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Tomates verdes fritos en el café de Whistle Stop de Fannie Flagg

Tomates verdes fritos en el café de Whistle Stop  A veces releer una novela no es buena idea. Generalmente se hace con la intención de asegurar los cimientos que se construyeron la primera vez, pero a la vuelta se encuentran resquebrajados, si no se han derrumbado por completo. Con Tomates verdes fritos en el café de Whistle Stop tampoco hay que ponerse tan dramático, pero sí es cierto que en la relectura no solo el entusiasmo no ha sido el mismo sino que además le he encontrado algunas pegas. El colmo, vamos.

La primera es que el feminismo que la historia suda, el que antes me pasó desapercibido, ahora me molesta y me hace gracia, en este orden. Todos los personajes masculinos blancos (los negros son otra historia) son o bien infieles despegados o patanes inútiles (o mueren). Las mujeres son tan maravillosas y tan perfectas que no sé cómo caben en el libro. Evelyn, la que a primera vista puede engañar, recupera su autoestima, supera la menopausia y se convierte en un ser independiente y maravilloso gracias a Ninny Threadgoode, la anciana que le cuenta la historia de Idgie y de Ruth: dos mujeres enamoradas en los años 30 del siglo pasado que no se salen de la órbita terrestre (¡Idgie encanta abejas!) porque en aquella época Estados Unidos se hundió en una gran depresión.

Lo que me hace gracia es que, pese a la sutilidad con la que Flagg habla de la relación amorosa entre Idgie y Ruth (alude al amor pero no al sexo), en ningún momento se hace eco de los pensamientos del resto de habitantes de Whistle Stop. Es más, el lector recibe la impresión de que una relación homosexual era aceptada con total normalidad en un pueblo minúsculo de la Alabama rural de los años 30. ¿Que era posible? Sí, claro, pero me llama la atención. Y más si se tiene en cuenta que si se trataba de pintar un cuadro bucólico, podría haber sacado a los afroamericanos del gueto en el que vivían y haberse ahorrado toda la condescendencia.

Después de tres párrafos me estoy dando cuenta de que las pegas pesan bastante más que las virtudes. O que la virtud. Para mí la encarna el personaje de Ninny Threadgoode, por su forma de narrar la historia y por su modo de ver la vida. Y como colofón, la parte en la que Evelyn visita lo que queda de Whistle Stop, las casas en ruinas y el cementerio.