Archivo de la etiqueta: Joaquín M. Barrero

Una mañana de marzo de Joaquín M. Barrero

Una mañana de marzoEn ésta no hay barrio de la Arganzuela en el que yo crecí. En ésta no hay niños huérfanos ni tampoco matadero. Solo unos enviados a Rusia en la guerra. En ésta los recuerdos compartidos no están.

En ésta hay varios olores: a tercera novela, a intento de fracasado de variar la dinámica, a desatención y a falta de edición. En ésta siguen las lecciones históricas forzadas en algo así como “lo que pasó después del Big Bang”. En ésta hay un error tan grave que oscurece todo lo bueno que alguien podría haber visto en ella: Barrero mata a un personaje en un capítulo y en los siguientes sigue vivo. ¿Quién podría seguir después de eso?

Una vez leí que Barrero escribía para palomiteros de verano y pensé que era injusto. Hoy no lo tengo tan claro porque tampoco sé con certeza que ese error sea editorial y no del manuscrito. Solo le queda una oportunidad.

La niebla herida de Joaquín M. Barrero

La niebla heridaYa no puedo fingir que es la primera novela de Joaquín M. Barrero que leo, lo que significa que ha llegado el momento de que el “resto de consideraciones” de las que hablaba cuando escribí sobre El tiempo escondido aparezcan.

Para facilitarme las cosas, voy a copiar un fragmento de lo que escribí. En cursiva lo antiguo y en letra normal lo novedoso…

La primera tiene que ver con el barrio de la Arganzuela de Madrid, barrio en el que se crió Barrero. También en el que yo crecí. En La niebla herida es un personaje más, sobre todo la zona que va desde la plaza de Legazpi hasta el Paseo de Yeserías. El matadero municipal, por ejemplo, ahora centro cultural, en mi niñez era un parque más o menos apañado al que los jóvenes íbamos a darnos el lote.

Como se puede comprobar, salvo el título no hay nada nuevo. Yo no diría que son dos novelas iguales, pero sí muy parecidas. La segunda es como un eco de la primera: el mismo detective, la misma zona de Madrid, la misma época histórica. Venezuela sustituye a Asturias y unos niños asesinados a los cadáveres de la iglesia. Esta vez no se intercalan pasajes del pasado y del presente sino que la historia se narra en orden cronológico, pero aun así todo resuena. Y no es que esté tan mal, porque los dos niños son entrañables y su historia muy triste, pero hay que ser honesto.

Y por si todo esto no fuera suficiente, hay algo más. Las lecciones de historia que en El tiempo escondido resultan entretenidas, en La niebla herida empiezan a resultar descaradas y metidas con calzador. La didáctica en una novela está muy bien, siempre y cuando no subestime al lector. Creo que hay que dejarle siempre la opción de que él investigue por su cuenta si algo le interesa y no contarle la historia del mundo desde que el universo era una gran bola de fuego.

El tiempo escondido de Joaquín M. Barrero

El tiempo escondido  Para escribir sobre El tiempo escondido voy a fingir que es la primera novela que he leído de Joaquín M. Barrero y que lo he hecho por primera vez. De ese modo evitaré tener que hablar sobre lo malo de repetirse en todo lo que uno escribe, funcione o no.

Este autor, que empezó a publicar cuando tenía más de sesenta años, tiene dos cualidades tan positivas para mí que están por encima de cualquier otra consideración literaria. La primera tiene que ver con el barrio de la Arganzuela de Madrid, barrio en el que se crió Barrero. También en el que yo crecí. En El tiempo escondido es un personaje más, sobre todo la zona que va desde la plaza de Legazpi hasta el Paseo de Yeserías. El matadero municipal, por ejemplo, ahora centro cultural, en mi niñez era un parque más o menos apañado al que los jóvenes íbamos a darnos el lote. En la de Barrero era lo que su nombre indica, el edificio de la carne. Cuando yo era niña patearse la calle era un modo de divertirse, así que, como el autor, yo también conozco cada esquina de la Arganzuela. Leer una novela en la que los lugares descritos son como tu casa es al mismo tiempo extraño y reconfortante.

La segunda es la sobresaliente capacidad narrativa de Barrero. Cuenta historias de la guerra y de la posguerra utilizando un señuelo en forma de detective del siglo XX (que se llama Corazón) al que piden que investigue la aparición de dos esqueletos en una iglesia asturiana. Siempre me han gustado las historias de la guerra. Probablemente porque he oído pocas. Mi abuela materna contaba una de una gallina que ponía huevos de oro en su pueblo de cuya veracidad dudo. Mi abuela paterna se subía a los tejados de las casas de Madrid para ver cómo “peleaban” los aviones. Pero esto solo lo sé de oídas porque cuando yo nací ella ya había fallecido. El resto es mutismo. Supongo que porque duele recordar lo que otros rememoraban. Por segunda vez, las historias de Barrero me hacen sentir como en casa. Y se lo agradezco.

El resto de consideraciones las guardo para otras novelas.