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M Train de Patti Smith

Me quedo sentada frente al inigualable café de Zak. En el techo, los ventiladores giran como veletas enloquecidas. Fuertes vientos, lluvia fría o amenaza de lluvia: un desfile de cielos calamitosos en ciernes que impregna sutilmente todo mi ser. Sin darme cuenta, caigo en una ligera aunque persistente desazón. No es depresión, sino más bien fascinación por la melancolía, a la que doy vueltas en la mano como si fuera un pequeño planeta, veteado de sombras, de un azul imposible.

Enésima crónica de un viaje a Japón. Epílogo.

Kioto Me gustaría dividir este epílogo en dos partes. Con la mente en aquellos que lleguen aquí buscando consejo, en la primera parte voy a tratar temas logísticos: aerolíneas, hoteles y transporte. Pero siempre bajo la advertencia de que se trata de la opinión de una sola persona. Lo único que quiero es trasladar mi experiencia y, de algún modo, evitar que a otros les pase lo que me pasó a mí por seguir a rajatabla ciertos itinerarios que circulan por la red.

En la segunda parte quiero sacar algunas conclusiones, hacer un par de reflexiones, introducir algunas anécdotas, dar alguna que otra explicación y, si estoy inspirada, abrirme un poco y hablar de partes del viaje que no he querido mencionar (como la visita a cierto cementerio de Tokio). Pero no sé si lo lograré.

Lo expliqué en la primera entrada del viaje pero lo reitero: escogí Finnair – Japan Airlines solo porque las horas de vuelo están más divididas (unas cuatro y unas diez). Después de la experiencia, quizá las otras opciones (las de dos y doce horas) sean más inteligentes, pero para alguien al que no le gusta volar, que no lo hace con asiduidad o que va a aterrado, creo que es la mejor opción. La parte de Finnair es la peor parada pero al menos son puntuales. El avión es pequeño y antiguo. Los asistentes de vuelo no son muy simpáticos. Al ser corto no se esmeran con la atención. Pero los pilotos son profesionales y encantadores (como en todas, imagino). A la vuelta, después de las turbulencias sobre Bruselas, la charla que nos dio uno de ellos me quitó el susto de un plumazo.

Kiyomizudera El avión de Japan Airlines es nuevo, un 787 Dreamliner. Cuando baja y sube se mueve bastante más que el otro, que es más pequeño, pero su despegue y su aterrizaje es mucho más suave. Y sus asistentes de vuelo son las mejores: amables, serviciales y muy simpáticas. Me alegro de que haya mujeres en el mundo de más de treinta y de cuarenta años con este tipo de trabajos. A mí me dice mucho de la aerolínea. Además, su sistema de entretenimiento, con pantalla individual por asiento, es muy útil. Hay cine (japonés, asiático y de Hollywood), música, programas de televisión, noticias, videojuegos y manga. Pero claro, es una aerolínea japonesa que va o viene de Japón, así que esperar un informativo de la televisión pública española o una película de Ozores es una estupidez bastante cateta. Por último, la comida. Te ceban. Supongo que para que no te aburras. Mi paladar no es muy exigente y suele gustarme la comida de los aviones y de los trenes, así que no tengo queja. La hamburguesa de la vuelta, en plan “hazlo tú mismo”, me encantó (y me puse perdida por sacarla entera del envoltorio). Entre horas te dejan picar todo lo que quieras en el “espacio para la tertulia”. Es cierto que no vuelo mucho, pero precisamente por eso le doy un diez.

El hotel que escogí para Kioto fue el Monterey. Por recomendación. Porque tenían una oferta de habitación superior al cincuenta por ciento. Por su situación. Muy céntrico para los que no nos importa caminar (a diez minutos de Teramachi). A un minuto de una parada de metro, la Karasumaoike. A treinta segundos de una parada de autobús. Sus desayunos son muy caros, pero hay cafeterías cerca. También muchos restaurantes. Una lavandería. Una librería. Una tienda de antigüedades. En cuanto a la habitación, yo solo necesito una cama con un colchón duro, una televisión para arrullarme, un secador (y no siempre) y un baño, así que todo lo que supere eso está bien. Con la oferta volvería sí o sí.

Kiyomizudera 2 El de Osaka fue el Arietta. Solo para dos noches. Lo elegí por su precio, muy barato, por los desayunos gratis y porque lo de céntrico se queda corto. A tiro de piedra de Namba. La única pega que le puedo poner son las sábanas, me quemé el codo con ellas de lo tirantes que estaban. Pero el personal de recepción es muy amable y por ese precio es un hotel sobresaliente.

Por último, el de Tokio, que quizá fuera un capricho. Se llama The Edo Sakura y está a una parada de Ueno (en la línea Yamanote) o en Iriya si vas en metro. No es un hotel en sí sino una casa de huéspedes de estilo japonés. El primer día te enseñan cómo hacerte la cama y, durante tu estancia, te la haces tú siempre. Ellos solo cambian las sábanas. A mi espalda le vino muy bien dormir al estilo japonés pero con el edredón sudaba como un pollo. Imagino que ellos tendrán un truco para no pasar tanto calor, pero no se me ocurrió preguntarlo. Este hotel es precioso pero tiene dos pegas importantes: es bastante caro y está en una zona en la que apenas hay nada salvo conbinis, que en Tokio fueron mi perdición. Eso sí, tienen un desayuno por 800 yenes delicioso.

Kioto (2) Pese a lo torpe que fui, lo cierto es que orientarse en los medios de transporte no es difícil porque todos los carteles importantes están escritos en roomaji. Obviamente tienes que estar atento, no en las nubes, pero te acostumbras mucho antes de lo que crees (si no te empeñas en ir a Chiba cuando tienes que ir a Kamakura…). Eso sí, salir de ciertas estaciones es una dura tarea. El transporte es caro. El JRail Pass compensa si te mueves por Japón. En las tres ciudades en las que estuve hay pases para el metro (y autobús en Kioto) por un día que también amortizas. La gente cree que no, pero en realidad sí, porque te pierdes, porque cambias de ruta, porque vuelves a perderte. Yo no las usé pero también están las tarjetas prepago tipo Suica/Pasmo. En realidad todos son facilidades. Eso sí, guardad siempre los billetes hasta que salgáis. Si no, no podréis.

El último consejo logístico y quizá el más importante. Aunque reciba alguna colleja que otra, tengo que darlo: huid de los itinerarios de internet como de la peste. Sobre todo de los de Tokio. Consultad guías, leed opiniones, pero no sigáis el recorrido que hizo otra persona. Es preferible ir sin nada y a la aventura, que pretender seguir a rajatabla lo que otros hicieron. Si os abruma Tokio, disfrutadla como podáis y no seáis tan imbéciles como yo.

kioto (3) Mi presupuesto era limitado mucho antes de conocer a los mafiosillos y lo fue mucho más después. Tenía clara cuál era mi prioridad y preferí disfrutar de otras cosas antes que de la comida. En Kioto y en Osaka me alimenté bien e incluso me permití algún lujo por las noches. En Tokio ya no pude y que no hubiera nada cerca del hotel no ayudó mucho. Pero, en realidad, estoy mintiendo. La comida en Japón no es en absoluto cara. En un izakaya de un barrio como el de mi alojamiento podría haber cenado muchas noches si hubiera querido. Pero no quise. ¿Por qué? Porque en Kioto me pasó algo en un restaurante que hizo que me encerrara en mi concha. Me encantan las gambas rebozadas (ebi furai). Es mi plato japonés preferido junto con la tortilla de arroz (omuraisu). La gente se ríe de mí porque, al parecer, es comida infantil, pero nadie ha dicho que yo sea una adulta. Además soy zurda. Y no sé utilizar los palillos muy bien. El restaurante era muy pequeño y familiar. En la barra había dos osos de peluche sentados. Proliferaba el ganchillo. A mi lado había una pareja. Mientras yo me comía las gambas con las manos e intentaba hacer lo mismo con el arroz (con los palillos), el hombre le dijo a la mujer: “Debe de ser difícil para ellos comer con palillos, ¿verdad?” No sé qué le contestó ella, creo que asintió. Les miré y me disculpé. Después terminé sin apetito, pagué y me marché. Intentar aguantar las lágrimas mientras comes no es fácil. ¿Y por qué entendí perfectamente lo que dijo ese señor y no a Hina o a Subaru cuando hablaron? No lo sé. En realidad no le culpo. Cometió el mismo error que todos, damos por hecho que un extranjero no entiende nuestro idioma. Su comentario no me pareció maleducado, quizá un poco fuera de lugar, pero hirió mi orgullo y no volví a coger unos palillos sola en todo el viaje. No quería volver a llamar la atención por algo así. Por mi belleza, por supuesto que sí. Pero por no saber comer, no. Soy una susceptible tonta.

Nara (3) Pero no hay mal que por bien no venga y esta anécdota me sirve para hablar del gran descubrimiento que hice en Japón: los japoneses son humanos. Sí, sé que es sorprendente pero lo comprobé con mis propios ojos. Incluso hay algunos hombres que por las mañanas están de mal humor y gruñen. Conocí a una señora en un restaurante de comida rápida que no movió su culo del asiento cuando ya había terminado de comer a pesar de que los demás buscaban un sitio desesperadamente. No se le movió ni una pestaña. Me hizo sentir como en casa. Los codazos en el metro también me resultaron familiares. Aunque en Japón la experiencia es diferente. Si te despistas, la marea humana te lleva en vilo. Recomendado totalmente. Algunos son hasta despiadados y si tus maletas se caen por una escalera mecánica ni se inmutan. Otros, sin embargo, en otra ciudad, en otro momento, cargan con ellas y bajan por una escalera infinita. ¿Y lo más impactante de todo? No son de piedra. Los niños de cinco y seis años van solos en el metro al colegio y cuando se despistan hay decenas de potenciales padres que les vigilan por el rabillo del ojo. Es verdad que no levantan la vista de sus teléfonos, pero también lo es que eso no les ciega. Yo lo he visto. He presenciado cómo tres imbéciles de habla inglesa entraban en un Starbucks a liarla un domingo por la mañana. He visto cómo una de las chicas limpiaba arrodillada un asiento en el que habían derramado un café entero sin borrar su sonrisa. He tenido que morderme la lengua para no montar un número aun peor. Me ha dado mucha pena el encargado cobarde que hacía inventario. Podría seguir, pero creo que como pruebas todos mis ejemplos son suficientes. Salvo cuando me interponía en el camino de sus bicicletas, a mí siempre me han ofrecido una sonrisa, en el caso de las mujeres, y un gruñido, en el caso de los hombres, que echaré bastante de menos. Los niños chocaban los cinco.

Nara (4) Cuando llegué a España me di cuenta de lo feliz que había sido en Japón. No porque aquí no lo sea sino porque allí me olvidé de todo. Mis preocupaciones eran más inmediatas, más abstractas. No tenían caras. Allí solo anhelaba, caminaba, comía y dormía. Pero sin prisa. Ahora, casi un mes después, cuando cierro los ojos o me dejo llevar, me sorprende la nitidez con la que vuelvo a recorrer las calles de Japón. Me conmueve la necesidad que tengo de dulces fabricados allí. Me da igual del tipo que sean. Artesanales, industriales o promocionales. Su dulzura es tan sutil… También recuerdo los olores, sobre todo el del incienso de los templos y el del producto que algunas mujeres se echan en el pelo con no sé qué finalidad. Lo curioso es que aquí no como dulces, no soporto el olor del incienso y nadie se echa productos en el pelo por motivos desconocidos.

Conocí a Uemura Ryota-kun gracias a la televisión. Era un niño muy llamativo con una sonrisa preciosa. Recordé su cara en muchos momentos del viaje. Cuando me enteré, por casualidad, de por qué era noticia no pude dejar de pensar en él. Incluso mis conversaciones con España eran sobre él. Ojalá nunca le hubiera conocido. Pero como lo hice, como su cara me hizo mucha compañía, creo que es justo terminar con su recuerdo.

Enésima crónica de un viaje a Japón (XIV)

Himiko Desde Madrid reservé un viaje desde Asakusa hasta Odaiba en el Himiko, el barco futurista que se ve en la imagen. Esta vez también fui caminando hasta el Sensoji (que me dijo muchas más cosas que la primera vez), compré taiyaki de nuevo, me despedí apropiadamente, descubrí una calle de Asakusa llena de fotografías de lo que creo que son actores cómicos y me monté en el barco en dirección a la isla artificial. Los conciertos fueron allí así que la tenía ya un poco vista, pero aun así quería pasear un poco más por la bahía. Sin embargo, no pude. Empezó a llover a mares justo cuando el barco atracó, lo que me encerró de nuevo en varios centros comerciales durante toda la mañana. Aproveché para hacer las últimas compras, algunas regalos muy importantes que no esperaba encontrar allí y volví al hotel en la Yurikamome. Lo cierto es que el último día fue bastante triste. Salvo el teatro, al que fui por la tarde, el resto lo recuerdo con bastante angustia. Por un lado, no quería irme. Por otro, las muchas horas de avión que tenía por delante me rondaron durante todo el día.

Himiko 2No voy a mentir. Los nervios por el viaje se antepusieron a cualquier pena que pudiera sentir. Mi deseo de que las horas en avión pasaran cuanto antes pudieron más que la tristeza por la despedida. Sin embargo, al decir adiós a la japonesa que me preparó el desayuno durante ocho días se me saltaron las lágrimas.

El vuelo hasta Helsinki fue un aburrimiento. Lo único que me entretuvo un poco fue que mi vecina se bebió cinco botellas de vino en menos de una hora. Después de intentar meterse en primera clase y de encerrarse en el baño, se la llevaron a la habitación de las azafatas. Al final del viaje volvió totalmente sobria, se comió su hamburguesa asignada y se quedó dormida. En Helsinki yo también me dormía por las esquinas. Me desperté un poco sobre Bruselas, cuando el avión empezó a saltar, pero el piloto enseguida nos tranquilizó. Por cierto, ¿os acordáis de los turistas del año nuevo? Pues también iban a Madrid. Son temerarios. Aterrizan sin cinturón, dormidos sobre los bolsos y se asustan mucho cuando el avión toca suelo. Mi jet lag a la vuelta fue duro. El día que escribí sobre el Fushimi Inari me quedé dormida poco después y en duermevela soñé que volvía a subir el monte. A veces creo que todavía no me he despertado del todo.

Enésima crónica de un viaje a Japón (XIII)

HasederaLlegué muy tarde a Kamakura porque me empeñé en ir a Chiba. Dos veces. La segunda casi llegué (a Chiba) y tuve que darme la vuelta. La ciudad ya hervía de turistas. Sin embargo, fue poner un pie en el Hasedera y olvidarme de todo. El día estaba especialmente luminoso, los ciruelos estaban en flor, olía a mar limpio y tranquilo y los milanos sobrevolaban el cielo. Odio los adjetivos simples pero tengo que usar uno, Kamakura es muy bonita.

El Hasedera también se quedó con toda la fe que me quedaba. No había rezado hasta entonces en ninguno de los templos. Sí me despedía de ellos pero no seguía el ritual. En Kamakura lo hice. A la diosa Kannon. También probé suerte con la fortuna y me salió buena… Y entonces conocerás a tu maestro. La dejé allí, atada con gran esfuerzo.

Otra de las sorpresas de mi viaje fue el gran Buda de Kamakura. Es más pequeño que el de Nara pero mucho más cariñoso. De bronce y al aire libre. Como no podía ser de otra manera en Japón percibí un contraste muy marcado entre los turistas ruidosos que sacaban fotografías y lo que emanaba de él, que no sé nombrar, pero sí especificar lo que no es. No es ruido. No es pena. Ni dolor. Ni tristeza. Es achicar los ojos y levantar la comisura de los labios. ¿Sonreír? Es arte. Es emoción. Y conmoción. Es despedida. Me sacó una promesa: “volveré aunque sea con bastón y sin saber quién soy”. El miedo me impide ser atea así que no hay nadie más sorprendido que yo por mi reacción ante el Buda. Me ganó. Me gustó casi más que Subaru y eso es demasiado.

BudaComí en la playa. Yakisoba, melonpan y una coca cola (light para compensar). La mejor comida del viaje. La chica que me atendió me advirtió de que tuviera cuidado con los milanos. O eso entendí. Es curiosa la convivencia entre cuervos, azores y palomas en Kamakura. En la playa había surfistas pero ninguna ola. Un solitario con una cerveza. Madres con niños. Adultos con perros. Y una turista recogiendo arena en una bolsa para amuletos.

Engakuji La fotografía es del Engakuji. Al margen de muchos fotógrafos, o de turistas con cámara, no puedo destacar mucho. Fue mucho más interesante para mí la muchedumbre escolar de las estaciones. Además, tenía que estar pronto en Tokio porque había comprado una entrada de cine para ver Misono Universe. En Roppongi Hills. Fui caminando siguiendo una “autopista” elevada. Vi muchos coches caros con las lunas pintadas. Al principio pensé que eran de famosos. Después que eran simplemente de una de las potencias mundiales. Y sin embargo buscaba. Me encontré con una colaboradora de un programa de televisión. Con algunos estudiantes extranjeros. Con muchos conductores durmiendo en sus coches y con un conbini en el que compré… dulces. De ellos también hablaré al final.

Cuando terminó la película, de la que hablaré cuando la vea con subtítulos, mientras dos chicas compartían impresiones, yo buscaba un amuleto y un broche. El amuleto era un trozo de papel doblado. En Osaka tuve un ataque de ansiedad en Namba. A veces la muchedumbre no me gusta. Lo llevaba en el bolsillo. Cuando lo toqué me tranquilicé enseguida. Normalmente suelo tardar más en controlarlos pero esa noche el dichoso papel lo hizo todo rápido. Lamento mucho haberlo perdido. Como dije en Twitter, espero que le sirva a alguien igual que me sirvió a mí. El broche no era mío y no tengo ni idea de cómo pude perderlo.

Roppongi nightLa luna, Venus, la Tokyo Tower, parte de un rascacielos y una mancha. Pero tenía su encanto. Mi intención era salir por la noche por Roppongi. Pero me perdí. Después de pasar por delante de muchos locales, terminé en el mismo sitio que unos días antes, salvo que era de noche y no llovía. Llegué al metro deshidratada. Benditas máquinas expendedoras. Solo me quedaba un día…

Enésima crónica de un viaje a Japón (XII)

Tokyo sun Al fin salía el sol. Yoyogi y el templo Meiji estaban prácticamente vacíos. El día prometía. Había leído que el santuario era precioso y tengo que decir que yo no utilizaría ese adjetivo con los edificios. El parque Yoyogi sí lo es, con sus árboles donados que se cierran en las cumbres, su silencio y sus curiosos habitantes. Los humanos del templo también lo son, por su respeto a su labor, sus maneras y sus vestidos. Los kami pululaban con hermosa invisibilidad. Su jardín sí que es precioso, maravilloso y todo lo “oso” positivo que se os ocurra. Por eso, si tuviera que elegir uno al que acudir siempre que visitara Tokio, elegiría el Meiji. Por cierto, su tienda es la mejor de souvenirs de todo Japón. Mantiene el equilibrio perfectamente entre “me están tomando el pelo” y “oh, qué maravilla”.

Tenía que ir a la zona de Omotesando a buscar una tienda de motos, pero antes me metí en Takeshita Doori. Tengo que decir que a esas alturas del viaje estaba un poco saturada de tiendas, por no decir que había dejado de entrar en la mayoría desde hacía dos días, así que pasé un poco de largo. Pero una chaqueta de los Giants llamó mi atención en las alturas. Y justo en ese momento, el dueño, un afroamericano, me vio mirar y me invitó amablemente a subir. Arriba estaba el único hombre que se interesó por mí en todo el viaje: otro afroamericano enorme con las mejillas tipo Morgan Freeman que me intimidaba bastante. Me acribilló a preguntas. De dónde eres, qué haces aquí, qué tipo de ropa se vende en España. Cuando había elegido lo que iba a comprar (algo rosa) me espetó “Are you single?“. “Sí”, le contesté. Silencio incómodo a continuación. En vez de invitarme a tomar algo me regaló un caramelo de plátano. Quizá lo del “único hombre que bla, bla, bla” debería borrarlo. Quizá fue otro. (En realidad, la conversación fue algo más cómica de lo que he contado pero quedo tan, tan mal que prefiero ahorraros la vergüenza ajena.)

YoyogiMe recorrí la zona de Omotesando tres veces porque no encontraba la tienda. Y me fui con las manos vacías. Sin embargo, me gustó mucho su parte comercial. No los centros grandes sino las tiendas que hay distribuidas caminando en dirección contraria a Shibuya. Al menos es una zona honesta. Y digo esto porque la única decepción importante que he tenido en Japón, Shimokitazawa, me desencantó precisamente porque me pareció un engaño. Fui a mediodía en España, es decir, a eso de las tres. Quizá unas horas más tarde es todo ambiente. Es posible que los restaurantes sean una maravilla. Pero las tiendas no se diferencian de ninguna de las que vi en otras zonas, salvo dos: una librería en la que encontré la obra entera de Lorca (en japonés) y una tienda de ropa de segunda mano de verdad instalada en lo que fueron unos baños públicos. Digo lo de “de verdad” porque mucha ropa catalogada como de segunda mano de allí estoy segura de que no lo es. En las guías y en los itinerarios, a Shimokitazawa la pintan como una zona alternativa y de artesanos y a mí no me lo pareció. Es una zona comercial, con ropa bastante cara y unas cuantas tiendas interesantes. El resto lo puedes encontrar en el resto de Tokio sin necesidad de tantas paradas de tren.

Enésima crónica de un viaje a Japón (XI)

Tokyo (2) Creo que por Shinjuku caminé varias veces pero no sabía dónde estaba así que imagino que no computa. Uno de esos días llegué caminando desde Ginza (al que también volvería después) muy temprano. El lujo todavía dormía. Pasé por las tiendas de marca sin pena ni gloria. Eso sí, entré en un centro comercial a por un café y me pareció espectacular que todo un edificio estuviera abierto solo para que la gente desayunara. Vi la estatua de madera de Yama, creo que la capilla Hanazono y pasé de largo Kabukicho porque se me olvidó.

Tenía algo de prisa. Los dos días anteriores habían sido de conciertos, uno de ellos inesperado, y el plan se me había ido al traste. Mi prioridad era la Tokyo Tower. Quería verla bien, al menos desde fuera. Pero cuando llegué al templo Zojoji ya estaba lloviendo. Aunque esta vez sí que llevaba paraguas, me duraría poco la comodidad. ¿Y para qué subir al mirador de la torre si llovía? Disfruté del tiempo que tenía en el Zojoji. En especial de los jizos con sus molinillos de viento, sus ropas y sus cuervos.

Tokyo Tower 3Si alguien tiene interés en conocer la parte de la ciudad que rodea por detrás la Tokyo Tower yo puedo ser su guía. Estuve allí dos veces. Que lo hiciera perdida no tiene importancia. Si lo conseguí tantas veces sin proponérmelo puedo hacerlo más. Tarifas asequibles.

Tokyo Station Después de comer el día se estropeó del todo y empezó a jarrear. Mi plan era visitar los jardines y ver lo que permiten ver del palacio imperial. Bueno, lo que hice exactamente fue hacer pis en los baños que hay en una de las puertas, creo que la Otemon y marcharme. Me había dejado el paraguas en la estación de Tokio, en los sótanos, en la Tokyo Character Street, donde disfruté como una niña en las tiendas de Hello Kitty, Ghibli, de todas las televisiones y de todo lo impensable. En ese momento que lloviera me importaba poco. Pero cuando llegué a la Otemon caminando desde la estación en línea recta era una especie de peluche empapado. Lo intenté con Ikebukuro. Fracasé también. Seguía lloviendo. Me metí en un centro comercial, el Tobu, y pasé allí la tarde. ¿Os acordáis de la frase de Ikebukuro, saikou en IWGP? Pues no para mí esta vez.

Enésima crónica de un viaje a Japón (X)

TokyoAl margen de que Tokio me quisiera como turista o no (yo creo que solo a ratos pero como soy parte implicada puedo estar condicionada), la verdad es que la culpa del desastre fue mía. Primero, por hacer caso de los itinerarios que circulan por internet y que pertenecen a personas que viajan en grupo, que tardan más en moverse y cuyos gustos no se corresponden necesariamente con los míos. A mi favor he de decir que cuando empecé a preparar el plan de viaje, Tokio me abrumó tanto que me agarré a lo primero que me pareció ordenado. Su tamaño es el segundo motivo. Sabía que era enorme, pero no tanto. No es una ciudad para perderse caminando si vas con un plan, al menos no conscientemente. Por cierto, cuando hablo de desastre me refiero a que no vi partes de la ciudad fundamentales, importantes e imprescindibles según todas las guías. Y para muestra, un botón. El plan del primer día consistía en visitar el Sensoji, coger un barco hasta el jardín Hamarikyu, patear a fondo el parque Ueno en un orden determinado y pasar la tarde en Akihabara. Y esto es lo que ocurrió…

Al Sensoji llegué bien porque estaba a solo dos kilómetros de mi hotel y perderse por Asakusa es complicado. Como volví el último día no quiero detenerme mucho. Tan solo diré que, pese a ser temprano, ya estaba lleno de turistas del año nuevo y que echaré de menos todos los días de mi vida el taiyaki de uno de los puestos… Dos, cien yenes. Recién hechos, con la pasta de judías rojas calentita…

Pasé por delante del edificio en el que se vendían las entradas para el barco a Hamarikyu dos veces. Pero ese día mi imaginación había decidido que la taquilla estaba a pie de río, que era como la de un circo o algo similar y que estaba lejos, así que recorrí otros tres kilómetros en dirección sur. A buen ritmo por el río Sumida totalmente motivada. Obviamente no encontré nada porque lo había dejado atrás y Hamarikyu quedó para siempre en el limbo. Un poco mosqueada cogí el metro para ir al parque Ueno y lo que pasó allí ya fue la desesperación total.

Toshogu Este árbol del Santuario Toshogu tiene 600 años. Estaba ahí antes de la construcción del santuario y, por supuesto, mucho antes que mi cabreo conmigo misma por ser tan idiota. La imagen es importante para recordarlo.

El Toshogu me recordó un poco a Nara y me hizo pensar en la gran capacidad de contraste que tiene Japón. Puedes estar rodeada de lámparas verdes de musgo sin oír nada más que a los cuervos graznar y tener la certeza de que, a menos de un kilómetro, hay un rascacielos con un paseo de peatones a sus pies por el que pasan cientos de miles de personas al día. Aquí también tuve un acompañante curioso. Un señor que no paraba de gruñir y balbucear mientras miraba con detenimiento las decoraciones de las puertas del templo…

Toshogu 2Ahora viene la estupidez. En España hay muchas iglesias. Algunas merecen un paseo de dos kilómetros y otras no. La capacidad de discernir no es algo innato sino que se consigue a base de trabajo. En Japón ocurre lo mismo. Hay templos que merecen paseos interminables por el exterior de un parque y otros no. Sobre todo si después tienes que volver al mismo punto del que partiste para seguir otro camino. Sobre todo si ese día de invierno decide ser tan caluroso que saldrá en las noticias y tus pies se están cociendo dentro de unas botas de agua. El pobre Bentendo pagó el pato a la vuelta. Ya no tenía fuerzas y me temblaban las piernas. A la salida intenté relajarme en un banco, pero estaba mojado y mi vecino se estaba despiojando como un mono…

Ueno En Akihabara hay chicas que reparten publicidad para que vayas a los locales en los que trabajan y tantos sitios a los que mirar/ir que si eres tan tonto como yo, al final no vas a ninguno… o solo a uno a fangirlear, a quitarte capas de ropa y a montar en ascensor. Algunos somos sencillos y no necesitamos grandes cosas. Una de las chicas se acercó a mí. Oneesan, me llamó. (No me llamó Obasan ^_^.) Llevaba lentillas de ojos de gato. Me preguntó qué estaba buscando. Le señalé el edificio y le dije, “justamente eso”. Sonrió. Yo también. Me deseó un buen día y me dio un panfleto. Fue la única que me ofreció sus servicios de todos los que me encontré por las calles de Japón. Los hosts ni me miraban. Sex appeal en Japón: cero.

Aquella tarde hubo un terremoto. A eso de las cinco de la tarde sonó una alarma. No la sabría describir pero sí que llamó mi atención. Yo estaba sentada en el suelo en la habitación del hotel. Consistió en tres bandazos lentos y en una especie de sensación de “espera que me vuelvo a colocar en mi sitio”. Un 4,5 en Chiba. Sinceramente no me gustó nada, pero como los japoneses no le dieron importancia, yo tampoco. Hay que adaptarse.

Aquella noche también conocí a Umemura-kun. Pero hablaré de él al final de la crónica.