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El viaje

En el país de los diosesLlevo casi dos meses ausente. Porque no leo. Porque no puedo concentrarme más de dos minutos. Tengo la mente en otra parte. Me voy a Japón.

Tengo un ebook. Lo he llenado de libros gratuitos. Uno de viajes de Darwin. Galdós. El Príncipe. Muchos relatos de Dickens. De Mark Twain. La Eneida. Bastantes más. Voy por poco tiempo.

Antes de ayer, tumbada en la cama, pensé en El maestro de Go. Me lo llevo. Volveré a leerlo. Voy a ir a Kamakura, a presentar respetos. A compartir, a rogar, a hablar con una lápida. También me llevo En el país de los dioses. Para que Hearn me haga compañía. Para no sentirme estúpida.

Ir a Japón no es bajar al portal a abrir la puerta si no funciona el telefonillo. Es lo que yo quiera que sea. Como un chicle, por ejemplo. Lo voy a poder estirar, doblar, hacer globos con él, explotarlos, saborearlo e incluso tragármelo si quiero. Es la primera vez en mi vida adulta que tengo tanta libertad. Pero lo más importante no es la excitación por fingir ser otra persona en un país desconocido. Lo mejor es la posibilidad de ser yo misma.

Por primera vez voy a desear con libertad unos labios húmedos que se desprenden de una armónica. Y un cuello sudoroso con un lunar. Y varios más en hilera, debajo del ojo derecho. Y un ceño fruncido que sufre y una boca descomunal.

Por ejemplo.

Qué importante es el deseo.

Divina Comedia de Dante Alighieri

Divina Comedia  Al fin lo he hecho. Mi Divina Comedia tiene las páginas amarillentas por pasar muchos años en una estantería. Pero no huele a tabaco sino a libro. Después de diecisiete años esperando todavía conserva ese olor.

Lo he hecho pero no bien. Solo el Infierno mantuvo mi atención. Y por un motivo que no tiene nada que ver con lo literario. Me preguntaba por qué ningún creador de aventuras gráficas se había atrevido a convertir la Divina Comedia en un videojuego. Al menos la parte infernal. A medida que leía, mi mente se iba llenando de posibles puzzles y acertijos, de modos de juego, de la importancia del papel de Virgilio como guía y de Beatriz como objetivo final. Después me dijeron que ya existía uno y que no tenía nada que ver con lo que yo imaginaba. Éste es un Dante musculoso que se dedica a destrozar y purificar criaturas infernales. Nada que ver.

Cuanto más se acerca Dante al paraíso, más se aleja mi interés. La mayoría de los tercetos de los cien cantos tienen una nota explicativa. Casi al final yo tenía la sensación de que solo leía esas notas.

Lo he hecho pero sin abarcar. Pocos pueden hacerlo por completo, así que yo me quedo con el Infierno, con Virgilio, con la ciencia y con las Pes del Purgatorio.