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La fórmula preferida del profesor de Yoko Ogawa

La historia de La fórmula preferida del profesor comienza cuando una madre soltera empieza a trabajar en la casa de un profesor de matemáticas. Ella es empleada del hogar (a mí señora de la limpieza sigue gustándome más; es más poderoso) de una agencia llamada Akebono (que significa amanecer, casi lo mismo que Yoake) y el profesor es muy conocido allí por lo poco que le duran las asistentes. El anciano solo habla de matemáticas, es algo huraño y maniático y solo tiene una memoria de ochenta minutos. Un accidente de coche le estropeó los circuitos, lo dejó suspendido en el tiempo, y lo único que puede hacer para recordar es llevar prendidos de su chaqueta muchos recordatorios. Su única actividad consiste en resolver acertijos matemáticos publicados en los periódicos. Hasta que conoce a Root (raíz cuadrada), el hijo de la protagonista, y entre los tres surge una relación tierna basada en las matemáticas y en el baseball, deporte nacional japonés.

Los críticos valoran esta obra por la importancia que le otorga a las matemáticas, pero a mí solo me interesa ese aspecto en la medida en que conmueven al profesor, a la empleada y a su hijo. Me atrae siempre que ellos se sientan atraídos por ella, y creo que me sucedería lo mismo si se tratara de cualquier otra ciencia. Aquí entra en juego mi no entendimiento de las matemáticas, claro, y estoy segura de que un experto entenderá mucho mejor el argumento de la novela de lo que yo lo he hecho. Sin embargo, la historia es tierna y sin pretensiones. Su ternura no supone leer tópicos ni cursiladas, pero sí es lo suficientemente emotiva como para que el lector sienta cariño por ese profesor que, a su vez, siente tanta debilidad por los niños. Quizá el que no pretenda nada, solo contar una historia que no se alarga excesivamente en el tiempo, sea lo que ha provocado que me haya gustado tanto. Y sí, lloré después de leer el final.

El periodista matemático de Fernando Blasco

  Si hay algo que admiro en este mundo es la capacidad que tienen los matemáticos y los físicos para descubrir certezas. Para mí son como adalides de la certidumbre y siempre logran calmarme en mis momentos supersticiosos. Lástima que no sean más tenidos en cuenta.

Cuando a alguien no se le dan bien las matemáticas, se suele decir que es un negado, y bien podría ser mi caso. Con muchísimo esfuerzo logré salvarlas hasta el último curso de bachillerato. Las derivadas y las integrales me llevaron por la calle de la amargura. Recuerdo que en Selectividad el examen de matemáticas fue el primero. Salí dando saltos de alegría. Me dieron un mísero 1. Salvé la nota global gracias a la literatura, claro. No sé si será el caso de todos los negados, pero en el mío siempre se ha tratado de una cuestión de falta de esfuerzo. Las matemáticas pueden llegar a ser muy sencillas si se invierte el esfuerzo necesario en comprenderlas y eso es algo que yo nunca hice. Porque no me gustaban mucho, porque nunca me enseñaron su aplicación en la vida diaria más allá del cambio del pan y porque, acostumbrada a pillarlo todo al vuelo, tener que ir a buscar al pájaro al nido no era algo que estuviera dispuesta a hacer.

El periodista matemático es un libro sobre matemáticas aplicadas a todos los ámbitos de la vida. Rectifico. Es un libro sobre cómo las matemáticas se aplican en todos los ámbitos: desde el fútbol a la literatura, pasando por los sudokus, el sistema electoral, el cambio monetario, los seis grados de separación, los cumpleaños de los futbolistas que participaron en la Eurocopa de 2008 y la construcción de las pirámides de Egipto. Puede describirse con el tópico de ameno, también es divertido, incluye trucos de magia y Fernando Blasco se merece una estatua por haberse esforzado en plasmarlo todo con mucho mimo para que los negados podamos entenderlo. Si no todo, gran parte.

Quizá yo esperaba más un manual de cómo evitar que nos timen gracias a las matemáticas, pero no me quejo. Me ha reafirmado en mi idea de que soy una negada, pero no desespero. El próximo será uno de física.