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Suave es la noche de Francis Scott Fitzgerald

  Los libros ocupan espacio, así que cuando alguien no lo tiene está convencido de que un amigo sí lo tendrá y se dedica a regalarlos. Además los suelen escoger con picardía para que el otro no pueda negarse alegando que tampoco tiene espacio para más. Regalan clásicos y ante ellos es difícil negarse. Si un libro tiene esa etiqueta significa que está por encima de todo, que su lectura es obligatoria, que debe despertar sentimientos más grandes que la vida y que otra consideración diferente convierte al lector es algo menos que un ignorante que no sabe apreciar la buena literatura.

Cada vez que leo un clásico tiemblo porque sé que si al cerrar sus tapas no siento nada, me pasaré días intentando recuperarme de la doble decepción, la que me ha producido el libro y la que me produzco yo misma al no ser capaz de entender qué es eso tan grande que yo no soy capaz de alcanzar. A veces lo atisbo, como con La montaña mágica de Thomas Mann, pero me cuesta imaginar a alguien volviendo a sus páginas para encontrar respuestas. Para mí eso es ser un clásico: un referente, algo que perdure, que sirva para contrastar, que conmueva, que suelte pavesas pero que mantenga el calor para siempre. Algo que incite a escribir comparaciones absurdas.

Suave es la noche es el ejemplo perfecto de clásico que yo no entiendo. Leo con sorpresa que es una de las mejores novelas de F. S. Fitzgerald. ¿Cómo es posible que a mí me decepcionara entonces? ¿Cómo se puede entender que la historia de un psiquiatra llamado Dick Diver que se casa con su paciente Nicole y sufre una crisis de identidad no me conmoviera? ¿Es comprensible que terminara un poco cansada del egocentrismo del señor? ¿Me convertiría en una hereje literaria si dijera que los problemas de Diver llegaron a importarme muy poco? ¿Que su indecisión y su cobardía llegaron a sacarme de quicio? Está claro que la culpa es mía. Algo debe de haber en mi carácter que me impida comprender a ciertos personajes literarios. Objetivamente sí soy capaz de entender la quijotización de Diver y la sanchificación de Nicole, pero hasta ahí. Y no es solo que no pueda identificarme con ellos, es que no entiendo el idioma que hablan.

De todas formas, no me rindo fácilmente y seguiré buscando. Sé que algún día lo encontraré. La Ilíada y Las uvas de la ira son solo ejemplos, pero sé que habrá más. El gran Gatsby es mi próxima apuesta. Veremos.