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La Ilíada de Homero

 Al mismo tiempo se armaba el divino Aquiles rodeado de sus compañeros; vestía el héroe la armadura que había forjado el dios Hefestos para él […] Se puso en las piernas vistosísimas grebas, ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la coraza, colgó de su hombro una espada de bronce adornada con clavos de plata y embrazó el amplio y recio escudo, cuyo resplandor parecía desde lejos al de la Luna. Como aparece el fuego en un lugar solitario de la cima de un monte a los navegantes que vagan por el mar, porque la tempestad los había alejado de sus amigos, de la misma manera el fulgor del espléndido escudo de Aquiles se elevaba hasta el cielo.

Cómo disfruté con las descripciones de Homero. De los escudos, las lanzas y las espadas. De las batallas, sangrientas. Era verano y estaba en la piscina. Cada vez que terminaba un descripción llena de brillos, fulgores y sangre, miraba el agua. El sol se reflejaba en ella y también brillaba. De vez en cuando me remojaba y como no podía esperar hasta secarme mojaba las páginas. Por eso ahora mi Ilíada está ajada, un poco cuarteada y los cuadernillos deshechos. Se empapó de entusiasmo.

Las batallas me enardecían, sí. Pero fue la elección de Aquiles lo que me conquistó. Su destino. Morir como un héroe en la batalla. No regresar con la gloria de la victoria. También su ira me atrajo. Cuando muere Patroclo, Aquiles hierve y refulge. ¡Por fin el héroe divino va a luchar! Y cómo lo hace. Si hubiera existido un trampolín, creo que la euforia habría hecho que me subiera encima para gritar estas palabras:

Ármate ahora de todo tu arrojo, porque ahora es cuando más va a ser necesario que eches mano de toda tu valentía para enfrentarte conmigo. Aunque todo va a ser inútil; ya no puedes huir, Atenea va a obligarte a sucumbir víctima de mis golpes, y enseguida, herido por mi lanza, pagarás todos los dolores de mis amigos a los que tú mataste manejando la tuya.

En cuanto terminó el funeral de Héctor, empecé la Odisea. Pero no era lo mismo y no pude terminarla. Por mis venas corre más sangre de Aquiles que de Ulises. Soy más pánfila que astuta. Y todavía tengo un as bajo la manga… ¡Eneida allá voy!

Ver también: Corazón de Ulises de Javier Reverte

Corazón de Ulises de Javier Reverte

Corazón de Ulises fue el primero. Nunca había leído un libro de viajes así que no tenía idea de cómo sería. Si tenía alguna noción imagino que se parecería a la de un conjunto de descripciones de varios lugares, generalmente exóticos o desconocidos. Algo tan típico como las palabras que he utilizado. Efectivamente, no tenía ni idea.

Si alguien me pidiera que le enumerara las distintas etapas del viaje de Javier Reverte le diría que no las recuerdo. De vez en cuando algún estímulo me trae fragmentos a la memoria, como el de su paso por Ítaca, pero es algo excepcional. Tampoco he querido hojear demasiado sus páginas porque el objetivo no es parafrasear su viaje sino hablar de lo que me transmitió: más amor si cabe por la literatura y el deseo de coger una mochila y salir de viaje.

Lo segundo lo he intentado en alguna ocasión hasta el punto de intentar emular a Reverte. No con un libro, claro, sino con un pequeño relato de viajes. Pero ni a la suela llego. Me faltan muchas cosas. En lo que no fallé es en morder el anzuelo de los libros. Él habla de la Ilíada y de la Odisea con un entusiasmo tan contagioso que yo también claudiqué. Y aunque mi experiencia con ambos será el asunto de otras entradas, sí me gustaría mostrarme agradecida con el autor y pregonar a los cuatro vientos que me parece un escritor tan bueno que si algún día describiera su viaje desde la cama hasta el baño yo sería la primera en leerlo con el mismo entusiasmo que él transmite.