Archivo de la categoría: Biografía

Lorca y el mundo gay de Ian Gibson

Lorca y el mundo gayA continuación mi interpretación de la investigación de Ian Gibson sobre la homosexualidad de Lorca y cómo ésta influyó en su obra y en su entorno: los que niegan que fuera gay (familia, algunos amigos, otros poetas y “otros” en general), o bien son unos homófobos o unos homosexuales podridos dentro de sus armarios, como Dalí, Buñuel, Martínez Nadal y más otros. Así es cómo se divide el mundo en Lorca y el mundo gay. Divertido, ¿eh?

Pero hay algo aún peor y es que Gibson se empeña en que su interpretación de la poesía de Lorca es la única válida. Se apodera de sus versos y no acepta otro análisis que no sea el de “Lorca era homosexual, homosexual y homosexual”. Qué injusto para el poeta y para su obra.  Qué reducido queda todo así. Qué triste. Y qué capacidad extraordinaria la del irlandés que sabe en todo momento lo que pensaba Lorca al escribir sus poemas.

De verdad que me cuesta creer que la obra de Lorca sea incomprensible si se ignora que era homosexual. O que quede incompleta. A mí sinceramente me importa un carajo. Homosexual no es todo lo que Lorca era. Ni su obra. Qué manía de decirle a la gente lo que tiene que pensar, lo que debe interpretar y el camino que debe seguir. Si Federico de verdad quería ser libre, ¿lo leal no es que cada uno entienda lo que buenamente quiera?

Para que el lector nazca, el autor debe morir. Roland Barthes, ídolo.

 

Last Night at the Viper Room de Gavin Edwards

Last Night at the Viper RoomEn mi recuerdo perturbado: la noticia de su muerte (un 31 de Octubre) recortada en una playa. Mucho después: el Chris Chambers de Cuenta conmigo, la maravillosa La última apuesta, la melena rubia de Indiana Jones y la última cruzada y el VHS rayado de Esa cosa llamada amor. Su ojo pipa.

En la biografía: el dato curioso de que Alfonso Sáinz, uno de los miembros de Los Pekenikes, le regaló su primera guitarra. La confirmación de que apenas fue al colegio por su infancia itinerante. La absurda comparación con otros actores de su generación. La velada insinuación de la posible causa de su adicción a las drogas: el manido “estaba jodido”. La crítica acertada a la familia por tratar su muerte como algo celestial.

En mí: nada ha cambiado, solo sé algo más del color del envoltorio pero sigo sin ver lo que hay dentro. Y lo que es peor, sigo sin saber por qué me importa.

Yo soy Malala de Malala Yousafzai

Yo soy MalalaDudo. No sé si escribir sobre lo que realmente pienso sobre Yo soy Malala o ahorrármelo y seguir la corriente de los elogios a la buena causa. Creo que primero haré lo último y después lo primero. Malala es una adolescente del valle del Swat, en Pakistán. Su infancia transcurrió entre el acoso de los talibanes, la presencia del ejército y su deseo de que todas las mujeres pudieran recibir una educación. Hace dos años un terrorista se coló en el autobús que la llevaba al colegio y le disparó dos tiros a quemarropa. Desde su recuperación Malala se ha convertido en una “activista” por el derecho de las mujeres a recibir una educación. Su causa es intachable. La parafernalia no tanto.

En cuanto al libro, antes de leerlo hay que repetirse diez veces que está escrito por una mujer muy joven. Muy, muy joven. Luego hay que pensar en que una periodista británica ha colaborado. Después hay que seguir pensando en la cantidad de paja que hay que soportar en un libro de este estilo y, por último, hay que fijarse en el título: Yo soy Malala. Nombre propio en el título. Mujer joven que se siente especial (siempre he pensado que Crepúsculo es una malísima influencia), a la que siempre le han dicho que era distinta y que el atentado finalmente acabó por convertir en alguien singular. A veces está tan pagada de sí misma que dan ganas de triturar el libro.

Ojalá su causa tenga éxito.

Cleopatra de Joyce Tyldesley

Cleopatra  La imagen de Cleopatra VII que perdura entre nosotros es el resultado de una mezcla de intereses políticos, artísticos, religiosos y propagandísticos. El primer manipulador fue Octavio (Augusto):

 César, el padre adoptivo que le concedió a Octavio su derecho a gobernar, sería recordado con respeto como un hombre valiente y correcto que manipuló a una mujer extranjera e inmoral en su propio beneficio. En cambio, Antonio, el rival de Octavio, sería recordado con una mezcla de piedad y de desprecio, como un hombre valiente pero fatalmente débil, apresado sin remedio por las cadenas de una mujer extranjera e inmoral.

Extranjera e inmoral son la clave. Como dice la autora, era preferible para Octavio ser recordado como alguien que luchaba contra extranjeros que como un aniquilador de ciudadanos respetables (romanos). Los siguientes en la lista son los historiadores que incluyeron a la reina en sus estudios: Plutarco, para el que Cleopatra era una mujer manipuladora, Dión Casio, para el que además era fatal, y Flavio Josefo, para el que era antirromana y antijudía.

Cuando Egipto se aisló de Occidente, éste perdió a la Cleopatra “sabia, filósofa, experta en medicina, magia y cosmética”. Más tarde llegó Shakespeare, que lo acabó de liar todo, ya que por motivos que se desconocen algunos expertos consideraron (y consideran) sus obras como fuentes históricas y, en el siglo XX, el cine terminó de perfilar su imagen de mujer hermosa, erótica, manipuladora e inmoral.

Como siempre, lo que intenta Joyce Tyldesley a través de la biografía de Cleopatra VII es demostrar que no hay pruebas de que Cleopatra fuera lo que hoy entendemos por bella, que lo más probable es que su interés por los romanos poderosos, más que erótico, fuera político y dedicado a la supervivencia de Egipto, y que sus supuestas tretas manipuladoras e inmorales no eran mucho peores que las de los ciudadanos respetables (romanos, otra vez). Y como siempre, el espíritu divulgador de su obra, con estudios muy meticulosos sobre el arte ptolemaico y la figura de Cleopatra, es encomiable, aunque directamente proporcional al interés que la reina despierte en el lector. (En el mío no hay tanto como pensaba. Al parecer, cuanto más antigua sea la historia egipcia, más me atrae.)

Winston Churchill (Volumen I) de Roy Jenkins

Winston Churchill  Solo tengo el primer volumen. Había pensado en esperar hasta leer el segundo antes de escribir algo sobre esta biografía, pero como no sé si eso será posible algún día (no lo tengo), al final he preferido hacerlo en dos partes.

En esta primera, la conclusión más importante que hay que extraer es que se trata de una biografía de un político escrita por otro político, lo que significa que leemos un extenso recorrido por la trayectoria de Churchill en la Cámara de los Comunes, muchísimas cartas que él escribía a otros políticos y algunas en las que otros (políticos también) hablaban de él y un análisis esmerado de su capacidad… política (y de su brillantez). Por supuesto que Jenkins habla de su infancia, de su matrimonio, de sus hijos, de sus aficiones y de sus vacaciones, pero dado que Churchill no dejaba casi nunca de trabajar, habría resultado grosero que una biografía suya priorizara otra cosa que no fuera precisamente eso: su entrega absoluta a la política.

La idea que yo tenía de Churchill antes de leer este primer volumen (que termina en 1939) era similar a la que tengo de cualquier superhéroe: sesgada, basada en el brillo del contraste entre el blanco y el negro de las imágenes de televisión, muy ignorante y superficial. Después de haberlo leído, lo que más me ha sorprendido es saber que Winston Churchill no era un político perfecto. Cometió muchos errores. De juicio y de peso, sobre todo en la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, siempre se sobreponía.

Estoy deseando leer las cartas de sus adversarios cuando sea nombrado Primer Ministro.

 

Kate de William J. Mann

Kate  No es esta una biografía que precisamente ensalce la figura de Katharine Hepburn. Ni como actriz ni como persona. El autor lo advierte en el prólogo: no es un fan de la actriz ni tampoco fue su amigo. Es solo un “reportero e historiador cultural”. Como reportero, su labor en esta historia es desmitificar a Katharine Hepburn, convertirla en un ser humano egoísta, mentiroso y que vivió mostrando una doble cara durante toda su vida. Como historiador cultural, imagino que su intención es la de demostrar que todo el entorno de Hepburn, incluidos Spencer Tracy y la propia actriz, era homosexual. Algo tan absurdo como considerar que todo el mundo es heterosexual.

Yo tampoco soy fan, ni amiga, ni reportera ni “historiadora cultural”. Solo sentía curiosidad. Pero hasta cierto punto. Me importa un bledo con quién se acostaba Katharine Hepburn y todos los juicios de valor que emite William J. Mann sobran, sobre todo, cuando se basan en testimonios de fuentes sin nombre y del tipo “un amigo con conocimiento sobre el tema”.

Pero no todo ha sido malo. Descubrí una polilla. La de James Thurber. Ese animal siempre ronda por mis relatos sin terminar y siento curiosidad por saber cómo es su enfoque. Pronto sabré más.

Hitler de Ian Kershaw

Hitler  Mentiría si dijera que ha resultado ser una biografía fácil de leer. La primera parte, la que abarca la vida de Hitler desde su nacimiento hasta el año 1936, casi acabó con mi paciencia. Por dos motivos. Por la textura de sus páginas, similares a las de una Biblia, que a su vez provocaba que me encontrara en una espiral acompañada de un chiflado egocéntrico cuyas ínfulas parecían no tener fin. Cuando la terminé estaba tan cansada del dictador que me tomé unos meses de descanso.

Al empezar la segunda parte todo me resultó más fácil. Quizá porque tenía más conocimientos de la Segunda Guerra Mundial que de la anterior y del período de entreguerras. Quizá porque las páginas no eran bíblicas. Quizá porque leer acerca de la caída de un ser así es mucho más aliviador que hacerlo sobre su ascenso.

No soy historiadora, así que hay muchas cosas de esta biografía que me han sorprendido. La primera, que Hitler era un vago que vivió del cuento durante mucho tiempo. La segunda, que era un cafre. Un imbécil paranoico que no fue capaz de delegar nunca y que se metía en asuntos militares hasta el punto de matar a muchos de sus subordinados, los mismos que le idolatraban y que trabajaban siempre “en su dirección”. La tercera, que el Tercer Reich fue un desastre administrativo. La cuarta, que hubo más oposición a Hitler de la que yo creía. La quinta, que Hitler sí sabía lo que se hacía en los campos de concentración y que dio su autorización. La sexta y última, que Franco sí quiso participar en la Segunda Guerra Mundial pero que sus condiciones fueron rechazadas por Alemania. En conclusión, una biografía reveladora.

No ha habido nunca en la historia una destrucción comparable (física y moral) asociada al nombre de un solo individuo. El que la destrucción tuviese raíces mucho más profundas y causas mucho más hondas que los objetivos y las acciones de este único individuo ha quedado claramente expuesto en los capítulos precedentes. El que las profundidades hasta entonces inéditas de inhumanidad en que se sumergió el régimen nazi pudiesen contar con un amplio margen de complicidad a todos los niveles de la sociedad ha quedado también demostrado. Pero el nombre de Hitler representa siempre justificadamente el del instigador jefe del hundimiento más profundo de la civilización en los tiempos modernos. La forma extrema de gobierno personal que se permitió que adquiriese y ejerciese un demagogo de cervecería de escasa formación, un patriotero racista, un narcisista megalómano que se proclamó él mismo salvador de la patria, en un país moderno, econónicamente avanzado y culto, famoso por sus filósofos y por sus poetas, fue absolutamente decisiva en el terrible despliegue de los acontecimientos que se produjeron en aquellos doce años fatídicos.

Afortunadamente, no llegó a “salvar” su patria. Imbécil cobarde.