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El primer hombre de Albert Camus

Quería sentir su vanidad satisfecha, y en parte ya lo había conseguido y, sin embargo, en el momento de salir del campo verde, volviéndose hacia Muñoz, súbitamente una sorda tristeza lo acongojó de pronto al ver la cara descompuesta del que había recibido sus golpes. Y supo así que la guerra no es buena, porque vencer a un hombre es tan amargo como ser vencido por él.

El extranjero de Albert Camus

El extranjero  (Otro de los de la portada verde y grabados dorados.)

Ayer estuve en el veterinario. A mi gata, conocida como “Paqui”, se le había reventado un cáncer de mama. Tenía trece años, una enfermedad autoinmune, dos extirpaciones y mucho sueño. Tomamos la decisión de dejarla dormir para siempre tras considerar muchos factores. Mientras que la preparaban (el sedante no le hacía efecto, mordía, arañaba y se retorcía), una enfermera muy amable y demasiado habladora intentaba distraerme. Lo único que yo quería era llorar y despedirme de mi animal, pero la señorita no me dejaba. Es curioso: me veía llorar y que al tener mis manos ocupadas con la gata tenía que limpiarme el moquillo con la manga, pero en ningún momento me ofreció un pañuelo. Sin embargo, de la charla sobre la muerte de animales y personas no pude librarme. Valoro mucho que su voz se quebrara mientras yo lloraba desconsoladamente. Eso me reconfortó más que cualquier palabra que dijera después. Fueron muchas, y entre pausas y arañazos, casi todas ellas tonterías. Por ejemplo, me contó que, pese a que su abuelo murió cuando ella tenía tres años, siempre había sentido que le conocía gracias a los “recuerdos infundidos”.

Según la RAE, infundir es “causar en el ánimo un impulso moral o afectivo”. En el caso de mi enfermera charlatana, su familia debió de infundirle el cariño hacia su abuelo con tanto fervor que ahora los recuerdos son suyos. Tiene su lógica. ¿Pero mi tontería la tiene? Aunque no recuerde detalles de muchos libros que he leído sí que recuerdo los momentos en los que lo he hecho (sentada, de pie, tumbada, aquí, allí, allá…). Con El extranjero me ha pasado algo similar a lo del “recuerdo infundido”: desde la primera línea he tenido la sensación de que ya lo había leído pese a no recordar ni en qué momento ni en qué lugar. La muerte de la madre, el viaje a la residencia, el entierro, la indolencia, María, la playa, las calles, la indolencia, el viaje, la playa, los árabes, el asesinato, el juicio, el juicio moral, la indolencia, la charla con el sacerdote, el valor, la indolencia… Todo me resultaba familiar.

Absurdo, sí, pero la novela en cierto modo también lo es. Sí, sí, me sé la teoría. Camus alerta a la humanidad sobre el destino del hombre en una novela cargada de escepticismo. Pero ahora mismo yo no puedo ser Mersault. Me siento cargada de conciencia. He matado a un gato o he permitido que lo hicieran. Da igual. Me siento muy mal…