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El árbol de la vida de Ross Lockridge

El árbol de la vida  Seré muy breve. El domingo pasado llegué a la página número cien y el libro se descuajaringó. Es bastante antiguo, bastante ajado, con las líneas muy juntas, algunas letras borradas, las páginas muy amarillentas… tenía que descifrarlo más que leerlo. Cuando me quedé con una parte en la mano izquierda y la otra en la derecha mientras centenares de páginas volaban por la habitación me di cuenta de que no era una novela para mí. Y la abandoné.

Cuando no sé qué decir sobre una novela que no me ha gustado, suelo documentarme sobre el autor, su vida, el contexto histórico y si ha habido filmografía. Ayer por la tarde descubrí que la película El árbol de la vida protagonizada por Elizabeth Taylor y Montgomery Clift está basada en esta novela. En uno de mis arranques de pasión por la guerra civil estadounidense la vi, y el protagonista me pareció difícil de sufrir. La novela la compré por recomendación digital y en cien páginas he sido incapaz de relacionar la una con la otra. Ni siquiera he llegado al meollo del asunto. Lo único que puedo decir es que me harté de tanto bucolismo y de tanta lentitud. Ha sido como leer poesía inglesa del siglo XVI sin lo más importante, la poesía.

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Raíces de Alex Haley

  Hay dos formas de enfocar esta novela: como un relato fiel de hechos acontecidos durante siete generaciones de afroamericanos o como la historia del esclavo Kunta Kinte, mandinka, de la aldea de Juffure, en Gambia, raptado mientras buscaba un tronco para fabricarle un tambor a su hermano pequeño. Pueden parecer iguales, pero no lo son.

Como relato histórico es impecable. Alex Haley, descendiente de Kunta Kinte, rastreó a su antepasado en todos los documentos que pudo y todo lo que encontró está plasmado en la novela. Desde la vida en África en el siglo XVIII hasta el sufrimiento de los afroamericanos en el siglo XX, pasando por las rebeliones de esclavos y por la guerra de secesión.

Como historia de ficción, a mi entender, es algo deficiente. Primero, porque después de trescientas páginas de Kunta Kinte éste desaparece del mapa para no regresar jamás. La última vez que sabemos algo de él es cuando se despide de su hija Kizzy, vendida a otro amo sin piedad. Aunque entiendo que el objetivo de Haley era ser lo más fiel posible a los hechos reales, y que por tanto desconocía qué fue de Kunta Kinte después de la separación, me sorprende que abandonara así al mejor personaje de su historia: al mejor dibujado, repasado y coloreado.

Y segundo, porque el deseo de saber qué pasó con Kunta Kinte es lo único que mantiene al lector atento en las siguientes doscientas páginas, que no son más que una enumeración de hechos protagonizados por personajes cada vez más planos y abstractos. Las generaciones vuelan en estas páginas.

En conclusión, tal y como Haley confiesa en las últimas páginas en las que cuenta cómo concibió la novela, su intención no era la de crear una historia de ficción sino la de rellenar huecos históricos con lo que él sentía que pasó cuando Kunta Kinte, africano, fue raptado mientras buscaba un tronco para fabricarle un tambor a su hermano…

La gran marcha de E. L. Doctorow

  La gran marcha es la del ejército de la Unión desde la caída de Atlanta hasta la rendición del general confederado Lee en Appomattox, Virginia, que supuso el final de la guerra civil norteamericana. He intentado buscar periódicos de la época para ilustrar una de mis sensaciones, pero obviamente en aquellos tiempos el periodismo no era tan inmediato como el de ahora. Se publicaba un semanario, el Harper´s Weekly, repleto de ilustraciones pero, como digo, no sirve a mi propósito.

Si esta guerra estuviera ocurriendo en estos momentos, todos conoceríamos al detalle los movimientos de ambos ejércitos. Habría análisis de las estrategias militares, fotos de cientos de esclavos liberados siguiendo al ejército unionista y cifras de víctimas y de heridos al instante. Quizá, como en la novela, el general Sherman obtendría un perfil completo y algo más de atención, pero también críticas muy duras por dejar escapar al general Johnston. De lo que no sabríamos nada hasta mucho después, o quizá nunca por su escaso interés informativo inmediato, sería de Pearl, la esclava blanca hija del amo, de las señoras sureñas desquiciadas porque lo han perdido todo, del médico militar Sartorius, del soldado con la púa en el cerebro o de Archy, el traidor loco.

En realidad, no hay nada que distinga a esta guerra de otras en la novela. Y quizá sea solo una sensación mía, pero el desprecio con el que Doctorow abandona a los personajes a su suerte después de centrarse en ellos solo durante unas páginas (incluso al gran general Sherman), sea una forma de decirnos que solo son una parte, que hay más en la gran marcha que también podrían ser protagonistas de novelas y que, sí, las guerras son mierdas destrozavidas.

Un general confederado de Big Sur de Richard Brautigan

Qué ignorante…

El título, Un general confederado de Big Sur. ¿General confederado? Bien, me gusta el tema. ¿Big Sur? No sé dónde está. Y mi mente en español traduce automáticamente sur por “south” cuando debería haber sido al revés. ¿Richard Brautigan? Tampoco sé quién es. Pero no supone ningún problema: descubrir a un autor nuevo siempre es estimulante. ¿La portada? Coincidía con confederado y sur… salvo por dos detalles que no vi: la furgoneta verde y el cactus.

Una vez en mis manos me extrañó que no tuviera algunas páginas más; demasiado corta para ser una novela. Y empecé a leer. Mientras me metía en la historia de Jesse y Lee Mellon y sus andanzas por Big Sur, su historia con las ranas y los caimanes, la furgoneta, la gasolina, Roy Earle, el Pacífico, la guerra civil norteamericana, el absurdo y los millones de finales, me regañé por mi falta de criterio a la hora de elegir una lectura y por mi ignorancia. Al fin y al cabo, Richard Brautigan es un escritor bastante conocido, de culto dirían algunos. Debería haberme sonado su nombre. Un poquito.

No es un autor cualquiera. Pese a que yo me quedo con Rinoceronte de Ionesco aunque solo sea por razones académicas, Brautigan tiene su valor. Tiene la habilidad de mezclar un poema de Walt Whitman con un loco chiflado que toca un “tambor” porque no sabe donde están los demás. Por ejemplo.

Nunca se sabe pero quizá vuelva a encontrarme con Brautigan aunque no tenga intención. El absurdo llama al absurdo.