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Enésima crónica de un viaje a Japón. Epílogo.

Kioto Me gustaría dividir este epílogo en dos partes. Con la mente en aquellos que lleguen aquí buscando consejo, en la primera parte voy a tratar temas logísticos: aerolíneas, hoteles y transporte. Pero siempre bajo la advertencia de que se trata de la opinión de una sola persona. Lo único que quiero es trasladar mi experiencia y, de algún modo, evitar que a otros les pase lo que me pasó a mí por seguir a rajatabla ciertos itinerarios que circulan por la red.

En la segunda parte quiero sacar algunas conclusiones, hacer un par de reflexiones, introducir algunas anécdotas, dar alguna que otra explicación y, si estoy inspirada, abrirme un poco y hablar de partes del viaje que no he querido mencionar (como la visita a cierto cementerio de Tokio). Pero no sé si lo lograré.

Lo expliqué en la primera entrada del viaje pero lo reitero: escogí Finnair – Japan Airlines solo porque las horas de vuelo están más divididas (unas cuatro y unas diez). Después de la experiencia, quizá las otras opciones (las de dos y doce horas) sean más inteligentes, pero para alguien al que no le gusta volar, que no lo hace con asiduidad o que va a aterrado, creo que es la mejor opción. La parte de Finnair es la peor parada pero al menos son puntuales. El avión es pequeño y antiguo. Los asistentes de vuelo no son muy simpáticos. Al ser corto no se esmeran con la atención. Pero los pilotos son profesionales y encantadores (como en todas, imagino). A la vuelta, después de las turbulencias sobre Bruselas, la charla que nos dio uno de ellos me quitó el susto de un plumazo.

Kiyomizudera El avión de Japan Airlines es nuevo, un 787 Dreamliner. Cuando baja y sube se mueve bastante más que el otro, que es más pequeño, pero su despegue y su aterrizaje es mucho más suave. Y sus asistentes de vuelo son las mejores: amables, serviciales y muy simpáticas. Me alegro de que haya mujeres en el mundo de más de treinta y de cuarenta años con este tipo de trabajos. A mí me dice mucho de la aerolínea. Además, su sistema de entretenimiento, con pantalla individual por asiento, es muy útil. Hay cine (japonés, asiático y de Hollywood), música, programas de televisión, noticias, videojuegos y manga. Pero claro, es una aerolínea japonesa que va o viene de Japón, así que esperar un informativo de la televisión pública española o una película de Ozores es una estupidez bastante cateta. Por último, la comida. Te ceban. Supongo que para que no te aburras. Mi paladar no es muy exigente y suele gustarme la comida de los aviones y de los trenes, así que no tengo queja. La hamburguesa de la vuelta, en plan “hazlo tú mismo”, me encantó (y me puse perdida por sacarla entera del envoltorio). Entre horas te dejan picar todo lo que quieras en el “espacio para la tertulia”. Es cierto que no vuelo mucho, pero precisamente por eso le doy un diez.

El hotel que escogí para Kioto fue el Monterey. Por recomendación. Porque tenían una oferta de habitación superior al cincuenta por ciento. Por su situación. Muy céntrico para los que no nos importa caminar (a diez minutos de Teramachi). A un minuto de una parada de metro, la Karasumaoike. A treinta segundos de una parada de autobús. Sus desayunos son muy caros, pero hay cafeterías cerca. También muchos restaurantes. Una lavandería. Una librería. Una tienda de antigüedades. En cuanto a la habitación, yo solo necesito una cama con un colchón duro, una televisión para arrullarme, un secador (y no siempre) y un baño, así que todo lo que supere eso está bien. Con la oferta volvería sí o sí.

Kiyomizudera 2 El de Osaka fue el Arietta. Solo para dos noches. Lo elegí por su precio, muy barato, por los desayunos gratis y porque lo de céntrico se queda corto. A tiro de piedra de Namba. La única pega que le puedo poner son las sábanas, me quemé el codo con ellas de lo tirantes que estaban. Pero el personal de recepción es muy amable y por ese precio es un hotel sobresaliente.

Por último, el de Tokio, que quizá fuera un capricho. Se llama The Edo Sakura y está a una parada de Ueno (en la línea Yamanote) o en Iriya si vas en metro. No es un hotel en sí sino una casa de huéspedes de estilo japonés. El primer día te enseñan cómo hacerte la cama y, durante tu estancia, te la haces tú siempre. Ellos solo cambian las sábanas. A mi espalda le vino muy bien dormir al estilo japonés pero con el edredón sudaba como un pollo. Imagino que ellos tendrán un truco para no pasar tanto calor, pero no se me ocurrió preguntarlo. Este hotel es precioso pero tiene dos pegas importantes: es bastante caro y está en una zona en la que apenas hay nada salvo conbinis, que en Tokio fueron mi perdición. Eso sí, tienen un desayuno por 800 yenes delicioso.

Kioto (2) Pese a lo torpe que fui, lo cierto es que orientarse en los medios de transporte no es difícil porque todos los carteles importantes están escritos en roomaji. Obviamente tienes que estar atento, no en las nubes, pero te acostumbras mucho antes de lo que crees (si no te empeñas en ir a Chiba cuando tienes que ir a Kamakura…). Eso sí, salir de ciertas estaciones es una dura tarea. El transporte es caro. El JRail Pass compensa si te mueves por Japón. En las tres ciudades en las que estuve hay pases para el metro (y autobús en Kioto) por un día que también amortizas. La gente cree que no, pero en realidad sí, porque te pierdes, porque cambias de ruta, porque vuelves a perderte. Yo no las usé pero también están las tarjetas prepago tipo Suica/Pasmo. En realidad todos son facilidades. Eso sí, guardad siempre los billetes hasta que salgáis. Si no, no podréis.

El último consejo logístico y quizá el más importante. Aunque reciba alguna colleja que otra, tengo que darlo: huid de los itinerarios de internet como de la peste. Sobre todo de los de Tokio. Consultad guías, leed opiniones, pero no sigáis el recorrido que hizo otra persona. Es preferible ir sin nada y a la aventura, que pretender seguir a rajatabla lo que otros hicieron. Si os abruma Tokio, disfrutadla como podáis y no seáis tan imbéciles como yo.

kioto (3) Mi presupuesto era limitado mucho antes de conocer a los mafiosillos y lo fue mucho más después. Tenía clara cuál era mi prioridad y preferí disfrutar de otras cosas antes que de la comida. En Kioto y en Osaka me alimenté bien e incluso me permití algún lujo por las noches. En Tokio ya no pude y que no hubiera nada cerca del hotel no ayudó mucho. Pero, en realidad, estoy mintiendo. La comida en Japón no es en absoluto cara. En un izakaya de un barrio como el de mi alojamiento podría haber cenado muchas noches si hubiera querido. Pero no quise. ¿Por qué? Porque en Kioto me pasó algo en un restaurante que hizo que me encerrara en mi concha. Me encantan las gambas rebozadas (ebi furai). Es mi plato japonés preferido junto con la tortilla de arroz (omuraisu). La gente se ríe de mí porque, al parecer, es comida infantil, pero nadie ha dicho que yo sea una adulta. Además soy zurda. Y no sé utilizar los palillos muy bien. El restaurante era muy pequeño y familiar. En la barra había dos osos de peluche sentados. Proliferaba el ganchillo. A mi lado había una pareja. Mientras yo me comía las gambas con las manos e intentaba hacer lo mismo con el arroz (con los palillos), el hombre le dijo a la mujer: “Debe de ser difícil para ellos comer con palillos, ¿verdad?” No sé qué le contestó ella, creo que asintió. Les miré y me disculpé. Después terminé sin apetito, pagué y me marché. Intentar aguantar las lágrimas mientras comes no es fácil. ¿Y por qué entendí perfectamente lo que dijo ese señor y no a Hina o a Subaru cuando hablaron? No lo sé. En realidad no le culpo. Cometió el mismo error que todos, damos por hecho que un extranjero no entiende nuestro idioma. Su comentario no me pareció maleducado, quizá un poco fuera de lugar, pero hirió mi orgullo y no volví a coger unos palillos sola en todo el viaje. No quería volver a llamar la atención por algo así. Por mi belleza, por supuesto que sí. Pero por no saber comer, no. Soy una susceptible tonta.

Nara (3) Pero no hay mal que por bien no venga y esta anécdota me sirve para hablar del gran descubrimiento que hice en Japón: los japoneses son humanos. Sí, sé que es sorprendente pero lo comprobé con mis propios ojos. Incluso hay algunos hombres que por las mañanas están de mal humor y gruñen. Conocí a una señora en un restaurante de comida rápida que no movió su culo del asiento cuando ya había terminado de comer a pesar de que los demás buscaban un sitio desesperadamente. No se le movió ni una pestaña. Me hizo sentir como en casa. Los codazos en el metro también me resultaron familiares. Aunque en Japón la experiencia es diferente. Si te despistas, la marea humana te lleva en vilo. Recomendado totalmente. Algunos son hasta despiadados y si tus maletas se caen por una escalera mecánica ni se inmutan. Otros, sin embargo, en otra ciudad, en otro momento, cargan con ellas y bajan por una escalera infinita. ¿Y lo más impactante de todo? No son de piedra. Los niños de cinco y seis años van solos en el metro al colegio y cuando se despistan hay decenas de potenciales padres que les vigilan por el rabillo del ojo. Es verdad que no levantan la vista de sus teléfonos, pero también lo es que eso no les ciega. Yo lo he visto. He presenciado cómo tres imbéciles de habla inglesa entraban en un Starbucks a liarla un domingo por la mañana. He visto cómo una de las chicas limpiaba arrodillada un asiento en el que habían derramado un café entero sin borrar su sonrisa. He tenido que morderme la lengua para no montar un número aun peor. Me ha dado mucha pena el encargado cobarde que hacía inventario. Podría seguir, pero creo que como pruebas todos mis ejemplos son suficientes. Salvo cuando me interponía en el camino de sus bicicletas, a mí siempre me han ofrecido una sonrisa, en el caso de las mujeres, y un gruñido, en el caso de los hombres, que echaré bastante de menos. Los niños chocaban los cinco.

Nara (4) Cuando llegué a España me di cuenta de lo feliz que había sido en Japón. No porque aquí no lo sea sino porque allí me olvidé de todo. Mis preocupaciones eran más inmediatas, más abstractas. No tenían caras. Allí solo anhelaba, caminaba, comía y dormía. Pero sin prisa. Ahora, casi un mes después, cuando cierro los ojos o me dejo llevar, me sorprende la nitidez con la que vuelvo a recorrer las calles de Japón. Me conmueve la necesidad que tengo de dulces fabricados allí. Me da igual del tipo que sean. Artesanales, industriales o promocionales. Su dulzura es tan sutil… También recuerdo los olores, sobre todo el del incienso de los templos y el del producto que algunas mujeres se echan en el pelo con no sé qué finalidad. Lo curioso es que aquí no como dulces, no soporto el olor del incienso y nadie se echa productos en el pelo por motivos desconocidos.

Conocí a Uemura Ryota-kun gracias a la televisión. Era un niño muy llamativo con una sonrisa preciosa. Recordé su cara en muchos momentos del viaje. Cuando me enteré, por casualidad, de por qué era noticia no pude dejar de pensar en él. Incluso mis conversaciones con España eran sobre él. Ojalá nunca le hubiera conocido. Pero como lo hice, como su cara me hizo mucha compañía, creo que es justo terminar con su recuerdo.

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Enésima crónica de un viaje a Japón (VII)

Nijo Llovía. Salía el sol pero llovía. Estaba tan encharcada que me metí en la exposición especial del Castillo Nijo sobre las pinturas del Palacio Ninomaru para ver al gran halcón. Dentro hacía un calorcito tan agradable… El siglo XVII queda un poco lejos de mis intereses y creo que ni siquiera me molesté en entrar en más edificios. Tampoco recuerdo si se podía. Lo que sí hice fue pasear por los jardines hasta llegar al que alberga los cerezos invernales. No había nadie porque, ¿quién sabe distinguir un árbol de otro si ninguno tiene hojas? Sin embargo, es fácil imaginarlos en flor aunque difícil añadir el silencio. Seguía lloviendo, así que cogí un autobús calentito con destino al Ginkakuji, al pabellón de la intención de plata. El fénix de éste es oscuro pero más interesante. Estuve poco tiempo porque quería despedirme del Nanzenji y subir a las “cataratas”. O mejor dicho, quería subir al lugar en el que yo me imaginaba que estarían las cataratas.

El Camino de la Filosofía es un recorrido de más de dos kilómetros que me llevó desde el Ginkakuji hasta el Nanzenji en algo más de una hora. Pensé, hice una pausa en un cementerio y seguí pensando. Como no quiero desvelar mis pensamientos creo que las fotografías servirán. Algunas valen más que mil palabras, mías, claro.

CF6(Sí, los gatos nos sorprendieron a todos, había incluso cola para hacerles fotografías. La pregunta que nos hacíamos en muchos idiomas era: ¿cómo es posible que aguanten sin moverse ni asustarse? No sé qué pone en el cartel, pero mi apuesta es el calor. El carro tenía que tener algún tipo de calefactor en alguna parte. “Promocionaban” una cafetería, por cierto.)

NanzenjiSP Lo que se ve al fondo es el cementerio del Saishoin, dentro del Nanzenji, desde la parte de atrás, de camino a las “cataratas”. En lo alto de la montaña, hasta donde dejan subir, hay varios santuarios, algunos carteles, cerámicas votivas actuales y mucha tranquilidad. Al agua se la oía, pero nada estruendosa. ¿De dónde me saqué yo que ahí arriba había unas cataratas? Lo leí en alguna parte. Aunque lo de “ahí” quizá me lo inventara y solo quería una excusa para subir.

Volví al cementerio a despedirme de Kioto. Recompuse una taza votiva rota y coloqué algunas flores, pero no quise inmiscuirme más. La tumba más moderna (y quizá un poco ostentosa porque es de metal-espejo, no de piedra-mármol como las demás) pertenece a Fujii-san, fundador de una compañía importante de la que no recuerdo el nombre. Una placa en inglés le recuerda con cariño. Era un hombre al que le gustaba decir que nunca había que abandonar los sueños porque fracasar no mataba. Había que intentarlo una y otra vez hasta conseguirlo. La idea de las oportunidades infinitas me reconfortó y la de la negación del fracaso me hizo reír. Me regañé también por haber sido tan imbécil durante todo el día.

Hay tres motivos por los que volveré a Japón. Uno es el Saishoin y su cementerio. Otro es Subaru. El último es el Buda de Kamakura. Por ellos todo mereció la pena. Y lo seguirá haciendo.

Saisho-inSuperado el drama, entonces y ahora, me fui a Osaka. Para empezar mañana la entrada allí directamente, aprovecho y cuelo dos comentarios al margen. El primero tiene que ver con mi equipaje. Llevé una maleta y una bolsa de viaje que me destrozó la espalda. Me sobraba la mitad de la ropa. En Japón hay lavanderías muy cómodas, así que si alguna vez vais, no ignoréis los comentarios que aconsejan poco equipaje (ignorad las rutas) y viajad libres. Y utilizad el servicio que os lleva las maletas a los hoteles por adelantado. Es posible que prepararlo todo un día antes no sea buena idea siempre, pero para viajar dentro de Japón casi siempre lo es. Y es muy barato. Lo máximo que me llegaron a cobrar (de Osaka a Tokio) fueron 10 euros.

El segundo tiene que ver con esta crónica. Si un viaje puede dividirse en partes, la primera del mío acaba aquí. Mentiría si dijera que no estuve bien en Osaka y en Tokio, pero desde luego fue diferente. Kioto fue mi paraíso japonés, Osaka un limbo y Tokyo un “infierno” indomable que solo me quiso para una cosa. Por eso es probable que las entradas tan detalladas disminuyan. Creo que iré más rápido. Además, hay varios días de los que no voy a hablar porque estuve acompañada y lo privado es “puraibetto (?)”. Eso sí, escribiré entradas sobre los conciertos, sobre la obra de Hina y sobre lo que pienso. Esto va a ser infinito…

Enésima crónica de un viaje a Japón (VI)

Kyoto (3) Mi último día en Kioto llovió bastante. A las doce ya me había calado el abrigo de plumas, el gorro blanco forrado de pelo de gamusino y había conseguido desteñir mis botas azules. Unas cuatro horas antes el día prometía mientras paseaba tranquilamente por las calles de Kioto camino del Ryoanji. Rompió su promesa en cuanto me puse a escuchar música. Ésta es mensajera y me llevó a Kioto los deseos y esperanzas que me había dejado en España. De golpe.

El Ryoanji tiene un jardín zen que no supe apreciar. Porque tenía la cabeza en la letra de una canción y porque carezco de serenidad para ver formas en la posición de unas rocas. Sin embargo, las fotos con las gotas de lluvia tienen su encanto inocente (aunque solo haya puesto una). Antes de irme compré un dragón. Desciende de las nubes con sus largos cuernos, sus no tan grandes colmillos, sus bigotes eternos y sus garras en modo de aterrizaje. Lo que no recuerdo es si llegué a verlo. Creo que no porque en todas partes dicen que está cerrado. ¿Quizá de lejos? Menuda memoria.

KinkakujiEn el camino al Kinkakuji me rompí. Con hipidos. Me tapé como pude porque no podía contenerme. Lo primero que pensé fue que solo hay un modo de librarte de ti mismo y no es viajando a diez mil kilómetros. Después, que lo de Nara no había sido una impresión provocada por la belleza del Todaiji, sino solo el principio. Los desencadenantes fueron la dichosa letra de la canción y un pensamiento que me rondaba desde que aterricé que tiene que ver con dignidad y posiciones. “¿Cómo yo, que no soy nada, que no tengo nada, que no valgo nada, que no hago nada y que no concibo nada puedo aspirar a tanto?”

Pensaba que era un gallo pero es un fénix.

Kinkakuji3

Enésima crónica de un viaje a Japón (V)

Kofukuji Lo mejor del Kofukuji es su tesoro. Después de pasear con la boca abierta, esta vez sin llanto, y de alucinar con cómo tallaban la madera en la temprana Edad Media japonesa, compré tres postales: una de la escultura del príncipe Shotoku a la edad de dos años porque cuando la vi pensé que era un buda y no un noble, otra de Mekira Taishou, uno de los doce generales celestiales con cara de mala leche que intimidaban a los enemigos del budismo porque su escorzo es digno de cualquier clase de arte, y una tercera, algo más grande y en horizontal, de los ocho guardianes budistas, los Hachi Bushu. Aquí se puede leer mucho acerca de ellos, pero también me gustaría dejar constancia de sus nombres: Gobujyo (Ten), Shakara (Ryu), Yasha, Kendatsuba, Ashura, Karura, Kinnara y Magoraka. De Kofukuji sales pensando en estudiar arte japonés y fustigándote, una vez más, por ser tan ignorante.

Antes de marcharme a Inari mi intención era la de buscar dos estanques. Solo encontré uno. “Agua”, pensé, y me fui a comer a otra de las calles comerciales abovedadas típicas de Kansai. Elegí restaurante por la tortilla de arroz con salsa demiglace, pero antes escuché una canción por megafonía y me hice la tonta dando vueltas como una peonza.

Fushimi InariEl Fushimi Inari Taisha es otro complejo templario dedicado a Inari, deidad de la agricultura, la fertilidad y la riqueza. Los zorros son sus mensajeros. Su atractivo son las puertas sagradas, las torii, que serpentean por todo el recorrido por el monte (Inari también) hacia los santuarios y que fueron (y son) donadas por comerciantes y artesanos a cambio de riqueza y prosperidad. Todo el mundo se sabe la cantinela de que cuanto más arriba se sube, menos torii hay, así que no la voy a repetir, pero sí me gustaría aconsejarme que la próxima vez me detenga más en los pequeños santuarios. Sí, es posible que vuelva a hacer frío, que llueva y que me tiemblen las piernas por el esfuerzo, pero podré hacerlo. Solo tendré que recordar el camino.

Finari2Aquella noche sopló el viento en Kioto. Tanto que tiraba las bicicletas. Un servicial botones del hotel me indicó dónde encontrar una lavandería. Cuando llegué había tres personas. Una anciana japonesa y dos occidentales, madre e hijo con pelos en los huevos pegado a una Nintento DS. Probablemente estadounidenses pero no reconocí el acento. También había tres lavadoras y tres secadoras. Las primeras abajo, las segundas arriba. Solo estaban libres una y una. Como novata que soy, me equivoqué y puse el programa de secado en la lavadora. Intenté pararlo pero no pude. Los estadounidenses tampoco. La japonesa tampoco. Cuando terminaron me dejaron sola. De vez en cuando venía un chaval a poner su ropa a secar pero se marchaba enseguida. Fueron los cuarenta minutos más solitarios que pasé en Japón. Y se me quedaron los pies helados.

Kyoto (2) En Teramachi, de vuelta al júbilo y a la alegría, entré en una sala recreativa de esas tan animadas y repletas de máquinas con regalos que se sacan con pinzas poco potentes a por una figura de un anime. Hice el ridículo delante de dos estudiantes de instituto (¡las pinzas solo tienen dos movimientos!) con cien yenes y tuve que ir a cambiar. Al volver, seguían allí. Uno de ellos tenía la figura que yo quería. Le pregunté en “japonés” si lo que había dentro de la caja era el arma o el personaje de anime. Obviamente no me entendió. Se puso colorado. Me dijo que si lo quería me lo daba. (Jamás olvidaré ese “Hoshii?”) Le dije que no, que le pagaba. Se indignó. Si lo quieres te lo regalo (“gift”), me repitió. El amigo, el listo, el guapo, le dijo que me pidiera dinero. Se negó. Al final acepté el trato. Me dio la mano. Sudaba. Debe de ser cosa de los de Kioto. Sonrió. Yo también. “Sigue siendo íntegro”, le deseé. Fue el único momento en el que quise tener diecisiete años en Japón…

Enésima crónica de un viaje a Japón (IV)

Nanzenji En mi itinerario, hecho a base de esfuerzo, muchas lecturas y un gran sentido analítico, el Nanzenji era una visita opcional si después de pasear por el Camino de la Filosofía me daba tiempo. Así que cuando llegué, con el recorrido cambiado y a última hora de la tarde, solo deseaba hacer tiempo antes de cenar.

Colocar el artículo “el” delante del nombre de un templo en Japón casi siempre es erróneo porque pocas veces se trata de un solo edificio. Los “templos” suelen ir en grupo. De hecho, el Nanzenji (ahí vamos otra vez) está formado por unos trece templos menores que se llaman taccyu. El que yo encontré, por casualidad, mientras intentaba rodear lo que a mí me parecían restos de un acueducto se llama Saishoin y el vacío acogedor de su cementerio lo convirtió en mi sitio favorito de Kioto.

Nanzenji8Y con ese atardecer, con un paseo por Teramachi y con unas compras en El Rodeo, tienda de ropa con diseños exclusivos muy originales, terminó mi primer día en Kioto. Como lo de decir “al día siguiente tocaba Nara” lo he leído muchas veces, aprovecho para hacer un inciso triple. Qué poco talento tengo para la fotografía, qué poca justicia hacen las fotos al Japón que yo vi y qué mala memoria tengo para los detalles que toda buena crónica necesita (como la comida).

Nara Estoy en Nara pasando mucho frío, sí, pero antes de seguir quiero hacer otra aclaración. En mis fotografías apenas aparecen personas y eso es porque las evito, no porque estuviera sola en Japón. Pero sí es cierto, y los videos que colgué en Instagram lo demuestran, que me sorprendió mucho lo vacíos que estaban ciertos lugares. A veces solo estábamos los cuervos, algunas palomas, algún fotógrafo y yo (la gallina). Supongo que es difícil deshacerse de la imagen de país muy poblado que todos hemos visto en televisión pero yo puedo dar fe: se puede estar solo en sitios en los que en otros países no podrías estarlo ni sin las calles colocadas.

Los ciervos de Nara se pelean por la comida. Se muerden entre ellos y se arrancan pelo, así que solo les di de comer una vez. Los carteles advierten que como mensajeros de los dioses tienen derecho a la libertad total y que ese libre albedrío implica que pueden no considerarte uno de ellos. Es decir, que pueden darte coces, morderte y arrancarte lo que tengas en las manos si piensan que es/eres comida. Conmigo se portaron muy bien. En especial uno, pero no en Nara, en otro lugar insospechado.

Nara (2) En el santuario de Kasuga Taisha residen cuatro dioses a los que se les ofreció alojamiento a cambio de que proporcionaran bienestar y felicidad a los habitantes de la ladera del Monte Mikasa. Así lo explica un cartel en inglés. Lo importante para mí es lo de la oferta. Antes de llegar a su casa hay un camino adornado con 1.800 lámparas como las de la fotografía que yo recorrí prácticamente sola. Para los curiosos, las cuatro divinidades son: Takimikazuchi-no-Mikoto, deidad del trueno que nació de la sangre que dejó en una espada el asesinato de un dios del fuego, Futsunushi-no-Mikoto, dios de las espadas, Amenokoyane-no-Mikoto, guardián del espejo de Amaterasu, símbolo imperial, y por último, Himegami, consorte del tercero e imagino que mujer, por eso lo de la ausencia de información.

TodaijiNadie me preparó para lo que vino a continuación porque nadie se hubiera imaginado que mi reacción fuera a ser esa. El camino que conduce al gran Buda de Nara está lleno de turistas del año nuevo, ciervos y tiendas, mencionados por número. Unos compraban, otros gritaban, otros comían y yo esquivaba. Hacía frío. Mis simpatías hasta entonces siempre habían estado con el sintoísmo y tenía claro que un Buda, por muy grande que fuera, no iba a impresionarme mucho. Al Todaiji se entra por una derecha y hay que girarse por completo hacia la izquierda para verlo. Bien, a los cinco segundos de realizar el giro me eché a llorar. Creo que hasta abrí la boca de asombro. “Me abrumó tanta perfección”, podría decir. Pero sería una gilipollez porque no sé lo que es la perfección. Tampoco pensé con palabras. Me dejé llevar. Bien puesto. De líneas rectas. Atractivo. Todas las fotos que hice en el interior están movidas.

No tenía ni idea.

Kyoto loves you

Enésima crónica de un viaje a Japón (III)

Sanjusangendo El Sanjusangendo se llama así porque hay exactamente treinta y tres espacios (san-juu-san) entre las columnas que mantienen el templo en pie. Lo sobrecogedor está dentro: 1001 estatuas armadas de la diosa Kannon talladas en madera de ciprés japonés dispuestas en formación “militar”. Lo entrecomillo porque la impresión es mía. Pero hay treinta estatuas, una del dios del Trueno y otra del dios del Viento (Fujin y Raijin), y otras veintiocho de dioses guardianes que se convirtieron en motivo de sorpresa y de reproche. De asombro porque no tenía ni idea de que los dioses budistas estuvieran acompañados de guardianes de origen sintoísta y de recriminación porque no se debería hacer un viaje tan importante cargada de tanta ignorancia. Así me pesaban las maletas. De todas formas, alguien debería escribir la historia de la profecía que habla sobre el día en el que las estatuas del templo saldrán a defender Japón de los invasores. En este templo, por cierto, compré mondadientes a 100 yenes. Uno de los mejores regalos que hice.

Sanjusangendo4

 

 

 

 

Mi intención era seguir una trayectoria ordenada de visitas pero me rendí enseguida. En el metro me manejaba bien, pero a la hora de coger autobuses, algo muy útil en Kioto, me convertía en una inútil. Creo que fue el último día cuando me di cuenta de que la dirección estaba indicada en las paradas. Con flechas. Ahí empecé a pensar que había perdido muchas neuronas en el aire y tristemente lo confirmé después. Por tanto, como no supe llegar al Gingakuji, aparecí en el Heian. La superposición de la farola, el árbol y el torii más grande del mundo que se ve en la fotografía me llamó la atención, pero para hacerla tuve que adoptar una postura un tanto griega que provocó mi primera conversación extraoficial. La señora, casi anciana y pizpireta, se me acercó para decirme que la puerta era muy grande y que por tanto era muy difícil fotografiarla, ¿verdad? Mi respuesta fue un sí acompañado de una reverencia. En japonés, claro. Muy locuaz.

El templo también estaba lleno de estudiantes escandalosos así que pagué para entrar en los jardines. Las fotos dirán más que yo pero en ellas no sale la pareja que llamó mi atención. Joven. Cuando llegué terminaban de tomarse un té y se marchaban. Me hubiera gustado verles de cerca pero elegí quedarme. Un pálpito.

Heian2

 

 

 

 

Enésima crónica de un viaje a Japón (II)

Kiyomizu1Entre el hotel y mi estación de metro, la Karasumaoike, había un Starbucks. Allí desayuné todos los días que estuve en Kioto un café y un bollo de canela caliente y allí fue donde me enseñaron a hacer magia con las monedas. No sé si es algo que le ocurre también a los japoneses, si solo a los turistas, si a toda la humanidad o si solo a mí, pero el caso es que siempre llevaba el bolsillo lleno de monedas. Cuando iba a pagar, las sacaba todas y las extendía sobre la palma de la mano para contar con más facilidad. Un día una de las chicas que me atendía me pidió permiso para escogerlas y a mí me gustó la sensación. Por la ternura, por la explicación en voz alta de la acción que transcurría, por la relación de confianza que se establecía y porque me fascina todo lo que tenga que ver con el cálculo mental por mi incapacidad de trascender ciertas operaciones matemáticas. Por eso lo he llamado magia. Desde ese momento siempre les extendí la mano llena de monedas y todas las veces me sonrieron con una mezcla de compasión, sorna y protección que me hizo muy feliz. Supongo que el motivo era que ellos consiguieran cambio y yo monedas más grandes, pero tampoco descarto que simplemente les gustara jugar conmigo.

Kiyomizu2Volví a perderme en cuanto me subí a un autobús y llegué a Kiyomizudera, el “templo” del agua pura, cuando ya estaba lleno de estudiantes japoneses (y de turistas del año nuevo). Los esquivé por la izquierda porque los gatos de la foto me llamaron. Y en esa zona, justo antes de los jizo de piedra, hay un santuario sintoísta, Kasugasha, que me dejó clavada en el suelo un largo rato. De hecho, antes de irme regresé para quedarme otro rato más. Los motivos los desconozco. He escrito ya tres párrafos intentando explicarlo y los he borrado porque me parecen superficiales. Se trata de una percepción diferente de la realidad. Probablemente sea sugestión pero no sé qué es lo que la desencadena. Si soy yo, está bien, porque significa que todavía tengo capacidad para conmoverme. Si es algo que existe fuera de mí, me gustaría averiguarlo. De un modo científico, quiero decir. De hecho, otra zona del complejo, exactamente la vegetación a la que no se puede acceder que está en el camino entre el salón principal Hondo (lo más fotografiado de Kioto) y la cascada Otowa (de la que bebí del tercer chorro), también me atrajo mucho. Aquí incluso lloré. Me gustaría saber de qué se trata.

Antes de irme hacia el Sanjusangendo, compré mi primera kokeshi. Y como diez meses de investigación son muchos, aquí os dejo el verdadero origen de estas muñecas y su significado.

Kiyomizu3