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Canta Irlanda de Javier Reverte

Canta Irlanda¿Cómo era la frase? ¡Ah! Así… Me parece un escritor tan bueno que si algún día describiera su viaje desde la cama hasta el baño yo sería la primera en leerlo con el mismo entusiasmo que él transmite. Es mía, por cierto. Y me refería a Javier Reverte, claro. Pero quizá después de leer Canta Irlanda ya no le acompañaría hasta el baño y me quedaría durmiendo en la cama. Al menos de momento.

Uno de los pilares que Javier Reverte sabía construir bien en sus relatos de viajes era el del equilibrio entre lo que experimentaba (un monumento, una conversación, una comida) y su contexto (histórico, literario, poético). En el caso de Canta Irlanda creo que la balanza se inclina en exceso hacia el contexto sin tener en cuenta que si el lector hubiera querido conocer simplemente la historia de la isla quizá habría optado por otro tipo de literatura. Cuando hablaba de Joyce, de Wilde o de otros poetas era tolerable, pero la independencia eterna, las luchas entre católicos y protestantes y el nombramiento de todos los pubs de Irlanda es, ya digo, de libro de historia.

La pregunta que me hago ahora es la siguiente: ¿ese equilibrio me lo imaginé o realmente existió? ¿El cambio ha sido en mi percepción o Reverte ha descuidado su forma de narrar? La contestaré cuando lea el próximo libro de viajes. Si lo hago.

El tiempo de los héroes de Javier Reverte

El tiempo de los héroes  Lo malo de las novelas históricas es que nadie puede acusar al autor de falta de rigor. El término ficción, incluido dentro del de novela, oculta todas las virtudes de la Historia como disciplina y pasa por alto todo los pasos del método científico. Por otro lado, es una norma no escrita respetar la elección del autor. En este caso, Javier Reverte eligió a un militar republicano, Juan Modesto, para contar su particular “epopeya” de la guerra civil española. La Historia son las batallas, las más importantes de la contienda, los nombres de algunos personajes, el batallón Lincoln y el olor a muerte. La ficción es todo lo demás: los diálogos, los pensamientos, los sentimientos, los cabeza de turco que ilustran ciertos comportamientos y la heroicidad.

Yo no puedo criticar la elección del protagonista, pero sí puedo decir que su perfección no perfecta, producto de la mente de Reverte, me ha resultado muy cargante. Para mí no es un héroe, es simplemente un militar mujeriego. A pesar del empeño en resaltar su comportamiento intachable, “mirad mil veces, yo no fusilo a los enemigos capturados”, es un hombre que no me convence porque sus errores, “soy un macho y no lo puedo evitar”, me irritan. Juan Modesto no me resulta creíble. He leído comparaciones entre el militar y Aquiles. Qué ironía que el hombre que me enseñó la Ilíada sea el mismo contra el que me rebelo por intentar colar un símil tan chapucero.

Hay algo más que no puedo criticar y es la falta de equilibrio entre los dos bandos de la guerra. El tiempo de los héroes no es una historia sobre la guerra civil española, es una historia sobre el bando republicano en la guerra civil española. Sé que entra dentro de la famosa elección del autor, pero a mí me ha llamado mucho la atención. Los “otros” solo aparecen cuando son necesarios para continuar la historia. Es como si la guerra en este país se hubiera librado contra fantasmas sin cara y sin nombre. O peor, contra moros que gritan rodeados de fantasmas (¿españoles?) que no son más que extras en la historia. Así nadie puede acusar a Reverte de falta de imparcialidad. Lo que me sorprende porque sería una crítica sin sentido.

Como las que he hecho yo. Es su novela. Todo lo que he mencionado forma parte de su derecho a escribir lo que quiera y como quiera. La única pega estrictamente literaria que puedo ponerle es que el lenguaje me ha resultado excesivamente fácil. Pero quizá solo sea una impresión. Como el resto. Si los relatos sobre la guerra civil se centraran más en lo individual y no en lo colectivo, quizá serían más enriquecedores. Sí, ya sé que Juan Modesto es un individuo. Pero representa. No me sirve. Seguiré con los relatos de viajes de Javier Reverte.

El río de la luz de Javier Reverte

  En estos momentos yo tendría que estar escribiendo una redacción sobre cómo influyen los elementos biográficos de ciertos escritores estadounidenses en sus obras. Pero, debido a la falta de nicotina en sangre, soy incapaz de concentrarme en escribir más de tres líneas seguidas. En esta entrada solo llevo seis, he tardado unos diez minutos y tengo la sensación de que escribo como si mandara un telegrama. Lo único que me apetece hacer es sentarme, ver la tele y no pensar en el tabaco hasta la próxima dosis. En fin…

Anoche en la cena hablamos de los osos grizzlies, de cómo matan y de si en realidad son tan omnívoros como nos enseñaron en el colegio. No llegamos a ninguna conclusión porque ninguno de nosotros es zoólogo, pero en la conversación recordé el “truco” que Javier Reverte enseña en este libro para distinguir a unos osos de otros. No lo voy a contar, por supuesto, porque aunque no se trate de una novela, desvelar el secreto echaría a perder uno de los capítulos más divertidos.

Este relato no es Corazón de Ulises. Sí tiene todo lo bueno de Reverte, pero el paisaje griego no se parece en nada al del norte del continente americano. Salvo por el oro. A los hombres siempre nos ha gustado mucho el oro. El autor comienza su viaje en Vancouver, recorre en barco prácticamente toda la costa oeste de Canadá hasta Juneau, después sigue en canoa, quizá la parte más interesante, hasta la frontera con Alaska y, antes de viajar como tripulante en barco hasta Liverpool, se da su buen paseo por Fairbanks, Anchorage y sobre todo, Nome. El río Yukon es un gran protagonista. Wyatt Earp y Jack London también. Dawson City, el ferrocarril, los barcos y el oro. La miseria, el clima extremo, los duelos, las muertes. Y los osos de nuevo. Sí, muchos osos.

 

Corazón de Ulises de Javier Reverte

Corazón de Ulises fue el primero. Nunca había leído un libro de viajes así que no tenía idea de cómo sería. Si tenía alguna noción imagino que se parecería a la de un conjunto de descripciones de varios lugares, generalmente exóticos o desconocidos. Algo tan típico como las palabras que he utilizado. Efectivamente, no tenía ni idea.

Si alguien me pidiera que le enumerara las distintas etapas del viaje de Javier Reverte le diría que no las recuerdo. De vez en cuando algún estímulo me trae fragmentos a la memoria, como el de su paso por Ítaca, pero es algo excepcional. Tampoco he querido hojear demasiado sus páginas porque el objetivo no es parafrasear su viaje sino hablar de lo que me transmitió: más amor si cabe por la literatura y el deseo de coger una mochila y salir de viaje.

Lo segundo lo he intentado en alguna ocasión hasta el punto de intentar emular a Reverte. No con un libro, claro, sino con un pequeño relato de viajes. Pero ni a la suela llego. Me faltan muchas cosas. En lo que no fallé es en morder el anzuelo de los libros. Él habla de la Ilíada y de la Odisea con un entusiasmo tan contagioso que yo también claudiqué. Y aunque mi experiencia con ambos será el asunto de otras entradas, sí me gustaría mostrarme agradecida con el autor y pregonar a los cuatro vientos que me parece un escritor tan bueno que si algún día describiera su viaje desde la cama hasta el baño yo sería la primera en leerlo con el mismo entusiasmo que él transmite.