Archivo de la categoría: Memorias

Lady Sings the Blues de Billie Holiday

I.

Señor McKay – dije a mi marido -, hoy has recibido una lección. Alguna gente es gente y otra gente no lo es. Ese hombre no es gente.

II.

La droga nunca ayudó a nadie a cantar mejor, ni a tocar mejor, ni a hacer nada mejor. Te lo dice Lady Day. Si alguna vez alguien trata de convencerte de que la droga ayuda, pregúntale si cree saber sobre la droga algo que Lady Day no sepa.
Creo que el hecho de engancharme mató a mi madre. Al menos contribuyó, sin duda. Y pienso que si un hijo mío se enganchara, me mataría. No tengo coraje para ver a otro soportar las torturas que soporté para curarme y mantenerme sana.
Lo único que la droga puede hacer por ti, es matarte… lenta y duramente. Y al mismo tiempo puede matar a la gente que quieres. Esta es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Pero mentía…

Open de Andre Agassi

OpenTranscritas. Agassi habló y habló durante horas, o días, no lo sé. Todo lo que dijo se grabó, se transcribió, se seleccionó, se pulió y se publicó. La voz transcrita es lo que distingue Open de otras memorias. Porque es como si Agassi eligiera a cada uno de los lectores personalmente para contarles su historia. La honesta. La real. La del tenista un poco chulo. La del hombre complejo y frustrado. Pero leal. Y muy tierno. Por absurdo que parezca sus recuerdos responden preguntas. Al menos una.

Hay algo que siempre me ha costado mucho entender en los demás: el desperdicio de talento. Muchas veces me he preguntado en qué estaba pensando mi persona talentosa para perder de forma absurda tantas oportunidades de hacerse grande. De todas las explicaciones posibles, la que nunca se me pasó por la cabeza fue la que tenía que ver con el odio. Supongo que por simpleza. “¿Cómo va a odiar su don, eso que le distingue del resto, eso que inspira?” A veces no doy más. Tenis y odio siempre van juntas en los recuerdos de Agassi. Sigo sin entender el porqué pero al menos sé que hay otros mundos más complejos que los del blanco y el negro.

He pensado mucho sobre estas memorias en estos días, mientras las leía y después. Sabía quién era Agassi pero nunca le seguí. He buscado videos, he leído críticas y mi buena sensación sigue intacta. Ha sido un descubrimiento. Una amiga me dijo que cuando se publicó, Open causó mucha polémica porque Agassi cuenta que jugó dopado y que la autoridad tenística lo pasó por alto. Me enseñó un artículo en el que a los tenistas más grandes de todos los tiempos se les llenaba la boca criticándole. Yo todavía no había llegado a esa parte, pero ahora sé que no habían leído el libro. De haberlo hecho, no habrían dicho las tonterías que dijeron.

De todas maneras, qué mezquindad. Andre Agassi se desnuda por completo en sus memorias, se frota con esponja de esparto, nos enseña las heridas, nos da una lección y a nosotros solo nos preocupa la marca del jabón…

No soy ese tipo de chica de Lena Dunham

NosoyesetipodechicaNo sé cómo enfocar esto. No he visto la serie Girls. Tampoco tengo intención de verla ni la tenía antes de leer el libro de Lena Dunham. Ni siquiera sabía quién era esta mujer. No tenía ni idea de su prestigio como guionista, directora, actriz y no sé cuántas cosas más. Decidí leer No soy ese tipo de chica por un comentario que leí que decía que era diferente. Lo empecé en un avión y lo tuve que dejar después de dos páginas porque no podía concentrarme en lo que Lena quería contarme sobre todo lo que había aprendido en sus veintinueve años de vida. Entonces pensé que era por los nervios del viaje. Hoy creo que no.

Lo que voy a decir puede o no puede tener dos interpretaciones. Una puede ser la literal y otra puede ser la que introduce todo lo negativo en un plano de la percepción no apto para todos los públicos. Por ejemplo, si digo que No soy ese tipo de chica es un libro tan desordenado que a veces se convierte en un texto muy difícil de seguir, puede significar exactamente eso o puede implicar que ese desorden es más importante para un genio que escribir para ser comprendido. Si digo, muy desconcertada, que no sé qué es eso tan importante que Lena ha aprendido en su corta vida. Si estoy convencida de que en realidad no existe ningún propósito. Si me atrevo a insinuar que la vida pintoresca, atolondrada y a veces tierna de esta chica no resulta tan interesante, puede que tenga razón o simplemente puede que se trate de lo de siempre: el conocimiento supremo que a muchos nos está vedado.

Si la serie es igual, y sospecho que así es, otra sorpresa más que añadir a mi colección.

Servicio completo de Scotty Bowers

Servicio completoScotty Bowers es un hombre muy desinhibido sexualmente y quizá por eso su relato no sea apto para todos los públicos adultos. Al principio de sus memorias intercala fragmentos de su infancia con los inicios de lo que acabó siendo un servicio de citas muy extendido en Hollywood. Después se centra más en sus aventuras de cada década, con nombres, apellidos, preferencia sexual y detalles íntimos de actores, actrices, nobles, artistas y cualquiera que tuviera algún tipo de relevancia en aquellos años. Desde muy joven se convirtió en un celestino sexual. Hombres y mujeres de cualquier condición sexual acudían a él para que les organizara encuentros de todo tipo. Él no recibía dinero por el trabajo pero sí eran servicios pagados.

No hay modo de comprobar que todo lo que cuenta es cierto, pero obviamente cada uno puede sacar sus propias conclusiones. Una de las mías es que, sin ser mojigata, me resulta difícil de creer que los encuentros sexuales que tuvo cuando era niño no solo no le afectaran sino que los disfrutara. Pero reconozco que es una consideración moral. La misma que aparece cuando leo sobre lo que él considera que es una relación sentimental. Otras veces me muestro bastante incrédula. Gustaba a todo el mundo. Todo el mundo le deseaba sexualmente. Todos eran unos promiscuos. En la vida solo existe el sexo. Me chirría un poco tanta idealización.

Si tuviera que quedarme con algo, lo haría con el cariño con el que trata a todos. Y el respeto. No es un carroñero que ha estado acumulando cotilleos de famosos durante años, es un hombre que fue su amigo, su confidente, su amante y su celestino.

Pero ¿qué será de este muchacho? de Heinrich Böll

Pero ¿qué será de este muchacho?  (Cada vez hago mejores fotos. Estoy pensando en convertir mi arte en algo profesional. Por otro lado, creo que al título le falta una coma. Si no, creo que lo correcto hubiera sido incluir toda la oración entre los signos de interrogación. Pero quizá sean solo cosas mías y exista corrección gramatical así. A mí se me queda cojo.)

Heinrich Böll ganó un Nobel de literatura por ser uno de los representantes literarios más importantes de la Alemania de la posguerra. Yo no sabía quién era. Compré Pero ¿qué será de este muchacho? porque el título me llamó la atención. Tiene solo cien páginas. Böll recuerda sus días de instituto, en Colonia, justo cuando Hitler ascendió al poder (podría haber ascendido a los cielos -o a los infiernos- directamente y nos habría ahorrado a todos mucho sufrimiento). También las hogueras de libros, las premoniciones de su madre sobre la guerra en el 36, los paseos en bicicleta por Colonia y sus tonteos con las mujeres.

Es un relato corto que tira de la memoria y que deja con ganas de más. De más anáforas, si he de ser más concreta. Es un recurso estilístico más poético que narrativo, pero me ha entusiasmado cómo lo utiliza Böll. Empieza a partir del cuarto “capítulo” (son tan cortos que no sé si denominarlos así). Finge que su única intención es hablar de sus días de colegio, después se deja llevar por el recuerdo y, cuando quiere retomar la remembranza escolar, utiliza frases del tipo “Sí, y la escuela, en efecto, ahora vuelvo al tema” o “Ah, sí, la escuela”. Me gusta el ritmo y la estructura. Quiero leer más cosas de Böll. Por esto leo.

Conversaciones con Kafka de Gustav Janouch

Conversaciones con Kafka  Gustav Janouch era muy joven cuando conoció a Franz Kafka. Su padre era compañero del escritor en el Instituto de Seguros contra Accidentes de Trabajo de la ciudad de Praga y el joven solía pasarse horas en aquel despacho escuchando todo lo que Kafka tuviera que decir. Cada noche, al llegar a casa, Janouch escribía en un cuaderno fragmentos de esas conversaciones. Décadas después alguien le propuso publicarlas. Franz Kafka era una figura importantísima de la literatura mundial y no entregar sus pensamientos al mundo sería como privarle de luz. Janouch accedió, no le gustó el resultado, perdió los originales, cuando creyó que todo estaba perdido los reencontró y Conversaciones con Kafka es el resultado de su odisea.

El resultado a mí no me gusta porque creo que su planteamiento es incorrecto. Las famosas “conversaciones” aparecen una detrás de otra sin separación ni apenas explicación por parte del narrador (que es el propio Janouch). Cuando terminas de leer, si eres capaz de recordar algo de lo que dijo Kafka puedes sentirte afortunado. Yo las he leído dos veces, una por gusto y otra para escribir esto, y salvo algunos retazos, ninguna ha logrado permanecer en mi memoria. Al margen del bombardeo de citas, tengo la sospecha de que la forma de hablar del escritor ha sido modificada “a posteriori”. Nadie habla así, ni por escrito, salvo Jesús en la Biblia, y por mucho que tanto Janouch como su entorno consideraran a Kafka como un profeta visionario, la sensación que yo he conseguido es la de estar leyendo/escuchando a un robot programado por apóstoles. Igual me equivoco y Franz Kafka era realmente así, pero lo dudo. Lo que dice y cómo lo dice son términos muy alejados entre sí. Y como estamos a principios de año y hay tiempo para equivocarse, diré algo más: creo que a Kafka no le hubiera gustado este libro. Ni un poco.

Un saco de canicas de Joseph Joffo

Un saco de canicas  Lo único que me ha llamado la atención de los recuerdos de Joseph Joffo es la naturalidad con la que los adultos se tomaban la presencia de dos niños vagabundos en la Francia de la Segunda Guerra Mundial. El desarraigo debía de ser algo tan habitual que el hecho de “contratar” a un niño de diez años no suponía ningún problema. Nadie se sorprendía de nada. O al menos así lo recuerda uno de esos niños, Joseph Joffo, treinta años después.

La ocupación nazi en Francia provocó una espantada en su familia. Cuando empezó el envío de judíos a Drancy, los hermanos de Joseph empezaron a abandonar París. Los últimos en marcharse fueron los dos pequeños. Sus padres les proporcionaron dinero, ropa y direcciones y les dejaron marchar. Los dos hermanos se mantuvieron juntos la mayor parte de la guerra. En su odisea recorrieron gran parte de Francia, trabajaron, trapichearon, disfrutaron, se alegraron en los reencuentros, se apenaron en las despedidas y, cuando Francia se liberó por fin de la escoria, regresaron a su añorado París.

No es mi relato favorito de la Segunda Guerra Mundial y me siento un poco culpable por recordar a Tom Sawyer y a Huckleberry Finn cuando pienso en los hermanos Joffo, pero no lo puedo evitar. Me suena a cuento. En el prólogo Joffo dice: “La memoria, así como el recuerdo, pueden metamorfosear algunos pequeños detalles. Pero lo esencial está ahí, con su autenticidad, su ternura, su gracia, y la angustia vivida”. Voto por que esa metamorfosis se produce en la angustia vivida, poca, y en la magnificación de la ternura, la gracia y la angustia vivida. Sin pruebas, claro.