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La historia interminable de Michael Ende

 La historia interminable fue el primero. Sin obligación exterior sino impuesta por mí. Antes había leído otros, claro, pero fueron libros escolares, como Fray Perico y su borrico o esos en los que tenías que escoger entre varias opciones al final de un capítulo y cada una de ellas te llevaba a partes diferentes del libro (o incluso a un final desastroso como capítulo 2).

No recuerdo cómo llegó a mis manos, probablemente fue un regalo. Tampoco recuerdo por qué comprobé si un bolígrafo tenía tinta en su portada ni por qué hay un cromo de un oso amoroso (mi favorito entonces, el marrón) pegado en la primera página entre unicornios y pájaros. Igual no fui yo. No he vuelto a maltratar ningún libro así, así que si la mano fue la mía, lo haría antes de leerlo. Y me costó algunos años. Me tumbaba boca abajo en la cama con el libro apoyado en la almohada. Lo abría. Esta edición es la cuidada. Cada capítulo empieza con una ilustración. Las partes que se desarrollan en nuestro mundo están impresas en tinta fucsia. Las que ocurren en Fantasía, en tinta verde. Yo no podía pasar a leer en verde. Bastián siempre se quedaba en el desván del colegio leyendo… y yo cerraba las tapas y me iba a ver la tele.

En cierto modo también fue una historia interminable para mí. Cada vez que intentaba leerlo siempre empezaba desde el principio, así que lo que más recuerdo es la inscripción espejo de la tienda de libros de ocasión de Karl Konrad Koreander. ¿Cuatro, cinco intentos? No lo sé, pero fueron muchos. Catorce años tenía cuando por fin lo conseguí. La historia interminable me enseñó a perseverar, pero solo para convertir la lectura en un hábito. En el resto de facetas sigo siendo una impaciente. Quizá porque la satisfacción que me otorgan los libros no es igualable a la que la vida me daría si perseverara en todo lo que hago. O eso me creo yo.

Corazón de Ulises de Javier Reverte

Corazón de Ulises fue el primero. Nunca había leído un libro de viajes así que no tenía idea de cómo sería. Si tenía alguna noción imagino que se parecería a la de un conjunto de descripciones de varios lugares, generalmente exóticos o desconocidos. Algo tan típico como las palabras que he utilizado. Efectivamente, no tenía ni idea.

Si alguien me pidiera que le enumerara las distintas etapas del viaje de Javier Reverte le diría que no las recuerdo. De vez en cuando algún estímulo me trae fragmentos a la memoria, como el de su paso por Ítaca, pero es algo excepcional. Tampoco he querido hojear demasiado sus páginas porque el objetivo no es parafrasear su viaje sino hablar de lo que me transmitió: más amor si cabe por la literatura y el deseo de coger una mochila y salir de viaje.

Lo segundo lo he intentado en alguna ocasión hasta el punto de intentar emular a Reverte. No con un libro, claro, sino con un pequeño relato de viajes. Pero ni a la suela llego. Me faltan muchas cosas. En lo que no fallé es en morder el anzuelo de los libros. Él habla de la Ilíada y de la Odisea con un entusiasmo tan contagioso que yo también claudiqué. Y aunque mi experiencia con ambos será el asunto de otras entradas, sí me gustaría mostrarme agradecida con el autor y pregonar a los cuatro vientos que me parece un escritor tan bueno que si algún día describiera su viaje desde la cama hasta el baño yo sería la primera en leerlo con el mismo entusiasmo que él transmite.