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Enésima crónica de un viaje a Japón (X)

TokyoAl margen de que Tokio me quisiera como turista o no (yo creo que solo a ratos pero como soy parte implicada puedo estar condicionada), la verdad es que la culpa del desastre fue mía. Primero, por hacer caso de los itinerarios que circulan por internet y que pertenecen a personas que viajan en grupo, que tardan más en moverse y cuyos gustos no se corresponden necesariamente con los míos. A mi favor he de decir que cuando empecé a preparar el plan de viaje, Tokio me abrumó tanto que me agarré a lo primero que me pareció ordenado. Su tamaño es el segundo motivo. Sabía que era enorme, pero no tanto. No es una ciudad para perderse caminando si vas con un plan, al menos no conscientemente. Por cierto, cuando hablo de desastre me refiero a que no vi partes de la ciudad fundamentales, importantes e imprescindibles según todas las guías. Y para muestra, un botón. El plan del primer día consistía en visitar el Sensoji, coger un barco hasta el jardín Hamarikyu, patear a fondo el parque Ueno en un orden determinado y pasar la tarde en Akihabara. Y esto es lo que ocurrió…

Al Sensoji llegué bien porque estaba a solo dos kilómetros de mi hotel y perderse por Asakusa es complicado. Como volví el último día no quiero detenerme mucho. Tan solo diré que, pese a ser temprano, ya estaba lleno de turistas del año nuevo y que echaré de menos todos los días de mi vida el taiyaki de uno de los puestos… Dos, cien yenes. Recién hechos, con la pasta de judías rojas calentita…

Pasé por delante del edificio en el que se vendían las entradas para el barco a Hamarikyu dos veces. Pero ese día mi imaginación había decidido que la taquilla estaba a pie de río, que era como la de un circo o algo similar y que estaba lejos, así que recorrí otros tres kilómetros en dirección sur. A buen ritmo por el río Sumida totalmente motivada. Obviamente no encontré nada porque lo había dejado atrás y Hamarikyu quedó para siempre en el limbo. Un poco mosqueada cogí el metro para ir al parque Ueno y lo que pasó allí ya fue la desesperación total.

Toshogu Este árbol del Santuario Toshogu tiene 600 años. Estaba ahí antes de la construcción del santuario y, por supuesto, mucho antes que mi cabreo conmigo misma por ser tan idiota. La imagen es importante para recordarlo.

El Toshogu me recordó un poco a Nara y me hizo pensar en la gran capacidad de contraste que tiene Japón. Puedes estar rodeada de lámparas verdes de musgo sin oír nada más que a los cuervos graznar y tener la certeza de que, a menos de un kilómetro, hay un rascacielos con un paseo de peatones a sus pies por el que pasan cientos de miles de personas al día. Aquí también tuve un acompañante curioso. Un señor que no paraba de gruñir y balbucear mientras miraba con detenimiento las decoraciones de las puertas del templo…

Toshogu 2Ahora viene la estupidez. En España hay muchas iglesias. Algunas merecen un paseo de dos kilómetros y otras no. La capacidad de discernir no es algo innato sino que se consigue a base de trabajo. En Japón ocurre lo mismo. Hay templos que merecen paseos interminables por el exterior de un parque y otros no. Sobre todo si después tienes que volver al mismo punto del que partiste para seguir otro camino. Sobre todo si ese día de invierno decide ser tan caluroso que saldrá en las noticias y tus pies se están cociendo dentro de unas botas de agua. El pobre Bentendo pagó el pato a la vuelta. Ya no tenía fuerzas y me temblaban las piernas. A la salida intenté relajarme en un banco, pero estaba mojado y mi vecino se estaba despiojando como un mono…

Ueno En Akihabara hay chicas que reparten publicidad para que vayas a los locales en los que trabajan y tantos sitios a los que mirar/ir que si eres tan tonto como yo, al final no vas a ninguno… o solo a uno a fangirlear, a quitarte capas de ropa y a montar en ascensor. Algunos somos sencillos y no necesitamos grandes cosas. Una de las chicas se acercó a mí. Oneesan, me llamó. (No me llamó Obasan ^_^.) Llevaba lentillas de ojos de gato. Me preguntó qué estaba buscando. Le señalé el edificio y le dije, “justamente eso”. Sonrió. Yo también. Me deseó un buen día y me dio un panfleto. Fue la única que me ofreció sus servicios de todos los que me encontré por las calles de Japón. Los hosts ni me miraban. Sex appeal en Japón: cero.

Aquella tarde hubo un terremoto. A eso de las cinco de la tarde sonó una alarma. No la sabría describir pero sí que llamó mi atención. Yo estaba sentada en el suelo en la habitación del hotel. Consistió en tres bandazos lentos y en una especie de sensación de “espera que me vuelvo a colocar en mi sitio”. Un 4,5 en Chiba. Sinceramente no me gustó nada, pero como los japoneses no le dieron importancia, yo tampoco. Hay que adaptarse.

Aquella noche también conocí a Umemura-kun. Pero hablaré de él al final de la crónica.