Archivo de la etiqueta: Segunda Guerra Mundial

Matadero Cinco de Kurt Vonnegut

El libro era Maníacos en la cuarta dimensión, de Kilgore Trout. Hablaba de las personas cuyas enfermedades mentales no podían ser tratadas porque sus causas estaban todas en cuatro dimensiones, y los tridimensionales médicos terrícolas no podían ver esas causas, ni tan siquiera imaginarlas.

Trout defendía una teoría que encantaba a Rosewater. Decía así: tanto los vampiros como los brujos, los duendes, los ángeles, etc., existían, pero en la cuarta dimensión. William Blake, el poeta de Rosewater, también estaba de acuerdo con Trout. ¿Y acaso no existían el cielo y el infierno?

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Nine Suitcases de Béla Zsolt

To hell with doctrines, ideas and objectives! When the French accomplished their great revolution all they wanted was to improve their own lot; they wanted to eat more, pay less in tithes and taxes, suffer less harassment from the nobles and officials – and, thanks to this ruthless selfishness, not only did the material conditions of life improved over the next century and a half, but the intellect and the arts flourished, and the social existence of humanity, which had always been coarse to the point of brutishness, was tempered by such a defree of gentleness and tolerance as had probably never been experienced before. This wasn´t the result of doctrines, ideas and idealism, but of logical, sensible, base selfishness. To hell with ideas – if people always did what, on careful consideration, was in their most selfish interest, there would be nothing wrong with the world. Who wants to die and starve? Nobody. If people weren´t driven crazy by ideas and by their God, nobody would, for instance, go to war in order to starve and to die a beastly death.

Tokio, año cero de David Peace

Tokio Año CeroMi duda siempre ha sido la misma: ¿por qué nunca he percibido rencor por parte de los japoneses hacia el ejército invasor tras la Segunda Guerra Mundial? ¿Porque realmente no hubo, porque siempre me salto veinte años de historia y abro los ojos en un Japón ya reconstruido o porque a nadie le interesa hablar de este tema en profundidad?

Hace unos meses, para intentar comprender, me apunté a un curso impartido por la Universidad de Tokio llamado “Visualizing Postwar Tokyo”. En él, el profesor Yoshimi Shunya asegura que el motivo de esa ausencia fue el traspaso de culto: sustituyeron al emperador por el General McArthur y siguieron con sus vidas.

¿Pero qué vidas tenían? ¿Cómo vivieron los japoneses en Tokio justo después de la guerra? ¿Pasaron hambre? ¿Qué hacían para conseguir comida? ¿Acudían al mercado negro? ¿Las mujeres se prostituían? ¿Tenían empleos? ¿Cómo funcionaban las instituciones? ¿Y la policía? ¿Era corrupta? ¿Cómo trabajaba el ejército estadounidense para controlarlas? ¿Qué pasó en Tokio justo antes de que llegaran las reformas?

David Peace responde con dos onomatopeyas: “ton-ton”, el incesante sonido de los martillos que construyen y reconstruyen edificios y “gari-gari”, el infinito picor producido por los piojos que poblaban todas las cabezas japonesas. El Tokio del año cero de David Peace es miserable, corrupto, podrido, triste, deprimente, asfixiante y desesperanzador. Pero interesante, revelador y real también. El hilo conductor de la novela negra son los asesinatos cometidos por Yoshio Kodaira y la investigación del detective Minami. El asesino es real, el policía, ficción.

Si bien su retrato sensato de la capital japonesa un año después del fin de la guerra me ha resultado más útil que cualquier otro relato histórico de no ficción, la forma en la que está escrita la novela desquicia. Despista también. Requiere una atención fuera de lo habitual y, por qué no decirlo, la destroza. En la portada comparan a Peace con Ellroy. Para mí no existe la similitud. Ellroy sabe dónde está el límite porque sabe escribir. De Peace, pese a que entiendo sus motivos, no puedo decir lo mismo.

Pero ¿qué será de este muchacho? de Heinrich Böll

Pero ¿qué será de este muchacho?  (Cada vez hago mejores fotos. Estoy pensando en convertir mi arte en algo profesional. Por otro lado, creo que al título le falta una coma. Si no, creo que lo correcto hubiera sido incluir toda la oración entre los signos de interrogación. Pero quizá sean solo cosas mías y exista corrección gramatical así. A mí se me queda cojo.)

Heinrich Böll ganó un Nobel de literatura por ser uno de los representantes literarios más importantes de la Alemania de la posguerra. Yo no sabía quién era. Compré Pero ¿qué será de este muchacho? porque el título me llamó la atención. Tiene solo cien páginas. Böll recuerda sus días de instituto, en Colonia, justo cuando Hitler ascendió al poder (podría haber ascendido a los cielos -o a los infiernos- directamente y nos habría ahorrado a todos mucho sufrimiento). También las hogueras de libros, las premoniciones de su madre sobre la guerra en el 36, los paseos en bicicleta por Colonia y sus tonteos con las mujeres.

Es un relato corto que tira de la memoria y que deja con ganas de más. De más anáforas, si he de ser más concreta. Es un recurso estilístico más poético que narrativo, pero me ha entusiasmado cómo lo utiliza Böll. Empieza a partir del cuarto “capítulo” (son tan cortos que no sé si denominarlos así). Finge que su única intención es hablar de sus días de colegio, después se deja llevar por el recuerdo y, cuando quiere retomar la remembranza escolar, utiliza frases del tipo “Sí, y la escuela, en efecto, ahora vuelvo al tema” o “Ah, sí, la escuela”. Me gusta el ritmo y la estructura. Quiero leer más cosas de Böll. Por esto leo.

Un saco de canicas de Joseph Joffo

Un saco de canicas  Lo único que me ha llamado la atención de los recuerdos de Joseph Joffo es la naturalidad con la que los adultos se tomaban la presencia de dos niños vagabundos en la Francia de la Segunda Guerra Mundial. El desarraigo debía de ser algo tan habitual que el hecho de “contratar” a un niño de diez años no suponía ningún problema. Nadie se sorprendía de nada. O al menos así lo recuerda uno de esos niños, Joseph Joffo, treinta años después.

La ocupación nazi en Francia provocó una espantada en su familia. Cuando empezó el envío de judíos a Drancy, los hermanos de Joseph empezaron a abandonar París. Los últimos en marcharse fueron los dos pequeños. Sus padres les proporcionaron dinero, ropa y direcciones y les dejaron marchar. Los dos hermanos se mantuvieron juntos la mayor parte de la guerra. En su odisea recorrieron gran parte de Francia, trabajaron, trapichearon, disfrutaron, se alegraron en los reencuentros, se apenaron en las despedidas y, cuando Francia se liberó por fin de la escoria, regresaron a su añorado París.

No es mi relato favorito de la Segunda Guerra Mundial y me siento un poco culpable por recordar a Tom Sawyer y a Huckleberry Finn cuando pienso en los hermanos Joffo, pero no lo puedo evitar. Me suena a cuento. En el prólogo Joffo dice: “La memoria, así como el recuerdo, pueden metamorfosear algunos pequeños detalles. Pero lo esencial está ahí, con su autenticidad, su ternura, su gracia, y la angustia vivida”. Voto por que esa metamorfosis se produce en la angustia vivida, poca, y en la magnificación de la ternura, la gracia y la angustia vivida. Sin pruebas, claro.

La flecha del tiempo de Martin Amis

La flecha del tiempoTengo el mismo dilema de siempre…
Lo único que entiendo de la teoría física de la flecha del tiempo es que éste siempre fluye en la misma dirección, de pasado a futuro, pasando por el presente. En la novela de Martin Amis lo hace al revés. El tiempo empieza en la muerte del protagonista de múltiples nombres y termina en su nacimiento. Es una vida contada al revés, con conversaciones que empiezan con un adiós, con excrementos que salen de la taza del váter y se introducen por el ano, con judíos muertos que abren los ojos, sufren torturas y después se marchan llorando, Amis dice que agradecidos. Es una historia rebobinada hacia atrás narrada por un desconocido que está metido en la mente del protagonista.

Dado que no todas las novelas están escritas de este modo, el que lee no tiene que ser muy listo para darse cuenta de que tiene un propósito. Cerca de la mitad, el de los nombres varios es “médico” en Auschwitz. Por tanto intuye que el propósito tiene algo que ver con el campo de concentración. Hasta aquí, más lo que no he podido contar (menos la famosa intención), también me resulta comprensible.

Lo que no entiendo es la transcendencia. La pretensión que no viene del autor sino de los críticos. El encumbramiento. Las interpretaciones de una obra que a mí me parece del montón. No logro ver el propósito. Dar la vuelta a la flecha del tiempo es algo original, sí, y tuvo que cuidar muchos los detalles para conseguir verosimilitud. Para mí ese es el mérito. Pero lo hubiera sido igual si en vez de narrar la historia del de los cuatro nombres hubiera contado la vida de John McMahon de Wisconsin. Por eso no entiendo.

Seguir viviendo de Ruth Klüger

Seguir viviendo En el prólogo, Jorge Semprún explica que para él Ruth Klüger no solo es una superviviente del holocausto que escogió, libremente, hablar sobre su experiencia, sino que además lo hizo con todas las características de la buena literatura. A mí no me parece que la buena literatura sea lo transcendental en este caso, pero antes de demostrarlo, necesito copiar un fragmento de la página 61 de sus memorias:

 Cuando cuento a la gente que mi madre estaba celosa de mi padre durante la estancia de éste en Francia, y que en el último año que vivieron juntos se peleaban ambos, que mi madre y su hermana, en presencia mía, se habían arrancado literalmente los pelos, hasta tal punto de que mi tía abuela tuvo que lanzarse suplicante a separarlas, y que yo puedo echar en cara a mi madre, sin inmutarme lo más mínimo y aportándole pruebas, las más diversas, pequeñas y mezquinas maldades y crueldades, la gente se asombra y dice que dadas las condiciones de vida que tuvisteis que soportar en la época de Hitler, los perseguidos tendrían que haberse sentido más unidos. Sobre todo los jóvenes tendrían que haber reaccionado así (dicen los de más edad). Eso es necio sentimentalismo y se basa en la idea absurda de que el sufrimiento acrisola. En su fuero interno cada uno sabe, por propia experiencia, cómo es la realidad: cuando hay que soportar más, la paciencia, siempre precaria, con el prójimo, se vuelve más endeble, y los lazos familiares se desgarran.

En otra de las páginas, Ruth Klüger vuelve a insistir en la necedad que es creer que todos los judíos que murieron en los campos eran buenas personas por el simple hecho de haber muerto allí. Tampoco le gusta que Auschwitz sea un museo. Es una mujer que gruñe constantemente. Protesta contra los lectores de relatos sentimentaloides. Se queja porque en la Segunda Guerra Mundial era una niña. Pese a haber estado en tres campos de concentración, llaman mucho más la atención los continuos bufidos a su madre. Su relato intercala constantemente aspectos de su vida personal con los que no está satisfecha. Sin embargo, algo que sí le gusta es decirle al lector cómo tiene que pensar y lo que tiene que pensar sobre los judíos, los campos, los relatos de judíos y de campos, la guerra, la posguerra y la madre que la parió.

¿Conclusión? Leer a Ruth Klüger es incómodo. No porque lo que cuenta moleste a la conciencia sino por la sensación constante de que la narradora está indignada, regañando, protestando y bufando. Si dentro de la buena literatura se encuentra la capacidad de molestar como lo hace esta mujer, entonces estoy de acuerdo con Semprún. Aunque más que arrastrada por la poesía de las palabras, yo me he sentido encogida por los golpes. Y ya que ella misma desprecia los sentimentalismos, por qué no decirlo: Ruth Klüger nació en el año 1931. Yo creo que sigue viva por la mala leche que tiene dentro.