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Seguir viviendo de Ruth Klüger

Seguir viviendo En el prólogo, Jorge Semprún explica que para él Ruth Klüger no solo es una superviviente del holocausto que escogió, libremente, hablar sobre su experiencia, sino que además lo hizo con todas las características de la buena literatura. A mí no me parece que la buena literatura sea lo transcendental en este caso, pero antes de demostrarlo, necesito copiar un fragmento de la página 61 de sus memorias:

 Cuando cuento a la gente que mi madre estaba celosa de mi padre durante la estancia de éste en Francia, y que en el último año que vivieron juntos se peleaban ambos, que mi madre y su hermana, en presencia mía, se habían arrancado literalmente los pelos, hasta tal punto de que mi tía abuela tuvo que lanzarse suplicante a separarlas, y que yo puedo echar en cara a mi madre, sin inmutarme lo más mínimo y aportándole pruebas, las más diversas, pequeñas y mezquinas maldades y crueldades, la gente se asombra y dice que dadas las condiciones de vida que tuvisteis que soportar en la época de Hitler, los perseguidos tendrían que haberse sentido más unidos. Sobre todo los jóvenes tendrían que haber reaccionado así (dicen los de más edad). Eso es necio sentimentalismo y se basa en la idea absurda de que el sufrimiento acrisola. En su fuero interno cada uno sabe, por propia experiencia, cómo es la realidad: cuando hay que soportar más, la paciencia, siempre precaria, con el prójimo, se vuelve más endeble, y los lazos familiares se desgarran.

En otra de las páginas, Ruth Klüger vuelve a insistir en la necedad que es creer que todos los judíos que murieron en los campos eran buenas personas por el simple hecho de haber muerto allí. Tampoco le gusta que Auschwitz sea un museo. Es una mujer que gruñe constantemente. Protesta contra los lectores de relatos sentimentaloides. Se queja porque en la Segunda Guerra Mundial era una niña. Pese a haber estado en tres campos de concentración, llaman mucho más la atención los continuos bufidos a su madre. Su relato intercala constantemente aspectos de su vida personal con los que no está satisfecha. Sin embargo, algo que sí le gusta es decirle al lector cómo tiene que pensar y lo que tiene que pensar sobre los judíos, los campos, los relatos de judíos y de campos, la guerra, la posguerra y la madre que la parió.

¿Conclusión? Leer a Ruth Klüger es incómodo. No porque lo que cuenta moleste a la conciencia sino por la sensación constante de que la narradora está indignada, regañando, protestando y bufando. Si dentro de la buena literatura se encuentra la capacidad de molestar como lo hace esta mujer, entonces estoy de acuerdo con Semprún. Aunque más que arrastrada por la poesía de las palabras, yo me he sentido encogida por los golpes. Y ya que ella misma desprecia los sentimentalismos, por qué no decirlo: Ruth Klüger nació en el año 1931. Yo creo que sigue viva por la mala leche que tiene dentro.