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El universo, los dioses, los hombres de Jean-Pierre Vernant

El universo, los dioses, los hombres  En el prólogo de esta edición, Jean-Pierre Vernant explica que El universo, los dioses, los hombres es un intento de recrear aquello que hacía con su nieto cuando éste era un niño: contarle un mito griego en forma de cuento antes de que se fuera a dormir. Si obviamos el tema del sueño y del abuelo, la intención de Vernant es efectiva: es el mejor narrador de mitos griegos que he conocido (aunque, por otra parte, no han sido muchos).

Vernant empieza sus relatos con la creación del mundo según los griegos y con los mitos de la subida de Zeus al poder y su última guerra contra Prometeo antes de erigirse definitivamente en dios todopoderoso, no creador del cielo ni de la tierra, pero sí lo suficientemente astuto como para que ni dios le replique.  Sorprende el salto que da el autor a continuación. De la invención de la mujer, Pandora, a la Guerra de Troya y a Ulises. Los tres últimos cuentos son sobre Dioniso, Edipo y Perseo.

En el prólogo Vernant no menciona por qué eligió esos mitos. Y yo, que esperaba un orden cronológico, me siento curiosa. ¿Por qué no Hércules? ¿Por qué no el nacimiento de los hijos de Zeus? ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Por qué sí aquellos que son más humanos? ¿Porque el autor era filósofo? ¿Porque dirigió la Resistencia francesa del sur en la Segunda Guerra Mundial? ¿Porque simplemente le gustaban?

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La Ilíada de Homero

 Al mismo tiempo se armaba el divino Aquiles rodeado de sus compañeros; vestía el héroe la armadura que había forjado el dios Hefestos para él […] Se puso en las piernas vistosísimas grebas, ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la coraza, colgó de su hombro una espada de bronce adornada con clavos de plata y embrazó el amplio y recio escudo, cuyo resplandor parecía desde lejos al de la Luna. Como aparece el fuego en un lugar solitario de la cima de un monte a los navegantes que vagan por el mar, porque la tempestad los había alejado de sus amigos, de la misma manera el fulgor del espléndido escudo de Aquiles se elevaba hasta el cielo.

Cómo disfruté con las descripciones de Homero. De los escudos, las lanzas y las espadas. De las batallas, sangrientas. Era verano y estaba en la piscina. Cada vez que terminaba un descripción llena de brillos, fulgores y sangre, miraba el agua. El sol se reflejaba en ella y también brillaba. De vez en cuando me remojaba y como no podía esperar hasta secarme mojaba las páginas. Por eso ahora mi Ilíada está ajada, un poco cuarteada y los cuadernillos deshechos. Se empapó de entusiasmo.

Las batallas me enardecían, sí. Pero fue la elección de Aquiles lo que me conquistó. Su destino. Morir como un héroe en la batalla. No regresar con la gloria de la victoria. También su ira me atrajo. Cuando muere Patroclo, Aquiles hierve y refulge. ¡Por fin el héroe divino va a luchar! Y cómo lo hace. Si hubiera existido un trampolín, creo que la euforia habría hecho que me subiera encima para gritar estas palabras:

Ármate ahora de todo tu arrojo, porque ahora es cuando más va a ser necesario que eches mano de toda tu valentía para enfrentarte conmigo. Aunque todo va a ser inútil; ya no puedes huir, Atenea va a obligarte a sucumbir víctima de mis golpes, y enseguida, herido por mi lanza, pagarás todos los dolores de mis amigos a los que tú mataste manejando la tuya.

En cuanto terminó el funeral de Héctor, empecé la Odisea. Pero no era lo mismo y no pude terminarla. Por mis venas corre más sangre de Aquiles que de Ulises. Soy más pánfila que astuta. Y todavía tengo un as bajo la manga… ¡Eneida allá voy!

Ver también: Corazón de Ulises de Javier Reverte