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La restauradora de Amanda Stevens

La restauradora¿Sabéis lo mejor de las novelas románticas de serie B (o A) con portadas casi pornográficas y argumentos eróticos? Que no pretenden hacerse pasar por algo que no son. Por tanto, se puede cuestionar su calidad pero no su honestidad. Y quién sabe, quizá haya alguien en estos momentos que esté escribiendo una obra maestra sobre una mujer llamada Jimena Alonso que perdió la cabeza por leer muchas novelas románticas…

La restauradora, por el contrario, es pretenciosa, presuntuosa y mentirosa. La protagonista, que se llama Amelia Gray, vive en Charleston (lo mejor de la novela), se dedica a restaurar cementerios (porque solo las tumbas no hubiera tenido tanto caché) y ve fantasmas desde que era niña. Un día, la policía le pide ayuda para solucionar un caso y el detective con el que tiene que colaborar se llama John Devlin. Sí, sí, su nombre es importante. ¿Cómo es el protagonista masculino de una novela que toma el pelo? Oscuro, atormentado, perseguido por fantasmas (en este caso, en sentido literal), irresistible y de nombre John. Amelia, que es una pazguata santurrona sin asomo de vergüenza, lo único que desea es que el tal John Devlin le introduzca el pene hasta lo más profundo. El resto es solo una excusa muy mala.

“Cada cementerio esconde una historia. Cada tumba, un secreto.” Eso es lo que dice la portada. Y yo añadiría: “cada diecinueve euros, un inocente”.

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Ecos del pasado de Diana Gabaldon

El sábado por la noche una amiga y yo discutíamos acerca del motivo por el que las novelas-río existen. Ella sostenía que ciertos escritores tienen esa estructura en mente antes de escribir la novela y yo, incrédula, argumentaba que cuanto más éxito tiene la primera, más posibilidades tiene la editorial de alargar la historia hasta el infinito, y de paso, forrarse de billetes los abrigos.

La realidad creo que es una mezcla de las dos posiciones: el autor puede tener en mente una novela estructurada en varias partes y, al mismo tiempo, utilizar mucha paja para estirar el “fenómeno literario de todos los tiempos”.

Ecos del pasado de Diana Gabaldon es paja en un noventa por ciento. Solo en las cien últimas páginas “ocurre algo”. Pero tiene mil. Es la séptima entrega y sin ningún viso de terminar. (Por cierto, la edición de Planeta de la foto se ha comido unas noventa páginas y otras cincuenta están descolocadas. Error de impresión.) Cenizas al viento, la anterior, ya empezaba a preocupar, pero lo de ésta ha sido escandaloso.

No soy muy aficionada a la novela romántica así que desconozco si esto es lo habitual. Una vez lo intenté con una de una autora llamada Lindsay, creo recordar, pero todos los clichés del género me sobrecargaron. La historia de Diana Gabaldon también los tiene, claro. Una mujer fuerte, especial y con los ojos casi amarillos. Un escocés de las Tierras Altas pelirrojo, hermoso y valiente. Una persona sensata huiría de este tipo de literatura. Pero tiene sus virtudes también: el toque de ciencia ficción con viaje en el tiempo incluido, el realismo histórico y la ironía de Claire.

El problema es que hablar de la séptima entrega para explicar por qué es paja implicaría destripar todas las anteriores y no quiero hacer eso. Así que para terminar diré que la sensación que me deja esta novela es de cansancio porque la historia no avanza en dos mil páginas y porque autora, editorial o ambos juegan con el enganche del lector. Una pena.