipedia. Tercero, pensar en dobles significados. Cuarto, contestar a la pregunta evidente. Yo no lo tengo claro pero si esto fuera una investigación policial, estos relatos quizá serían indicios (y quizá sin contexto).

Lo bello y lo triste de Yasunari Kawabata

  Pronto habrán pasado nueve años desde que leí esta novela. Un mes antes había conocido a alguien al que mi compañero de trabajo y yo solíamos llamar el querubín porque, sí, tenía el pelo rubio, largo y rizado y los ojos azules. También tenía novia. Se llamaba como la primera mujer y su presencia era constante en mi vida. No la conocía ni lo haría nunca y, sin embargo, me comparaba con su fantasma a todas horas. Fase inicial del masoquismo.

La relación a tres bandas, la mía, la suya y la del fantasma duró un mes. Y luego, como siempre ocurre, se produjo la gran elección: la otra que no era yo. (Si algún postestructuralista analizara mi texto en estos momentos se pondría las botas.) Todavía hoy sigo pensando que en aquel momento estaba enamorada y el abandono en una etapa tan inicial despertó en mí el gran drama. Él no me había elegido a mí pero yo a él sí y pensaba mantenerme en mis trece: perdí kilos, mi color aceituna se volvió amarillento, tenía espinillas purulentas, le escribía un diario y siempre que podía, insistía. Vivía en el amor de los poetas, el no correspondido.

El libro de Kawabata me atrajo por el título, Lo bello y lo triste, un titular de lo que me estaba pasando. La historia de Toshio, Otoko y Keiko, también era muy similar a la mía. Toshio era el querubín, Otoko, el amor verdadero, el fantasma y Keiko, la entrometida. Yo no mordía, como ella, pero Keiko tenía más amor propio del que yo tuve jamás. En cuatro horas había terminado de leer. Y un año después, cuando las cosas cambiaron, le presté el libro con una dedicatoria que sé que guardé en alguna parte pero que no soy capaz de encontrar. Dejo en el aire la respuesta a si lo leyó o no.

La moraleja de esta historia es cínica, así que opto por lo bueno: Kawabata. Se convirtió en mi autor favorito simplemente por haber sido capaz de contarme una historia con elementos temporales que a mí me parecieron atemporales y por enseñarme algo muy valioso que siempre me ha costado mucho digerir: siempre vuelven a ella, al fantasma.

Maldito karma de David Safier

 Esta novela es de las insustanciales paradójicas, lo que en lenguaje asequible se traduce en que el conjunto tira a pobre pero sus detalles se graban en mi memoria para siempre. Si alguien me pidiera que hablara sobre Lo bello y lo triste de Kawabata, por ejemplo, no podría hacerlo. Tendría que releerlo para ser capaz de explicar aquello que tanto me entusiasmó. Por poner un ejemplo culinario y teniendo en cuenta que soy una pésima cocinera, el plato me encantó pero sería incapaz de nombrar los ingredientes. Solo recuerdo el gustillo y la historia personal que tiene detrás.

Sin embargo de Maldito karma lo recuerdo todo. Mirad. Es la historia de una presentadora de televisión a la que mata el baño de la estación espacial internacional que cae del cielo. Como en su vida terrenal no lo ha hecho del todo bien, Buda se le aparece en forma de hormiga gigante (ella es una pequeña) para explicarle los detalles de su karma y cómo solucionar sus pequeños problemillas. A medida que intenta corregir todo lo que ha hecho mal, sus reencarnaciones van aumentando de tamaño (las de Buda mucho más) hasta que se produce el desenlace no temido: uno ñoño, inverosímil y sujeto por alfileres. Bueno, inverosímil es el resto de la novela pero el final mucho, mucho más.

Ahora bien. Si el resultado me disgustó tanto, ¿por qué lo recuerdo todo? ¿Por qué de vez en cuando me sorprendo pensando en las aventuras de la hormiga? ¿O en Casanova, el mejor personaje? Quizá sea porque tengo algo que confesar: me encanta la comida basura. Acabé aborreciéndola después de comerla durante un año casi todos los días, pero después regresé a ella. Ahora se ha convertido en algo excepcional, pero cierta hamburguesa me encanta. Y como con la hormiga, de vez en cuando me deleito en el recuerdo de una en mis manos. Lo dicho, soy una pésima cocinera.

La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata

Un anciano de sesenta y siete años llamado Eguchi descubre a través de un amigo lo que él llama la casa de las bellas durmientes: un prostíbulo regentado por una señora que invita a los ancianos a dormir con jóvenes narcotizadas. Duermen tan profundamente que no se enteran de nada y el objetivo es que los viejos lo hagan también para paliar de algún modo la tristeza de la vejez. Como si la juventud fuera algo contagioso. Como si el estar junto a un ser joven inconsciente les otorgara un poder que han perdido. Eguchi las toca, les mete los dedos en la boca, las abraza. Le despiertan recuerdos de otras mujeres de su vida. Y tiene tentaciones de romper las reglas: hacerles daño, mantener relaciones sexuales e incluso matarlas.

Kawabata siempre fue un escritor muy sensual pero el erotismo de La casa de las bellas durmientes provoca sonrojo. No porque sea explícito sino porque las chicas están indefensas, no solo ante las manos de Eguchi, también ante sus pensamientos. Y eso es lo que a mí me provoca cierta incomodidad. Porque no puedo dejar de tener ciertos prejuicios, porque la visión de un anciano abusando de una mujer joven no me resulta agradable, porque pese a todo no me provoca repulsión sino hasta curiosidad y, por último, porque Kawabata es mi escritor japonés favorito, el que no tiene ninguna pega mía y en este relato no soy capaz de comprenderle. Por un lado, me siento orgullosa de él porque mostró valentía al escribir algo así pero, por otro, también siento que me he desafinado un poco y que cuando vuelva a tocarme ya no será lo mismo.