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Enésima crónica de un viaje a Japón (VII)

Nijo Llovía. Salía el sol pero llovía. Estaba tan encharcada que me metí en la exposición especial del Castillo Nijo sobre las pinturas del Palacio Ninomaru para ver al gran halcón. Dentro hacía un calorcito tan agradable… El siglo XVII queda un poco lejos de mis intereses y creo que ni siquiera me molesté en entrar en más edificios. Tampoco recuerdo si se podía. Lo que sí hice fue pasear por los jardines hasta llegar al que alberga los cerezos invernales. No había nadie porque, ¿quién sabe distinguir un árbol de otro si ninguno tiene hojas? Sin embargo, es fácil imaginarlos en flor aunque difícil añadir el silencio. Seguía lloviendo, así que cogí un autobús calentito con destino al Ginkakuji, al pabellón de la intención de plata. El fénix de éste es oscuro pero más interesante. Estuve poco tiempo porque quería despedirme del Nanzenji y subir a las “cataratas”. O mejor dicho, quería subir al lugar en el que yo me imaginaba que estarían las cataratas.

El Camino de la Filosofía es un recorrido de más de dos kilómetros que me llevó desde el Ginkakuji hasta el Nanzenji en algo más de una hora. Pensé, hice una pausa en un cementerio y seguí pensando. Como no quiero desvelar mis pensamientos creo que las fotografías servirán. Algunas valen más que mil palabras, mías, claro.

CF6(Sí, los gatos nos sorprendieron a todos, había incluso cola para hacerles fotografías. La pregunta que nos hacíamos en muchos idiomas era: ¿cómo es posible que aguanten sin moverse ni asustarse? No sé qué pone en el cartel, pero mi apuesta es el calor. El carro tenía que tener algún tipo de calefactor en alguna parte. “Promocionaban” una cafetería, por cierto.)

NanzenjiSP Lo que se ve al fondo es el cementerio del Saishoin, dentro del Nanzenji, desde la parte de atrás, de camino a las “cataratas”. En lo alto de la montaña, hasta donde dejan subir, hay varios santuarios, algunos carteles, cerámicas votivas actuales y mucha tranquilidad. Al agua se la oía, pero nada estruendosa. ¿De dónde me saqué yo que ahí arriba había unas cataratas? Lo leí en alguna parte. Aunque lo de “ahí” quizá me lo inventara y solo quería una excusa para subir.

Volví al cementerio a despedirme de Kioto. Recompuse una taza votiva rota y coloqué algunas flores, pero no quise inmiscuirme más. La tumba más moderna (y quizá un poco ostentosa porque es de metal-espejo, no de piedra-mármol como las demás) pertenece a Fujii-san, fundador de una compañía importante de la que no recuerdo el nombre. Una placa en inglés le recuerda con cariño. Era un hombre al que le gustaba decir que nunca había que abandonar los sueños porque fracasar no mataba. Había que intentarlo una y otra vez hasta conseguirlo. La idea de las oportunidades infinitas me reconfortó y la de la negación del fracaso me hizo reír. Me regañé también por haber sido tan imbécil durante todo el día.

Hay tres motivos por los que volveré a Japón. Uno es el Saishoin y su cementerio. Otro es Subaru. El último es el Buda de Kamakura. Por ellos todo mereció la pena. Y lo seguirá haciendo.

Saisho-inSuperado el drama, entonces y ahora, me fui a Osaka. Para empezar mañana la entrada allí directamente, aprovecho y cuelo dos comentarios al margen. El primero tiene que ver con mi equipaje. Llevé una maleta y una bolsa de viaje que me destrozó la espalda. Me sobraba la mitad de la ropa. En Japón hay lavanderías muy cómodas, así que si alguna vez vais, no ignoréis los comentarios que aconsejan poco equipaje (ignorad las rutas) y viajad libres. Y utilizad el servicio que os lleva las maletas a los hoteles por adelantado. Es posible que prepararlo todo un día antes no sea buena idea siempre, pero para viajar dentro de Japón casi siempre lo es. Y es muy barato. Lo máximo que me llegaron a cobrar (de Osaka a Tokio) fueron 10 euros.

El segundo tiene que ver con esta crónica. Si un viaje puede dividirse en partes, la primera del mío acaba aquí. Mentiría si dijera que no estuve bien en Osaka y en Tokio, pero desde luego fue diferente. Kioto fue mi paraíso japonés, Osaka un limbo y Tokyo un “infierno” indomable que solo me quiso para una cosa. Por eso es probable que las entradas tan detalladas disminuyan. Creo que iré más rápido. Además, hay varios días de los que no voy a hablar porque estuve acompañada y lo privado es “puraibetto (?)”. Eso sí, escribiré entradas sobre los conciertos, sobre la obra de Hina y sobre lo que pienso. Esto va a ser infinito…

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Enésima crónica de un viaje a Japón (IV)

Nanzenji En mi itinerario, hecho a base de esfuerzo, muchas lecturas y un gran sentido analítico, el Nanzenji era una visita opcional si después de pasear por el Camino de la Filosofía me daba tiempo. Así que cuando llegué, con el recorrido cambiado y a última hora de la tarde, solo deseaba hacer tiempo antes de cenar.

Colocar el artículo “el” delante del nombre de un templo en Japón casi siempre es erróneo porque pocas veces se trata de un solo edificio. Los “templos” suelen ir en grupo. De hecho, el Nanzenji (ahí vamos otra vez) está formado por unos trece templos menores que se llaman taccyu. El que yo encontré, por casualidad, mientras intentaba rodear lo que a mí me parecían restos de un acueducto se llama Saishoin y el vacío acogedor de su cementerio lo convirtió en mi sitio favorito de Kioto.

Nanzenji8Y con ese atardecer, con un paseo por Teramachi y con unas compras en El Rodeo, tienda de ropa con diseños exclusivos muy originales, terminó mi primer día en Kioto. Como lo de decir “al día siguiente tocaba Nara” lo he leído muchas veces, aprovecho para hacer un inciso triple. Qué poco talento tengo para la fotografía, qué poca justicia hacen las fotos al Japón que yo vi y qué mala memoria tengo para los detalles que toda buena crónica necesita (como la comida).

Nara Estoy en Nara pasando mucho frío, sí, pero antes de seguir quiero hacer otra aclaración. En mis fotografías apenas aparecen personas y eso es porque las evito, no porque estuviera sola en Japón. Pero sí es cierto, y los videos que colgué en Instagram lo demuestran, que me sorprendió mucho lo vacíos que estaban ciertos lugares. A veces solo estábamos los cuervos, algunas palomas, algún fotógrafo y yo (la gallina). Supongo que es difícil deshacerse de la imagen de país muy poblado que todos hemos visto en televisión pero yo puedo dar fe: se puede estar solo en sitios en los que en otros países no podrías estarlo ni sin las calles colocadas.

Los ciervos de Nara se pelean por la comida. Se muerden entre ellos y se arrancan pelo, así que solo les di de comer una vez. Los carteles advierten que como mensajeros de los dioses tienen derecho a la libertad total y que ese libre albedrío implica que pueden no considerarte uno de ellos. Es decir, que pueden darte coces, morderte y arrancarte lo que tengas en las manos si piensan que es/eres comida. Conmigo se portaron muy bien. En especial uno, pero no en Nara, en otro lugar insospechado.

Nara (2) En el santuario de Kasuga Taisha residen cuatro dioses a los que se les ofreció alojamiento a cambio de que proporcionaran bienestar y felicidad a los habitantes de la ladera del Monte Mikasa. Así lo explica un cartel en inglés. Lo importante para mí es lo de la oferta. Antes de llegar a su casa hay un camino adornado con 1.800 lámparas como las de la fotografía que yo recorrí prácticamente sola. Para los curiosos, las cuatro divinidades son: Takimikazuchi-no-Mikoto, deidad del trueno que nació de la sangre que dejó en una espada el asesinato de un dios del fuego, Futsunushi-no-Mikoto, dios de las espadas, Amenokoyane-no-Mikoto, guardián del espejo de Amaterasu, símbolo imperial, y por último, Himegami, consorte del tercero e imagino que mujer, por eso lo de la ausencia de información.

TodaijiNadie me preparó para lo que vino a continuación porque nadie se hubiera imaginado que mi reacción fuera a ser esa. El camino que conduce al gran Buda de Nara está lleno de turistas del año nuevo, ciervos y tiendas, mencionados por número. Unos compraban, otros gritaban, otros comían y yo esquivaba. Hacía frío. Mis simpatías hasta entonces siempre habían estado con el sintoísmo y tenía claro que un Buda, por muy grande que fuera, no iba a impresionarme mucho. Al Todaiji se entra por una derecha y hay que girarse por completo hacia la izquierda para verlo. Bien, a los cinco segundos de realizar el giro me eché a llorar. Creo que hasta abrí la boca de asombro. “Me abrumó tanta perfección”, podría decir. Pero sería una gilipollez porque no sé lo que es la perfección. Tampoco pensé con palabras. Me dejé llevar. Bien puesto. De líneas rectas. Atractivo. Todas las fotos que hice en el interior están movidas.

No tenía ni idea.

Kyoto loves you