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El árbol de la vida de Ross Lockridge

El árbol de la vida  Seré muy breve. El domingo pasado llegué a la página número cien y el libro se descuajaringó. Es bastante antiguo, bastante ajado, con las líneas muy juntas, algunas letras borradas, las páginas muy amarillentas… tenía que descifrarlo más que leerlo. Cuando me quedé con una parte en la mano izquierda y la otra en la derecha mientras centenares de páginas volaban por la habitación me di cuenta de que no era una novela para mí. Y la abandoné.

Cuando no sé qué decir sobre una novela que no me ha gustado, suelo documentarme sobre el autor, su vida, el contexto histórico y si ha habido filmografía. Ayer por la tarde descubrí que la película El árbol de la vida protagonizada por Elizabeth Taylor y Montgomery Clift está basada en esta novela. En uno de mis arranques de pasión por la guerra civil estadounidense la vi, y el protagonista me pareció difícil de sufrir. La novela la compré por recomendación digital y en cien páginas he sido incapaz de relacionar la una con la otra. Ni siquiera he llegado al meollo del asunto. Lo único que puedo decir es que me harté de tanto bucolismo y de tanta lentitud. Ha sido como leer poesía inglesa del siglo XVI sin lo más importante, la poesía.

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El lector de Julio Verne de Almudena Grandes

  Me lo regalaron. Creo que no lo habría leído de no ser así. No porque Almudena Grandes no sea una buena escritora (lo desconozco), sino porque la guerra civil española es una herida de más de setenta años que muchos se empeñan en no dejar cicatrizar y leer novelas sobre ella es como retirar tiras de piel podrida.

El lector de Julio Verne no transcurre durante la guerra civil, sino en la posguerra, pero como indica el subtítulo de “episodios de una guerra interminable”, para los perdedores la lucha duró cuarenta años. El protagonista, Nino, es el hijo de un guardia civil que trabaja en la sierra de Jaén. Como es pequeño y quizá no dé la talla para ser como su padre, éste decide que para labrarse un futuro quizá lo mejor sea que aprenda a escribir a máquina. La profesora elegida es una de los perdedores, una mujer con una biblioteca enorme de la que Nino se beneficia todo lo que puede. Y así, no solo disfruta de las aventuras creadas por Julio Verne, también descubre la verdad que yace bajo la tensa e interminable situación que se vive en su pueblo.

A mí no me molesta la sutil aunque evidente simpatía de la autora hacia uno de los bandos. Tampoco los blancos, los negros ni los grises disfrazados. Una novela no tiene por qué ser ecuánime, ni justa, ni verdadera. Ni ser científica aunque trate sobre historia. Es, primero lo que el autor quiere que sea y después lo que el lector interpreta. Y así está bien.

Lo que sí me ha disgustado es la forma en la que está escrita. El narrador, Nino, empieza contando su encuentro con Pepe el Portugués (el personaje más interesante de toda la historia) con nueve años. Pero habla y piensa como un adulto. En realidad, no es así del todo pero tiene un truco que no acaba de gustarme. Me explico. Se supone que Nino, ya adulto, le está contando la historia a la escritora. Por eso el lenguaje elaborado no sorprende. Pero sí pierde el sentido cuando el Nino adulto explica cómo se sentía el Nino niño, algo inverosímil y extremo. Con esa edad, por muy maduro que sea un niño, es imposible que haya perdido toda la confusión y que todo lo perciba con la claridad de un abuelo.

Antes he dicho que el autor puede hacer con su novela lo que quiera, faltaría más, pero esta incongruencia me ha despistado tanto que la historia, que para muchos puede ser emotiva, a mí me ha dejado indiferente. Porque no me la creo. Porque el hecho de que Nino no hable con sus palabras de entonces me hace pensar que alguien adulto ha manipulado la historia, que me han engañado. Al fin y al cabo, el lector siempre interpreta.

Los girasoles ciegos de Alberto Méndez

 Los cuatro relatos de este libro tienen el mismo nombre propio: derrota. Los apellidos son diferentes, Si el corazón pensara dejaría de latir, Manuscrito encontrado en el olvido, El idioma de los muertos y Los girasoles ciegos. Mi favorita es la primera derrota, la historia de un capitán que se entrega al ejército perdedor justo el día de la rendición de Madrid en la guerra civil porque considera que los vencedores son unos usureros. La segunda, al año siguiente, es el diario de un joven que se oculta de sus perseguidores con el cadáver de su mujer y con su bebé recién nacido. La tercera, tras otro año más, cuenta la decisión de un joven preso de mentir a un coronel vencedor para salvar la vida. La cuarta, en 1942, es la historia de un niño cuyo padre vive escondido en el armario de su casa y de un religioso cargado de lujuria. En algún momento las cuatro se rozan, pero solo por las esquinas.

Las cuatro son tristes. Las derrotas siempre lo son para los vencidos. Han pasado más de setenta años desde el final de la guerra y, pese a que muchos todavía se empeñan en mantener aquellas diferencias y en dividir a España en dos, Alberto Méndez no lo hace. Es cierto que sus cuatro protagonistas pertenecen al bando republicano, pero también lo es que los vencedores no son ogros malvados. Sus historias podrían figurar perfectamente en las vidas de muchos españoles. Y algo que me parece más importante: la naturalidad con la que narra, sin vericuetos, hace imposible lo que tanto nos gusta hacer cuando hablamos de los bandos de la guerra, el “y tú más”. Desde fuera siempre nos dicen que no hemos cerrado las heridas de la guerra. Desconozco el porqué, pero sí me doy cuenta de que los motivos políticos fueron solo una excusa para amargarle la vida al vecino, al amigo y al hermano para muchos. Alberto Méndez, a través de las palabras de Carlos Piera en la introducción a la antología poética de Tomás Segovia, lo explica perfectamente:

Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido. En el caso de una tragedia requiere, inexcusablemente, la labor del duelo, que es del todo independiente de que haya o no reconciliación y perdón. En España no se ha cumplido con el duelo, que es, entre otras cosas, el reconocimiento público de que algo es trágico y, sobre todo, de que es irreparable. Por el contrario, se festeja una vez y otra, en la relativa normalidad adquirida, la confusión entre el que algo sea ya materia de historia y el que no lo sea aún, y en cierto modo para siempre, de vida y ausencia de vida. El duelo no es ni siquiera cuestión de recuerdo: no corresponde al momento en que uno recuerda a un muerto, un recuerdo que puede ser doloroso o consolador, sino a aquel en que se patentiza su ausencia definitiva. Es hacer nuestra la existencia de un vacío.

Duelo es la palabra que mejor define las historias de Alberto Méndez.

Donde nadie te encuentre de Alicia Giménez Bartlett

A la hora de comprar un libro me guío por la intuición. No suelo leer muchas sinopsis, no leo ninguna crítica. Normalmente me atraen los temas, ciertos autores y, tonta de mí, si la novela ha ganado algún premio prestigioso. Para ver como está el cotarro, principalmente.

De Donde nadie te encuentre me atrajo, primero, el tema: un psiquiatra francés y un periodista catalán emprenden la búsqueda de la Pastora, una maquis transexual acusada de muchos crímenes escondida en los parajes áridos de la España profunda de los años 50. Segundo, el aval del premio Nadal (valga la rima). Y con eso me conformé.

Pastora/Teresa/Florencio Pla es un personaje real. El psiquiatra y el periodista, no. Y ahí empieza el desastre. La narración de la Pastora es en primera persona. En cursiva, breve pero concisa, conmovedora y triste. La historia de los otros es en tercera persona. No son creíbles, son estereotipos. Doctor francés remilgado al que la dureza de la España negra conmueve. Periodista español, de los cincuenta, muerto de hambre, borde, pero de gran corazón. Su historia no avanza porque algunos autores creen que la paja es algo fundamental para publicar un libro. Y eso la convierte en una mala novela.

Escribir sin decir nada se ha convertido en un arte y por eso creo que esta novela se llevó el premio Nadal. No hay otra explicación posible.

El valle de las sombras de Jerónimo Tristante

Lo mejor de haber leído esta novela es que, cuando alzaba la vista, a lo lejos, veía el Valle de los Caídos, lugar en el que se desarrollan todos los hechos. Me sentía como esos escritores de relatos viajeros que, para empaparse del contexto, se sientan en un banco enfrente de cualquier monumento a leer lo que otros antes que ellos habían escrito tras pasar por allí.

Lo bueno de esta novela es que Tristante no se mete en política. Pese a que los dos protagonistas son militares y a que ambos lucharon en bandos distintos en la guerra civil, los presenta como a hombres destrozados por las circunstancias, lo que impide que el lector defienda al más cercano a sus ideas políticas.

Lo malo de esta novela es que lo único negro que tiene es lo que ocurrió en Cuelgamuros. Los caídos no fueron solo los de la guerra sino los que murieron allí picando piedra. Pero la trama es pobre y solo una excusa para todo lo demás.

Lo peor de haber leído esta novela es que hace que me pregunte qué es lo que pasa por la mente de los editores antes de publicar este tipo de relatos. No por su temática, sino por su calidad, claro. Y no es la primera del autor, lo que también hace que me pregunte cómo serán las demás. Y, por último, me pregunto si no seré demasiado dura con el resultado de una tarea que sé lo que cuesta emprender y terminar.