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Gilgamesh

  Ahora con los cambios en la educación lo desconozco, pero en mi época escolar se estudiaba el origen de la civilización como “el terreno fértil comprendido entre los ríos Tigris y Éufrates…” y poco más. Nada de mitología ni de religión. Así que la primera vez que leí el nombre de Gilgamesh fue en un videojuego, en concreto en el Final Fantasy VIII. Gilgamesh aparece de forma aleatoria para ayudar al jugador cuando uno de los malos mata a Odín. Para que luego digan que los videojuegos son una pérdida de tiempo.

Pero mi interés por el poema no surgió gracias a lo lúdico sino a un reportaje en una revista de historia. Entonces descubrí que se trataba de un poema antiquísimo que se podía leer en español gracias a la traducción de una compilación de Stephen Mitchell. Y tras leerlo aprendí que Gilgamesh era el rey semidiós de la ciudad de Uruk. No era muy buen gobernante, por lo que los dioses decidieron regalarle un amigo, Enkidu. Después de que una mujer sagrada humanice al hombre a medio hacer a base de sexo, el semidiós y el semihombre se enfrentan en una pelea que termina en confraternización. Así, Gilgamesh invita a Enkidu a ir con él al bosque de los cedros para vencer a la bestia Humbaba. Tras la muerte del monstruo sagrado, los dioses deciden darle una lección más a Gilgamesh arrebatándole a su mejor amigo. Destrozado por la muerte de Enkidu, el rey se obsesiona por conseguir la inmortalidad y busca a Utnapishtim y a su mujer, los únicos supervivientes del diluvio a los que los dioses concedieron lo que tanto anhela Gilgamesh.

Como ocurre casi siempre, lo transcendental no es la meta sino el camino, por eso no es importante que desvele si Gilgamesh logra conquistar o no la inmortalidad. Me parece más interesante, por ejemplo, terminar con la descripción que el rey poderoso y fuerte, casi dios, hace de su ciudad, a la que adora por encima de todo lo demás:

Éstas son las murallas de Uruk, ciudad con la que ninguna otra de la tierra puede compararse. Mira cómo sus baluartes brillan como cobre al sol. Asciende por la escalera de piedra, más antigua de lo que la mente puede imaginar; llégate al templo del Eanna, consagrado a Ishtar, un templo cuyo tamaño y belleza no ha igualado ningún rey; camina sobre la muralla de Uruk, recorre en su perímetro en torno a la ciudad, escruta sus soberbios cimientos, examina su labor de ladrillo, ¡cuán diestra es!; repara en las tierras que circunda: en sus palmeras, sus jardines, sus huertos, sus espléndidos palacios y templos, sus talleres y mercados, sus casas, sus plazas.

Si la epopeya de Gilgamesh ha sido una fuente de inspiración para los arqueólogos, ¿cómo no iba a ser una gran introducción a la historia de las civilizaciones para un escolar en vez del manido “territorio fértil entre el Tigris y el Éufrates”?

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Heike monogatari

El Cantar de Heike o Heike monogatari es la historia del final de una era, la denominada Heian (792-1185) en Japón. También es la historia de la rivalidad entre dos familias, los Heike y los Genji, por la lucha por el poder. Es también la narración de mil batallas sangrientas repletas de samurais-criados, de monjes guerreros y de emperadores-niños que se suicidan arrojándose al mar. Es una advertencia de lo que puede ocurrirle al hombre cuando se aleja de los preceptos del budismo. Es una epopeya, un cantar épico, un tratado religioso, uno poético y una elegía, todo al mismo tiempo. Es un escrito creado para ser cantado por los bonzos ciegos rodeado de repeticiones, genealogías, viajes en el tiempo, nostalgias del imperio chino y apuntes del apocalipsis.

Es imprescindible leer esta edición porque la introducción de Carlos Rubio es lo único que puede ayudarnos a encontrar un contexto a las 850 páginas. Además, también es traductor, lo que facilita la comprensión aun más. Es un texto cansino, denso, con muchos personajes con nombre, pero al mismo tiempo muy moderno. Si existe, aconsejaría la versión oral porque se compuso con ese fin. Los samurais cortan muchas cabezas a lo largo del Heike. A mí me impactaba tanto que yo me quedaba en la cabeza paseada como trofeo mientras el bonzo seguía con el emperador de China que viajó a aquella región y se entretuvo rezando en la orilla del mar. No es fácil, a veces me ha aburrido muchísimo, pero su valía literaria, histórica y cultural es innegable. Yo que soy aficionada a las series de televisión japonesas, entiendo ahora mucho mejor ciertos comportamientos que en su día me parecieron absurdos. En el Heike los hombres mojan las mangas de sus kimonos constantemente. Ocho siglos después lo siguen haciendo.

Todo ser humano posee un corazón. Y cada corazón posee una forma de pensar. El otro acierta y yo me equivoco, o bien yo acierto y el otro se equivoca. Según esta alternancia, nadie puede establecer ninguna regla ni lógica de lo que es bueno y malo. O bien los dos pueden acertar o bien equivocarse. Es como un círculo; no hay un fin. Por eso, cuando el otro se enfada, uno tiene que condenarse a sí mismo.*

*Fragmento citado en el Heike monogatari de La Constitución de los Diecisiete Artículos del príncipe Shoutoku (año 604).

Suave es la noche de Francis Scott Fitzgerald

  Los libros ocupan espacio, así que cuando alguien no lo tiene está convencido de que un amigo sí lo tendrá y se dedica a regalarlos. Además los suelen escoger con picardía para que el otro no pueda negarse alegando que tampoco tiene espacio para más. Regalan clásicos y ante ellos es difícil negarse. Si un libro tiene esa etiqueta significa que está por encima de todo, que su lectura es obligatoria, que debe despertar sentimientos más grandes que la vida y que otra consideración diferente convierte al lector es algo menos que un ignorante que no sabe apreciar la buena literatura.

Cada vez que leo un clásico tiemblo porque sé que si al cerrar sus tapas no siento nada, me pasaré días intentando recuperarme de la doble decepción, la que me ha producido el libro y la que me produzco yo misma al no ser capaz de entender qué es eso tan grande que yo no soy capaz de alcanzar. A veces lo atisbo, como con La montaña mágica de Thomas Mann, pero me cuesta imaginar a alguien volviendo a sus páginas para encontrar respuestas. Para mí eso es ser un clásico: un referente, algo que perdure, que sirva para contrastar, que conmueva, que suelte pavesas pero que mantenga el calor para siempre. Algo que incite a escribir comparaciones absurdas.

Suave es la noche es el ejemplo perfecto de clásico que yo no entiendo. Leo con sorpresa que es una de las mejores novelas de F. S. Fitzgerald. ¿Cómo es posible que a mí me decepcionara entonces? ¿Cómo se puede entender que la historia de un psiquiatra llamado Dick Diver que se casa con su paciente Nicole y sufre una crisis de identidad no me conmoviera? ¿Es comprensible que terminara un poco cansada del egocentrismo del señor? ¿Me convertiría en una hereje literaria si dijera que los problemas de Diver llegaron a importarme muy poco? ¿Que su indecisión y su cobardía llegaron a sacarme de quicio? Está claro que la culpa es mía. Algo debe de haber en mi carácter que me impida comprender a ciertos personajes literarios. Objetivamente sí soy capaz de entender la quijotización de Diver y la sanchificación de Nicole, pero hasta ahí. Y no es solo que no pueda identificarme con ellos, es que no entiendo el idioma que hablan.

De todas formas, no me rindo fácilmente y seguiré buscando. Sé que algún día lo encontraré. La Ilíada y Las uvas de la ira son solo ejemplos, pero sé que habrá más. El gran Gatsby es mi próxima apuesta. Veremos.

Las uvas de la ira de John Steinbeck

Tom Joad sale de la cárcel después de cumplir condena por haber matado a un hombre en una pelea. Vuelve a su granja de Oklahoma. En el camino se encuentra a un camionero, a una tortuga y a un predicador. Se queda con los dos últimos. El polvo de la sequía y la mugre de la depresión lo cubren todo. Además, han aparecido unas máquinas que sustituyen a las manos de los hombres en el trabajo: los tractores. Cuando llega, sus padres y sus hermanos están a punto de marcharse. Quieren ir a California antes de que el hambre los devore. Tienen unos papeles en los que se pide jornaleros para recoger la fruta.

Lo primero que pierden por el camino es al perro, atropellado en una de las primeras paradas para repostar. Después, el hermano mayor decide que quiere la libertad y se aleja flotando en un río. Antes, el abuelo muere por desarraigo. Después, la abuela de pena. El marido de la hermana pequeña, embarazada, también abandona el grupo. Ninguna de las desapariciones son dramáticas, quizá porque la obsesión de todos es la supervivencia y no pueden parar a dolerse. Lo duro es que no están solos. Por la carretera 66 hay cientos de familias como los Joad. Los californianos, algunos atrapados por la codicia y otros por los bancos, pagan miserias de salario. Los okies, así los llaman despectivamente, amenazan su forma de vida, así que los desprecian, los maltratan y los acorralan. Sin tierra prometida, Tom también decide marcharse. Y tras una cosecha de algodón cuyo beneficio la familia se gasta en comida, las aguas torrenciales llegan a California. Entonces sí que están atrapados porque la chica se ha puesto de parto. No pueden marcharse. El niño nace muerto. El camión está ahogado. Caminan empapados hasta un granero. Allí un hombre se muere de hambre. Su hijo dice que necesita leche…

Qué gran novela. Qué bien montada. Qué hábil Steinbeck al intercalar panorámicas con la historia de la familia Joad. Qué gran metáfora el título, Las uvas de la ira. Y la de la lluvia que todo lo arrasa cuando ya no queda nada.Qué buenos los capítulos de la tortuga y de los bancos. Qué ejemplo deberían ser para la depresión por la que pasamos. Qué sabiduría.

Temed el momento en que dejen de caer bombas mientras vivan quienes las lanzan, pues cada bomba es una prueba de que el espíritu no ha muerto. Y temed el momento en que paren las huelgas mientras sigan vivos los grandes propietarios, pues cada huelga sofocada es una prueba de que se ha dado el paso. Y esto podéis saber con certeza: temed el momento en que el hombre no sufra y muera por una idea, pues esa sola cualidad constituye su esencia misma, esa sola cualidad es el hombre y lo que lo diferencia del resto del universo.

Matar un ruiseñor de Harper Lee

Esta edición es del año 1961, cuando ganó el Pulitzer. Sus páginas están amarillentas y muchas esquinas dobladas y enderezadas de nuevo. Lo conseguí en casa de mi abuela hace muchos años. Tenía varios objetos en una caja grande y me espetó que si quería algo que lo cogiera porque iba a deshacerse de su contenido. En su mayoría eran libros y cintas de casete de su hijo fallecido. Arramplé con todo.

En su afán por deshacerse de todos los recuerdos, mi abuela se olvidó de revisar lo que me había llevado. No creo que haya leído un libro en su vida y, aunque de vez en cuando canta canciones de la guerra, no tengo claro que sepa manejar un radiocasete. Su ignorancia hizo que se perdiera la voz de su hijo grabada en una cinta virgen. Y quizá si hubiera leído (o siquiera hojeado) Matar un ruiseñor,yo no habría empezado esta entrada incapaz de deshacerme de mis recuerdos, sino hablando de lo mucho que me emociona la historia de Scout, Jem y Dill.

Harper Lee dijo en una ocasión que, tras publicar la novela, esperaba una muerte rápida a manos de la crítica y anhelaba un pequeño reconocimiento del público. Y que obtener tanto éxito le supo igual que esa muerte en muchos sentidos. Muchas cosas pequeñas forman un todo grande. Si alguien como yo ha conseguido emocionarse cincuenta años después, es fácil entender por qué esta mujer no quiere saber mucho del mundo ni ha vuelto a publicar otra novela.

Todos conocen la historia de Matar un ruiseñor a grandes rasgos. La narradora, una niña llamada Scout, vive con su padre, Atticus Finch, abogado, y con su hermano Jem en la Alabama de la Gran Depresión. Dill es el niño que regresa todos los veranos. Hay dos ejes sobre los que gira toda la novela, la defensa que hace Atticus de Tom Robinson, un negro acusado de violar y agredir a una joven blanca, y Boo Radley, el niño-adulto que vive encerrado en su casa después de agredir a su padre con unas tijeras y por el que los niños sienten una absoluta fascinación.

No quiero desvelar mucho más, pero sí mencionar tres pasajes que han conseguido que mis oídos se llenen de lágrimas: la actitud de Scout cuando hace frente a los linchadores que quieren acabar con la vida de Tom Robinson, el final que termina con la frase de Atticus: “la mayoría de las personas lo son (buenas), Scout, cuando por fin las ves” y el cabreo que pilla Dill cuando el juicio a Tom Robinson no sale como él espera:

-Cuando sea mayor, creo que seré payaso -dijo Dill.
Jem y yo nos paramos en seco.
-Sí, señor, payaso -repitió él-. En relación a la gente, no hay cosa alguna en el mundo que pueda hacer si no es reírme; por lo tanto, ingresaré en el circo y me reiré hasta volverme loco.
-Lo tomás al revés, Dill -advirtió Jem-. Los payasos son hombres tristes; es la gente la que se ríe de ellos.
-Bien, yo seré un payaso de una especie nueva. Me plantaré en mitad del círculo y me reiré de la gente. Mirad allá nada más -dijo señalando-. Todos ellos deberían ir montados en escobas. Tía Rachel ya la monta.

La Ilíada de Homero

 Al mismo tiempo se armaba el divino Aquiles rodeado de sus compañeros; vestía el héroe la armadura que había forjado el dios Hefestos para él […] Se puso en las piernas vistosísimas grebas, ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la coraza, colgó de su hombro una espada de bronce adornada con clavos de plata y embrazó el amplio y recio escudo, cuyo resplandor parecía desde lejos al de la Luna. Como aparece el fuego en un lugar solitario de la cima de un monte a los navegantes que vagan por el mar, porque la tempestad los había alejado de sus amigos, de la misma manera el fulgor del espléndido escudo de Aquiles se elevaba hasta el cielo.

Cómo disfruté con las descripciones de Homero. De los escudos, las lanzas y las espadas. De las batallas, sangrientas. Era verano y estaba en la piscina. Cada vez que terminaba un descripción llena de brillos, fulgores y sangre, miraba el agua. El sol se reflejaba en ella y también brillaba. De vez en cuando me remojaba y como no podía esperar hasta secarme mojaba las páginas. Por eso ahora mi Ilíada está ajada, un poco cuarteada y los cuadernillos deshechos. Se empapó de entusiasmo.

Las batallas me enardecían, sí. Pero fue la elección de Aquiles lo que me conquistó. Su destino. Morir como un héroe en la batalla. No regresar con la gloria de la victoria. También su ira me atrajo. Cuando muere Patroclo, Aquiles hierve y refulge. ¡Por fin el héroe divino va a luchar! Y cómo lo hace. Si hubiera existido un trampolín, creo que la euforia habría hecho que me subiera encima para gritar estas palabras:

Ármate ahora de todo tu arrojo, porque ahora es cuando más va a ser necesario que eches mano de toda tu valentía para enfrentarte conmigo. Aunque todo va a ser inútil; ya no puedes huir, Atenea va a obligarte a sucumbir víctima de mis golpes, y enseguida, herido por mi lanza, pagarás todos los dolores de mis amigos a los que tú mataste manejando la tuya.

En cuanto terminó el funeral de Héctor, empecé la Odisea. Pero no era lo mismo y no pude terminarla. Por mis venas corre más sangre de Aquiles que de Ulises. Soy más pánfila que astuta. Y todavía tengo un as bajo la manga… ¡Eneida allá voy!

Ver también: Corazón de Ulises de Javier Reverte

Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas

La primera vez fue en la universidad. Para ser más concreta, en el trayecto en tren y metro. Detestaba el edificio. Una antigua cárcel, de hormigón, con suelos gastados, escaleras resbaladizas y ventanas abatibles que apenas dejaban pasar la luz. El edificio me oprimía tanto que un día estuve a punto de desmayarme en la sala de reprografía del sótano. Hacía calor y había demasiada gente. Ciega, a punto de perder el conocimiento, logré subir las escaleras. Cuando conseguí sentarme, me metí la boca una bolsa entera de gominolas. Poco a poco regresó la luz.

Ahora sé que el edificio no tenía la culpa. Sé que el problema estaba dentro de mí porque tenía que pasar muchas horas en un sitio en el que no quería estar. Ahora sé permanecer en sitios en los que no me apetece estar si tengo algún interés. No me dejo vencer fácilmente. No siempre, al menos. Pero entonces tenía dieciocho años y la sensación de que estudiar esa carrera como la impartían era una pérdida de tiempo. No me equivocaba en la percepción, pero sí lo hice en la reacción. Debí quedarme y terminar aunque me hubiera costado la salud mental. Así madura el ser humano.

Para muchas personas los años de instituto y de universidad son los mejores de su vida. No para mí. En el instituto pasé muy buenos momentos pero también los peores. De la universidad solo quería salir corriendo. Y como no podía, me dedicaba a leer para evadirme. Los tres mosqueteros fue el libro de primero. Me entusiasmaba. Como d´Artagnan esperaba encontrar a mis tres mosqueteros. Como él, había perdido mi carta de recomendación. A diferencia de él, no encontré nada. Pero me consolaba con Athos, uno de mis personajes literarios favoritos. Me bebía su tormento. Esperaba con ansia esos momentos en los que ejerce de padre y de amigo. Fantaseaba con él. Athos me dio la vida aquel año. Ese “uno para todos y todos para uno” era uno de mis anhelos. A veces me pregunto si de haberlo conseguido seguiría siendo la persona que soy ahora. Otras si Alexandre Dumas alguna vez pensó que su folletín de aventureros llegaría a causar tanto drama. Las menos, si todo fue culpa mía.

Ya no tendré más amigos -dijo el joven-, ¡ay!, ni nada más que amargos recuerdos.
Y dejó caer su cabeza entre sus dos manos, mientras dos lágrimas corrían a lo largo de sus mejillas.
-Sois joven -respondió Athos-, y vuestros amargos recuerdos tienen tiempo de cambiarse en dulces recuerdos.