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Enésima crónica de un viaje a Japón (IX)

Hiroshima En el tranvía que lleva desde la estación de tren de Hiroshima hasta la cúpula me di cuenta de la obviedad: Japón es diferente. El trayecto costaba 160 yenes. Yo tenía 150 yenes y un billete de 10.000. No tenía ni idea de cómo iba a explicar que no tenía cambio. Cuando el conductor vio el billete, gruñó algo y llamó al joven que va detrás y cuya función es darle indicaciones. El chico, un profesional, se disculpó conmigo, tranquilamente se cobró 10 yenes con un billete de 10.000 y me devolvió 9.990 ¡en billetes! Traducido al español, sería como si un conductor de autobús llevara cambio de 77 euros para un billete de 77 céntimos. Y todo este proceso sin traumas, sin reprimendas, sin amenazas de dejarme en la calle (o de llevarme a comisaría) y con una sonrisa. Ni el tamaño de cien budas gigantes podría haberme sorprendido más.

Hiroshima… La cúpula está en obras y rodeada de andamios. En cuanto al museo, me obligué a enfrentarme a él. A abrir los ojos por una vez. Incluso alquilé una audioguía. Los testimonios en español son escalofriantes porque los recitan como si fueran poemas. Las fotografías no están prohibidas pero no me apetece poner ninguna. Es una visita tensa. Se llora. Se resopla. Se sufre. Hay desmayos que resuenan por todas las salas porque las vitrinas están forradas de metal y el cuerpo humano hace ruido al golpearlo. Al final, justo antes de devolver la audioguía, todo el que sale se encuentra con esto…

Hiroshima 2 Ese otoño en Hiroshima, donde se decía: “nada crecerá aquí en 75 años”, nacieron brotes nuevos. En el campo que volvía a la vida, entre las ruinas calcinadas, la gente recuperó las ganas de vivir y el coraje.

Las audioguías las recoge un oficial del museo. Mientras se la entregaba intentando disimular que había llorado, me pregunté cuántos corazones destrozados habría visto ese hombre, ahí de pie, extendiendo sus brazos como si fuera a dar un abrazo…

Antes de irme a Miyajima a despotricar un poco sobre los turistas del año nuevo, tengo que hablar sobre algo que me sorprendió del enfoque del museo. La mayoría de los protagonistas son niños. Alguien totalmente ignorante de lo que ocurrió podría pensar que las únicas víctimas fueron ellos. Al principio pensé que era un modo un tanto lastimero de plantear la historia, pero después de pensar un poco más se me ocurrió otro motivo algo más sutil que quizás es una tontería: los niños eran “militares” y estaban “cumpliendo con su deber” cuando tiraron la bomba. Si no hubieran estado donde no tendrían que haber estado quizá se hubieran salvado. Como otros. Quizás.

Miyajima A Willie lo conocí en Miyajima mientras huía de los turistas. Estaba en las escaleras infinitas que llevaban a un templo por las que no subí. Estuvo cariñoso, frotaba su hocico contra mí y se dejó acariciar mucho. Le hablé en español, en voz alta, lo que sorprendió un poco a los turistas. Parecía entenderme pero no quiso salir bien en las fotos. Supongo que porque no le di nada de comer.

Superada la ruptura, comí en el único restaurante de todo el viaje en el que el camarero era un estúpido. Supongo que estaba igual de harto que yo. Enfrente de mí había una familia déspota de un país asiático sin identificar acompañada de una guía japonesa. Pero yo no tenía la culpa.

No exagero si digo que no estuve en Miyajima ni dos horas. El torii del mar del santuario Itsukushima es precioso, pero los turistas del año nuevo son insoportables. Han invadido Osaka. Están por todas partes. Gritan. Arrasan. Son maleducados. Casi invasivos. Cuando monté en el ferry y vi tantos, otra vez, me desesperé. De verdad que espero que los españoles turistas no seamos considerados así en ninguna parte del mundo. Por cierto, los que aconsejan pasar la noche para disfrutar Miyajima con más calma son sabios. Yo no pude porque al día siguiente tenía una cita.

Miyajima 4

 

Lluvia negra de Masuji Ibuse

El otro día, mientras escribía sobre Flores de verano, no podía dejar de pensar en Lluvia negra. Ambas novelas tratan sobre Hiroshima y sus autores son contemporáneos, pero a diferencia de Hara, Ibuse no fue testigo de la explosión de la bomba. Su historia se nutre de los testimonios de los supervivientes y, lo más importante, sí es una novela.

Su protagonista, Shigematsu, está preocupado por su sobrina Yasuko. Han concertado su matrimonio con un chico de buena familia pero la sombra de la “enfermedad de la radiación” planea sobre el enlace. Su sentimiento de culpa provoca que Shigematsu empiece a escribir un diario. Con él quiere despejar todas las dudas sobre la salud de Yasuko y, al mismo tiempo, ofrecer su testimonio de lo que ocurrió en aquellos días de agosto.

El ritmo de la novela es lo mejor. Alterna los duros pasajes de los recuerdos de Shigematsu con fragmentos de la vida que lleva mientras lo escribe. Además hay algo diferente en el sentido del humor de Ibuse y es el efecto contrario que produce: leer cómo Shigematsu finge ser sacerdote budista una y otra vez porque no hay nadie que se encargue de darle el adiós a los muertos tal y como quieren sus familiares, si es que viven, es todo menos gracioso.

Por último, si alguien se lo pregunta después de lo de Flores de verano, no, tampoco tiene nada de bello esta novela. Solo es más humana y cálida. No pasas frío cuando la lees.

Flores de verano de Tamiki Hara

Tamiki Hara nació en Hiroshima a principios del siglo pasado. Muy interesado por la literatura, estudió en la universidad. Después se casó y, tras la muerte de su mujer de tuberculosis en 1944, regresó a su ciudad natal. El 6 de Agosto de 1945, sobrevivió.

Esta edición de Flores de verano incluye dos relatos más, De las ruinas y Preludio a la aniquilación, que conforman un todo: el antes, el durante y el después del ataque con bomba atómica a Hiroshima. Se publicó en 1947, pero durante muchos años fue una obra prohibida en Japón, sospecho que no tanto por su crudeza sino más por su crítica sibilina al gobierno y al ejército por su actuación en la Segunda Guerra Mundial. Hara intentó suicidarse en 1933, pero no lo consiguió. En 1951, deprimido por la guerra de Corea, se tiró a las vías del tren en Tokio.

Dice su contraportada: Con un lenguaje exento de florituras, durísimo, preciso y contundente, pero lleno de una hermosura casi poética… Que los publicistas me perdonen, pero no encuentro belleza ninguna en las palabras de Hara. En el preludio se muestra pausado, descriptivo, pero tras el resplandor, todo le sale a borbotones y sin orden. Es cierto que utiliza un lenguaje sencillo y crudo, pero también frío. Casi me siento culpable por decir esto, pero ser testigo de una tragedia no convierte al ser humano en escritor. No dudo que Hara fuera un gran poeta y tampoco estoy diciendo que su testimonio no sea valioso. Es solo que Flores de verano no es ni una cosa ni la otra.Es una novela. O un intento. Y le faltan todas las buenas cualidades que debe de tener una para ser de las buenas.

Para mí es un relato menor, pero es solo mi opinión. Lo que sí debería hacernos reflexionar es la manía que hay en Occidente de embutir en lo japonés la belleza. No hay nada hermoso en cuerpos calcinados, caras hinchadas, cenizas y destrucción. Nada.