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Naufragio de Francisco García Novell

  Es una obviedad, pero el Titanic no es el único barco de pasajeros que se ha hundido en la historia. Cuatro años después, por ejemplo, el Príncipe de Asturias que viajaba de Barcelona a Buenos Aires chocó contra unos arrecifes brasileños en medio de una tormenta y se hundió en cinco minutos. La entrada de agua en las calderas provocó dos explosiones y el barco no pudo soportarlo. El vapor también había sido construido en Reino Unido, también contaba con elementos de lujo y en él también viajaban personajes ilustres. Las aguas no estaban tan frías como las del Titanic, pero la costa estaba mucho más cerca y las rocas cortaban como cuchillos. Y había tiburones. Según García Novell, en el Príncipe de Asturias viajaban más de 600 personas. Solo sobrevivieron 143.

Lo he incluido en novela histórica no solo porque lo indique la portada sino porque toda la investigación de García Novell está contada como si fuera una historia real con toques de ficción. Por un lado, Teresa, descendiente de un pasajero del barco, investiga sobre lo que le ocurrió al transatlántico en el siglo XXI. Por otro, y en capítulos paralelos, un narrador omnipresente se cuela en la vida de los pasajeros para contarnos qué hicieron antes, durante y después del naufragio.

No soy partidaria de las medias tintas, lo que quiere decir que me gustan los géneros literarios separados, pero sí soy capaz de reconocer lo positivo en este caso. Primero, la labor de investigación es impecable, y más si se tiene en cuenta que, por ejemplo, no hay una lista de pasajeros oficial. Segundo, también está claro que el libro está destinado al gran público y que la forma novelada lo aleja de la enumeración de hechos y datos, que yo hubiera preferido pero que otros ni se hubieran molestado. Tercero y último, lo negativo, el pero: la ñoñería. Eso fue lo que pensé cuando lo terminé: qué libro más ñoño, qué innecesario el exceso de emotividad, qué gran pastel es la historia de Teresa. Quizá me pilló en un momento férreo. O quizá el elemento humano de ficción realmente le sobra. Me inclino hacia lo último.

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La última noche del Titanic de Walter Lord

Imagino que habrá muchos libros que hablen del Titanic pero nunca he sentido especial interés por ninguno. La existencia de una enciclopedia titánica como esta es motivo suficiente para no querer leer. Hace años, cuando aún tenía el diseño antiguo, en momentos de sopor me gustaba revisar la lista de pasajeros, saber algo más de los supervivientes, sobre todo de los hombres, descubrir por qué sobrevivieron, y con algo de tristeza, leer las descripciones de los cuerpos no identificados: sus características, sus tatuajes, sus ropas y lo que llevaban en los bolsillos. Era una tarea interminable.

En la puerta de mi casa hay un polluelo de mirlo muerto. Hace dos días todavía estaba caliente. Hoy, las hormigas solo han dejado un esqueleto negro. Su postura me recuerda a la del Titanic, partido en dos y descansando en el fondo de mar sin Bob Esponja. El insumergible también ha tenido sus hormigas, estoy segura. Conozco a las cazatesoros, pero no a las literarias. Lo que sí sé es que en lo único en lo que Walter Lord se parece a una hormiga es en la disciplina. La última noche del Titanic se publicó en 1955 cuando el barco todavía permanecía en el misterio. El señor Lord habló con 63 supervivientes, reunió datos y construyó una cronología desde que el iceberg rasgó el barco hasta que el Carpathia llegó al puerto de Nueva York con los supervivientes. De vez en cuando inserta alguna que otra opinión, pero con un cúmulo de meteduras de pata tan grande es difícil morderse la lengua. Al menos visto desde la distancia.

Siempre se ha dicho que el hundimiento del Titanic supuso el fin de la seguridad y un mal presagio de lo que estaba por llegar. Por eso, lo que más me llama la atención de los pasajeros es su arrogancia y su tranquilidad. En la era del miedo en la que vivimos habríamos muerto casi todos, pero de terror.