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Los vagabundos y otros cuentos de Jack London

Los vagabundos y otros cuentos  Esta edición de Los vagabundos y otros cuentos tiene una introducción de Ivana Graciela Mollo… que no he leído. Antiguamente solía hacerlo, sobre todo cuando se trataba de clásicos o de libros de lectura obligatoria, pero descubrí que la opinión crítica de algunos me condicionaba y los destripes de otros me molestaban, así que decidí optar por seguir mi criterio, por muy pobre que fuera.

Son seis los cuentos que forman esta recopilación: Los vagabundos, un chascarrillo acerca de tres vagabundos mancos y de cómo perdieron sus miembros, El ídolo rojo, con su argumento explícito en el nombre, Como Argos en los tiempos heroicos, el mejor y de los pocos que he leído con un anciano como protagonista, Hawaiana, el de la historia de amor triste, La pillastrona, el típico de la mujer regañona y El chinito de Honolulú, un relato sobre la picardía de un hombre chino.

Me niego a utilizar calificativos porque he leído tantos en las últimas dos semanas que empiezo a cuestionarme su valor. Entiendo que en un programa de formación sean necesarios, pero no me gusta estudiar así la literatura. Si yo fuera profesora, preferiría que un alumno me explicara con claridad lo que sintió al leer, por ejemplo, El rey Lear, antes que la enumeración de memoria de las mil y una características de la tragedia de Shakespeare. De un pensamiento se pueden obtener muchos beneficios didácticos, de una memorización en la que no se discurre, no. En el caso de Jack London, sus cuentos tienen una función muy específica, adaptada además al tiempo en el que se escribieron: entretener a un público ávido de historias transcurridas en parajes exóticos. Nada más.

El río de la luz de Javier Reverte

  En estos momentos yo tendría que estar escribiendo una redacción sobre cómo influyen los elementos biográficos de ciertos escritores estadounidenses en sus obras. Pero, debido a la falta de nicotina en sangre, soy incapaz de concentrarme en escribir más de tres líneas seguidas. En esta entrada solo llevo seis, he tardado unos diez minutos y tengo la sensación de que escribo como si mandara un telegrama. Lo único que me apetece hacer es sentarme, ver la tele y no pensar en el tabaco hasta la próxima dosis. En fin…

Anoche en la cena hablamos de los osos grizzlies, de cómo matan y de si en realidad son tan omnívoros como nos enseñaron en el colegio. No llegamos a ninguna conclusión porque ninguno de nosotros es zoólogo, pero en la conversación recordé el “truco” que Javier Reverte enseña en este libro para distinguir a unos osos de otros. No lo voy a contar, por supuesto, porque aunque no se trate de una novela, desvelar el secreto echaría a perder uno de los capítulos más divertidos.

Este relato no es Corazón de Ulises. Sí tiene todo lo bueno de Reverte, pero el paisaje griego no se parece en nada al del norte del continente americano. Salvo por el oro. A los hombres siempre nos ha gustado mucho el oro. El autor comienza su viaje en Vancouver, recorre en barco prácticamente toda la costa oeste de Canadá hasta Juneau, después sigue en canoa, quizá la parte más interesante, hasta la frontera con Alaska y, antes de viajar como tripulante en barco hasta Liverpool, se da su buen paseo por Fairbanks, Anchorage y sobre todo, Nome. El río Yukon es un gran protagonista. Wyatt Earp y Jack London también. Dawson City, el ferrocarril, los barcos y el oro. La miseria, el clima extremo, los duelos, las muertes. Y los osos de nuevo. Sí, muchos osos.

 

Colmillo Blanco de Jack London

  Me importa poco que Colmillo Blanco no sea la novela mejor considerada de Jack London. Tampoco que sea una supuesta alegoría o la digestión del paso de aventurero a hombre casado del autor. Mucho menos lo que los demás piensen de ella, en especial los críticos sabihondos.

La leí cuando tenía diecisiete años, pero no recuerdo qué me empujó a hacerlo. Sé que la pedí, que no fue un regalo, pero soy incapaz de recordar por qué. La leía en los descansos entre clases, en el autobús. Un imbécil se me acercó un día para preguntarme por qué leía libros para niños. No recuerdo qué le contesté pero sí lo que pensé: algo adolescente parecido a “la ignorancia es muy osada”. Me cabreaban tanto. Estaba tan enfadada conmigo que era incapaz de deshacerme de la soberbia. Y triste. Y desconfiada. Iba por la vida de abogada de pleitos pobres. Un día exploté, me perdí, mi yo se dividió por dos y la profesora de historia me prestó dos valerianas en el baño. Es curioso cómo mi memoria es nítida en cuanto a la pérdida de estribos se refiere y muy confusa cuando se trata de recordar lo importante. Colmillo Blanco me calmaba. No porque me sintiera identificada con el perro lobo diferente a los demás, sino porque las partes en las que London narraba desde las mentes de los animales me impresionaba, me conmovía y me animaba a seguir hacia adelante.

No he vuelto a leer nada de Jack London, pero sé que algún día lo haré. Mientras, cuando alguien le menciona en un libro o en una cita, me siento orgullosa. Empatías sin sentido.