Archivo de la categoría: Novela histórica

Ars Magica de Nerea Riesco

I.

FILTRO PARA OLVIDAR UN AMOR

  • Un mechón de pelo de la persona que quiere olvidar a su amor.
  • Un trébol de cuatro hojas.
  • Una rosa roja marchita.
  • Una cinta color verde esperanza.

Preparó una pequeña hoguera y unió frente a ella todos los ingredientes anudándolos con la cinta verde, formando un atado mientras murmuraba:

Nunca la dicha me cubrió,
ave del cielo, lombriz de tierra.
Trueque te propongo,
sol en la noche, luna nueva.
Mi corazón cautivado
por una tranquila hoguera.

II.

-Mi padre siempre decía que los cobardes mueren mil veces antes de la muerte -se aventuró a contarle la mujer-, pero que los intrépidos siempre están vivos…

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1356 de Bernard Cornwell

1356Yo también me pregunto por qué no dejo de leer novelas históricas medievales si todas me parecen iguales, si no logro disfrutar ninguna. Creo que es porque, mientras espero a que cierto señor termine una historia que solía interesarme antes de que la televisión se la tragara, busco sustitutos y placebos fallidos. Pero como no funciona,1356 será la última en una larga temporada.

A su favor he de decir que 1356 no es del montón. Su autor, Bernard Cornwell, es bueno en lo que hace, sobre todo en la descripción de las batallas. La mejor parte de la novela es precisamente el desarrollo de la de Poitiers. La excusa es la búsqueda por parte de Thomas de Hookton de la espada de San Pedro, conocida como la Malice. Al parecer este hombre es un portento porque ya encontró el grial en otro libro de Cornwell del que no he podido encontrar el nombre.

Como tengo que responder con honestidad, hasta la batalla de Poitiers y con la excepción de ciertos acontecimientos que encontré interesantes, 1356 me ha aburrido muchísimo. Con este tipo de argumentos no llegaré jamás a ser crítico profesional, pero no puedo mentir. Incluso llegué a dormirme en dos o tres ocasiones. Profundamente.

El sanador de caballos de Gonzalo Giner

El sanador de caballos“La aventura de un veterinario en la Edad Media.” Subtítulo no del todo cierto. Es una aventura, sí, muy larga, de ochocientas páginas, y en la que ocurren las cosas que suelen suceder en las correrías medievales. Que transcurre en el siglo XII también es correcto, a finales, en concreto en la Reconquista, con batalla de las Navas de Tolosa incluida. Lo de veterinario es lo que me parece un truco. El protagonista, Diego de Malagón, es todavía un muchacho cuando asesinan a su padre y secuestran a sus hermanas. Por supuesto, él promete venganza, pero mientras planea cómo llevarla a cabo aprende junto a un maestro musulmán los entresijos del oficio de albéitar.

A partir de aquí, y a juzgar por el “caballos” del título, el “veterinario” del subtítulo y la imagen del equino en la portada, yo pensé, quizá de forma atrevida, que las famosas aventuras de Diego se inclinarían hacia su profesión. Al fin y al cabo, es su baza más original. Lo único de lo que podría extraerse algo de jugo. La parte que distingue a la novela de cualquier otra. Desafortunadamente no es así. Todo lo que le ocurre a Diego y que no tiene nada que ver directamente con los animales que le rodean (más de la mitad de la novela), es lo mismo que he leído decenas de veces en otras andanzas históricas medievales. En este caso, el disgusto es problema mío por el motivo del que ya he hablado otras veces: hace años tuve que leer muchas historias de ficción ambientadas en la Edad Media por razones curiosas y, desde entonces, todas me parecen más de lo mismo. El sanador de caballos prometía, sí, pero no ha cumplido.

La voz dormida de Dulce Chacón

La voz dormida De la primera vez solo recuerdo la cárcel de mujeres de Ventas, algunos fragmentos de las colas de familiares esperando a sus puertas y los encuentros entre Pepita y El Chaqueta Negra. Durante años he recomendado esta novela solo por la impresión que dejó en mí. Un rastro que iba desde la curiosidad por todos aquellos que tuvieron que callar durante la represión franquista (por eso quizá lo de la voz dormida) hasta la espera del ser amado que tantas veces había visto en la literatura, en el cine y en la televisión. Cinco años, diez, diecinueve años esperando…

La segunda vez tengo que matizar. Hay otro aspecto de La voz dormida que es importante: el lenguaje. Dulce Chacón era poetisa y, por eso, en su modo de contar la historia no duda en utilizar todos los recursos poéticos de repetición que conoce. Hay anáforas, anadiplosis, concatenaciones, derivaciones, epanadiplosis y epíforas. Constantemente. El efecto es dotar de ritmo, claro, pero uno frenético, parecido al del bombo de la lavadora, que marea pero que también introduce al que lee en los torbellinos que son las vidas de sus personajes. Un ejemplo:

Hasta que llegue la ratificación de la sentencia, las presas pasarán las mañanas en el patio intentando engañar a la tristeza. Por las tardes no será posible el engaño, porque la noche se acerca, porque se acerca la hora de las sacas, se acerca la hora en que la funcionaria puede llegar con las listas en la mano. La alegría de las mañanas caerá por las tardes con la amenaza del sonido de las listas.

No hay muchos novelistas que se atrevan a utilizar el aspecto formal de lo que escriben como un elemento más de la historia que quieren contar. Es muy arriesgado y hay que ser muy preciso. Con sus repeticiones, Dulce Chacón recurre a los sentimientos y a las emociones. Si no hubiera abusado tanto, conmigo lo habría conseguido.

 

Los asesinos del emperador de Santiago Posteguillo

Los asesinos del emperadorHay una cuenta en Twitter que se llama @antigua_roma que se dedica a contar “hechos significativos de la Historia de la Antigua Roma, contados el día que ocurrieron”. Hace poco leí el siguiente tweet: A la muerte de Trajano, se colocó bajo la columna Trajana la urna de oro que contenía las cenizas del emperador fallecido. Inmediatamente pensé que no podía ser, que Trajano todavía no había muerto y que no quería saber nada más de la historia hasta que no leyera la segunda parte de Los asesinos del emperador, Circo Máximo. Como si Trajano fuera un personaje de ficción, como si lo que cuenta la novela fuera desconocido y no algo que ocurrió hace casi dos mil años.

El mérito de ese pensamiento es de Santiago Posteguillo. Como elogio tendría que ser suficiente, pero quiero extenderme un poco más. Me ha gustado el contraste entre Domiciano y Trajano. El primero, desquiciado, cruel y gobernante por derecho heredado. El segundo, inteligente, respetado y apartado del gobierno del imperio simplemente por el hecho de no ser romano. Hasta que cambiaron las cosas, claro. Me ha emocionado la historia del gladiador Marcio, de su perro y de Alana. Me ha recordado a Aquiles. Los apéndices son un castigo para escépticos y tiquismiquis. Y para rematar, pese a que la historia de Roma ya no se estudia como antes, yo lo recomendaría como lectura adicional. Mil páginas de nada… :)

La niebla herida de Joaquín M. Barrero

La niebla heridaYa no puedo fingir que es la primera novela de Joaquín M. Barrero que leo, lo que significa que ha llegado el momento de que el “resto de consideraciones” de las que hablaba cuando escribí sobre El tiempo escondido aparezcan.

Para facilitarme las cosas, voy a copiar un fragmento de lo que escribí. En cursiva lo antiguo y en letra normal lo novedoso…

La primera tiene que ver con el barrio de la Arganzuela de Madrid, barrio en el que se crió Barrero. También en el que yo crecí. En La niebla herida es un personaje más, sobre todo la zona que va desde la plaza de Legazpi hasta el Paseo de Yeserías. El matadero municipal, por ejemplo, ahora centro cultural, en mi niñez era un parque más o menos apañado al que los jóvenes íbamos a darnos el lote.

Como se puede comprobar, salvo el título no hay nada nuevo. Yo no diría que son dos novelas iguales, pero sí muy parecidas. La segunda es como un eco de la primera: el mismo detective, la misma zona de Madrid, la misma época histórica. Venezuela sustituye a Asturias y unos niños asesinados a los cadáveres de la iglesia. Esta vez no se intercalan pasajes del pasado y del presente sino que la historia se narra en orden cronológico, pero aun así todo resuena. Y no es que esté tan mal, porque los dos niños son entrañables y su historia muy triste, pero hay que ser honesto.

Y por si todo esto no fuera suficiente, hay algo más. Las lecciones de historia que en El tiempo escondido resultan entretenidas, en La niebla herida empiezan a resultar descaradas y metidas con calzador. La didáctica en una novela está muy bien, siempre y cuando no subestime al lector. Creo que hay que dejarle siempre la opción de que él investigue por su cuenta si algo le interesa y no contarle la historia del mundo desde que el universo era una gran bola de fuego.

El tiempo escondido de Joaquín M. Barrero

El tiempo escondido  Para escribir sobre El tiempo escondido voy a fingir que es la primera novela que he leído de Joaquín M. Barrero y que lo he hecho por primera vez. De ese modo evitaré tener que hablar sobre lo malo de repetirse en todo lo que uno escribe, funcione o no.

Este autor, que empezó a publicar cuando tenía más de sesenta años, tiene dos cualidades tan positivas para mí que están por encima de cualquier otra consideración literaria. La primera tiene que ver con el barrio de la Arganzuela de Madrid, barrio en el que se crió Barrero. También en el que yo crecí. En El tiempo escondido es un personaje más, sobre todo la zona que va desde la plaza de Legazpi hasta el Paseo de Yeserías. El matadero municipal, por ejemplo, ahora centro cultural, en mi niñez era un parque más o menos apañado al que los jóvenes íbamos a darnos el lote. En la de Barrero era lo que su nombre indica, el edificio de la carne. Cuando yo era niña patearse la calle era un modo de divertirse, así que, como el autor, yo también conozco cada esquina de la Arganzuela. Leer una novela en la que los lugares descritos son como tu casa es al mismo tiempo extraño y reconfortante.

La segunda es la sobresaliente capacidad narrativa de Barrero. Cuenta historias de la guerra y de la posguerra utilizando un señuelo en forma de detective del siglo XX (que se llama Corazón) al que piden que investigue la aparición de dos esqueletos en una iglesia asturiana. Siempre me han gustado las historias de la guerra. Probablemente porque he oído pocas. Mi abuela materna contaba una de una gallina que ponía huevos de oro en su pueblo de cuya veracidad dudo. Mi abuela paterna se subía a los tejados de las casas de Madrid para ver cómo “peleaban” los aviones. Pero esto solo lo sé de oídas porque cuando yo nací ella ya había fallecido. El resto es mutismo. Supongo que porque duele recordar lo que otros rememoraban. Por segunda vez, las historias de Barrero me hacen sentir como en casa. Y se lo agradezco.

El resto de consideraciones las guardo para otras novelas.